La imagen de la Semana Santa española sigue estando atravesada por una idea de tradición que, en muchos casos, se presenta como inmutable. Sin embargo, basta observar con atención su evolución para comprobar que ha sido siempre un territorio en transformación. A esa tensión entre lo heredado y lo posible se enfrenta Costaleras (Ed. Almuzara), el libro de los doctores en Psicología Rafael Moreno y María Jesús Cala, que analiza con datos y testimonios el papel de las mujeres en una de las tareas más exigentes y simbólicas de las procesiones: cargar pasos a costal. Su conclusión es clara: no hay razones objetivas que justifiquen su exclusión.
El debate ha vuelto a primera línea tras decisiones como la de la Semana Santa de Sagunto, donde se ha votado mantener fuera a las mujeres, pese a advertencias institucionales. Frente a estas resistencias, el estudio de Moreno y Cala propone una radiografía mucho más amplia. En España existen al menos 159 municipios repartidos en 31 provincias y 13 comunidades autónomas —además de Ceuta— donde las mujeres ya participan como costaleras. No se trata de una excepción ni de una novedad reciente, sino de una realidad consolidada en muchos lugares desde hace décadas.

La investigación se centra exclusivamente en este rol, considerado uno de los más duros dentro de la Semana Santa. No es casual: el trabajo bajo el paso exige resistencia física, coordinación técnica y un alto grado de compromiso colectivo. Precisamente por ello, la presencia femenina ha encontrado más obstáculos aquí que en otros ámbitos de las hermandades. Sin embargo, los datos recogidos en el libro desmontan uno a uno los argumentos tradicionales que han sostenido esa exclusión.
“Las mujeres están plenamente preparadas para ser magníficas costaleras”, afirma María Jesús Cala. La investigación se apoya en más de 300 entrevistas a costaleras, costaleros, capataces y miembros de juntas de gobierno, y en el análisis de 421 pasos en los que ya participan mujeres. De ellos, 101 son llevados exclusivamente por cuadrillas femeninas y 320 por equipos mixtos. La experiencia, lejos de generar conflictos, muestra dinámicas de trabajo perfectamente integradas, donde la técnica y la organización priman sobre cualquier otra consideración.
Uno de los argumentos más recurrentes para justificar la exclusión ha sido la supuesta falta de fuerza o preparación física. El estudio lo rebate con evidencia empírica. Otro de los prejuicios apunta a la “incomodidad” de las cuadrillas mixtas por la proximidad física que implica el trabajo bajo el paso. De nuevo, la experiencia recogida por los autores lo desmiente: ni las costaleras ni los capataces identifican problemas en ese sentido. La convivencia, aseguran, se rige por las mismas normas de respeto y coordinación que en cualquier otra cuadrilla.
Más allá de lo físico, el debate se sitúa en el terreno simbólico. ¿Qué significa alterar una tradición? ¿Quién decide qué forma parte de ella y qué no? Rafael Moreno introduce aquí una clave fundamental: muchas de las prácticas que hoy se consideran esenciales en la Semana Santa no siempre han existido. Las túnicas de terciopelo, los grandes pasos de misterio o la propia organización de los cortejos son incorporaciones relativamente recientes en términos históricos. La tradición, por tanto, no es una fotografía fija, sino un proceso continuo de adaptación.

Es precisamente esa idea la que los autores cuestionan cuando se utiliza como argumento excluyente. “Apelar a la tradición ha sido históricamente un recurso para limitar el acceso de las mujeres a determinados espacios”, señala Cala. En el caso de la Semana Santa, ese discurso se reproduce en estructuras de poder donde las decisiones siguen estando, en muchos casos, en manos masculinas: juntas de gobierno, capataces, autoridades eclesiásticas. La negativa a incorporar mujeres, apuntan, no responde tanto a una imposibilidad real como a una inercia cultural.
El caso de Sevilla resulta especialmente significativo. A pesar de ser uno de los epicentros de la Semana Santa española, la presencia de mujeres como costaleras sigue siendo muy limitada. Este mismo año, dos mujeres con más de veinte años de experiencia en otras localidades se presentaron a una “igualá” —el proceso de selección de costaleros— y, aunque fueron tratadas con respeto durante las pruebas, no fueron finalmente admitidas. La decisión, explican los autores, suele diluirse entre la responsabilidad de las juntas de gobierno y la de los capataces, en un juego de competencias que dificulta identificar un único responsable.
Frente a estas resistencias, el libro propone una lectura distinta: la incorporación de las mujeres no altera el sentido de la estación de penitencia, sino que amplía la participación. Es una ampliación, no una ruptura. Allí donde ya ocurre, no ha supuesto ningún conflicto con la esencia religiosa o cultural de las procesiones. Al contrario, ha enriquecido las cuadrillas y ha normalizado una presencia que, con el paso del tiempo, deja de ser percibida como excepcional.
La cuestión, en el fondo, no es solo quién carga un paso, sino qué modelo de comunidad representa la Semana Santa en el presente. Si se entiende como una tradición viva, capaz de integrar nuevas realidades sin perder su significado, la presencia de mujeres no plantea una amenaza. Si se concibe como un espacio cerrado, anclado en una interpretación rígida del pasado, cualquier cambio se percibe como una ruptura.
Moreno y Cala no plantean una reivindicación abstracta, sino una constatación basada en hechos. Las mujeres ya están ahí. Llevan años cargando pasos en distintos puntos del país, con normalidad y sin estridencias. Lo que ocurre es que esa realidad convive con otras donde su presencia sigue siendo vetada. El mapa de la Semana Santa española es, en este sentido, desigual.
La pregunta que queda abierta es cuánto tiempo podrán sostenerse esas resistencias. “Cuesta imaginar que argumentos que no se sostienen más allá de una apelación vaga a la tradición puedan seguir utilizándose”, concluye Cala. Su expectativa —y la de muchas de las mujeres que han participado en la investigación— es que esas barreras desaparezcan progresivamente.
Mientras tanto, el libro deja algo claro: la tradición no es un límite natural, sino un relato en disputa. Y en ese relato, las mujeres ya no están pidiendo permiso para entrar. Están, simplemente, ocupando un lugar que nunca dejó de pertenecerles.
