El otro día llegué a mi casa familiar y, mientras recogía el folleto que había en el buzón con los actos de la Semana Santa organizados por la parroquia de mi pueblo, Peralta, entré en el salón y vi que seguía puesto el belén. En el fondo, pensé, este es el vivo reflejo de lo que nos pasa en la vida. Un día estamos celebrando algo alegre, y a los pocos meses recibimos un golpe inesperado que nos parte en dos, y vivimos entonces nuestro propio calvario y subimos a nuestro Gólgota particular. En el camino, eso sí, solemos contar con un Cirineo que nos ayuda a llevar esa cruz, o con una Verónica que nos consuela en esos momentos de dolor, o con alguien que nos acompaña en esos momentos oscuros al pie de nuestra cruz.
Supongo que esto es lo que estarán viviendo estos días especialmente las familias de las cuarenta y seis víctimas del accidente de Adamuz, y la familia del maquinista fallecido en el accidente de Gelida. Mientras esperan a que se haga justicia y a que se sepa la verdad de lo ocurrido (si es que algún día llegan a saberlo), a muchos solo les queda el consuelo de la fe: pensar que el Cristo de la Preciada Sangre o la Virgen de los Desamparados que recorren estos días en procesión las calles de Huelva llevan también el dolor que ellos mismos sienten y confiar en que a sus seres queridos les alcanzará también la resurrección de Cristo.
El otro día leía una reflexión de Benedicto XVI sobre Pilatos y los hombres y mujeres que pedían a gritos la crucifixión de Jesús. Para el fallecido Pontífice, no todos ellos eran malvados: el primero sabía que Jesús era inocente, pero dejó que su propio interés prevaleciera sobre lo justo. Los segundos “se dejaron llevar por la masa que gritaba y permitieron que la justicia fuera pisoteada por la debilidad, la cobardía, y el miedo al dictado de la mentalidad dominante”. La voz silenciosa de la conciencia fue ahogada por los gritos de la multitud. “El mal -concluía el Pontífice- extrae su poder de la indecisión y la preocupación por lo que piensen los demás”. Las palabras de Benedicto XVI están hoy más que nunca de actualidad si nos fijamos, sobre todo en las redes sociales. En muchas ocasiones no hay una reflexión serena sobre lo que pasa, y es más fácil, sumarse a la masa que grita para crucificar a alguien, odiar a quien en realidad no conoces y de cuya realidad ignoras todo, y juzgar la vida ajena antes que ponernos a analizar nuestras propias carencias y defectos.
En estos días es bueno, además, compadecernos especialmente por los que sufren, por las víctimas inocentes oprimidas por gobernantes que, todavía hoy, inician guerras y aplastan a sus pueblos en nombre de dios, o por dinero. Como dijo el político Julio Anguita cuando su hijo murió cuando cubría como periodista uno de esos conflictos: “Malditas sean las guerras, y los canallas que las apoyan”.
