Generación conectada

Barcos, coches y villas de alquiler: así se profesionaliza la mentira en la era de la apariencia

Fotos de conciertos no vividos, coches de lujo alquilados por unas horas y decorados diseñados para fingir una vida mejor. Las redes han convertido la mentira en una pequeña industria visual cada vez más sofisticada

Recuerdo cómo, hace años, mis amigos volvían de viajes lejanos con la maleta llena de bolsos y relojes falsos. Bastaba con pagar unas pocas monedas para lucir una marca imitada y sugerir que se vivía en una clase social envidiada. Hoy la ficción ha cambiado de escala. Ya no se compran objetos para aparentar un cierto estatus. Se adquieren directamente pruebas visuales de experiencias. Instantes que se comparten, aunque nunca se hayan vivido, a cambio de cosechar algunos me gusta o provocar la envidia de nuestros seguidores.

La última escena viral de este teatrillo digital es el fiel reflejo de esta época. Personas que pagan a otras para recibir fotos de conciertos para luego subirlas a sus redes y hacer creer que estuvieron en un concierto de Bad Bunny, Rosalía o Shakira. No han comprado la entrada, ni oído la música, ni disfrutado de la emoción en la sala. Han obtenido, previo pago, la evidencia visual de una noche tan inexistente como virtual. Lo inquietante de esta dinámica es que esconde algo más profundo que una simple tontería de la chavalería. Hay negocios que prosperan alrededor del deseo de parecer otra persona, otra cosa.

De los relojes falsos al recuerdo inventado

Durante décadas, el consumo aspiracional ha consistido en fingir ser el propietario de objetos fuera del alcance de nuestra humilde economía. Un falso Omega, un Rolex, un bolso, unas gafas. Era una mentira piadosa, una falsificación material que, sin embargo, traía a las grandes marcas de cabeza. Lo de ahora va aún más allá. Ya no se falsifica lo que llevas puesto en la muñeca, sino lo que pretendes haber vivido en tu día a día. Un Conde de Montecristo moderno que fingiera pertenecer a otra casta.

Detrás de esta transformación están las redes sociales. No alteran únicamente nuestra salud mental, como lo han dictaminado fallos judiciales contra YouTube y Meta, sino que también premian la imagen rápida y los códigos visuales asociados al éxito, a la diversión y a los aparentes privilegios. Una pulsera VIP, la ventanilla de un Falcon, un cóctel en una hamaca bajo una sombrilla o simular que viajamos bien acompañados. En este nuevo escenario la experiencia vivida empieza a perder peso frente a lo que realmente proyecta.

El decorado también se alquila

La imagen de una chica fotografiando un concierto y enviando decenas de fotografías a sus clientes ansiosos por compartirlas en sus cuentas no es un caso aislado. Llevamos años en una economía del simulacro de existencias completas. Muchos coaches de la manosfera han montado un negocio floreciente a partir de a esa filosofía. Recurren a menudo a espacios que recrean interiores de jets privados para hacerse selfies sin tener que despegar del suelo. También alquilan puntualmente relojes y coches de lujo para grabar contenido ostentoso. Posan unos minutos y reproducen una escena de terraceo suntuoso. Lanchas, villas o piscinas se alquilan menos para disfrutarlas que por su impacto visual en las retinas.

En todos estos casos el producto real ya no es el avión ni el coche biplaza. El verdadero producto es la imagen que suscita y la narrativa social que estos elementos sostienen. Ya no se mercadea solo con el lujo, se vende una coartada.

Profesionalizar lo fingido

Lo más curioso de todo esto es que los falsificadores han dejado de ser artistas caseros o torpes improvisadores. Antes los filtros bastaban, elegíamos el mejor ángulo y confiábamos en que nadie se diera cuenta. Hoy la mentira se subcontrata. Hay empresas que ponen el set y el jet, alquilan el estilismo o te fabrican la foto. Todos cobran con un objetivo concreto: propulsar a sus clientes a otra dimensión, a una vida soñada y envidiada.

La impostura ya no depende de la imaginación, el ingenio y la creatividad del impostor. Tiene una cadena de producción y unos procesos, unos proveedores con tarifas concretas y distintos formatos. Hace tiempo que nos hemos convertido en los community managers de nuestras propias vidas, con sus tareas definidas y objetivos. Subcontratar algunos servicios empieza a tener sentido. Encargar a otros la fabricación de unos momentos de mentira se ha profesionalizado y normalizado.

El negocio de la apariencia cotiza alto

Este fenómeno no extraña ni sorprende ya a nadie, pero merece una reflexión seria. Lo que mueve a nuestra sociedad ya no es únicamente el dinero o la vanidad. También revela una nueva forma de ansiedad; el miedo a quedarse fuera de la conversación social diaria. Una necesidad angustiosa de emitir, de forma repetitiva, señales de movimiento continuo, mezclando éxito y sentimiento de pertenencia. Todo esto tiene su lógica Para las nuevas generaciones. Si no apareces en ciertos lugares o no pareces vivir ciertas cosas, las redes te penalizarán, te volverán menos relevante y visible como si ya no molaras.

Esta presión acaba vaciando de sentido nuestra propia experiencia. No solo va erosionando nuestra relación con la nostalgia. A medida que avanza la era de la IA, ya no importa tanto vivir algo como poder disponer de recursos gráficos y de la estética necesaria para exhibir alguna faceta de nuestra vida. Los recuerdos y la memoria dejan paso a un atrezo, un decorado sin consistencia.

Antes traíamos bolsos falsificados de Asia, ahora falsificamos momentos para parecer más curtidos y viajados, aunque el truco esconda una gran pobreza. Cabinas que simulan vuelos, coches de lujo alquilados por hora, villas a la venta utilizadas como escenario social, ropa prestada o fotos de conciertos que convierten la ausencia en presencia digital. Todo suma.

En una época en la que nuestra relación con la verdad y lo que históricamente dábamos por cierto se va desdibujando, nuestro deseo de aparentar más de lo que somos afecta incluso a la construcción de nuestra propia identidad.

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