Ya ha pasado un mes desde que comenzó el conflicto en Oriente Medio, pero la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán no parece, al menos de momento, tener fecha de caducidad. Para Lena Georgeault, directora del grado en Relaciones Internacionales en la Universidad Villanueva, Washington e Israel han subestimado al enemigo. “No porque Irán pueda ganar en términos convencionales sino porque han sabido convertir su inferioridad militar en una estrategia de desgaste“, explica la experta en conversación con este periódico.
Georgeault se refiere, por ejemplo, al todavía bloqueado estrecho de Ormuz. Es una de las mejores bazas que tienen los ayatolás para encarecer el conflicto a sus enemigos. Tres mil ataques después, no hay ni vencedores ni vencidos, pero Trump por un lado, y los ayatolás por otro, venden el mismo mensaje: una narrativa de victoria. Es el patrón habitual de Trump, explica Georgeault. “Máxima presión militar, máxima elasticidad verbal y búsqueda de una salida que pueda presentar como un éxito personal“.
Mientras, el conflicto sigue extendiéndose a más de una docena de países del entorno. Algunos, como Emiratos Árabes Unidos ya se plantean hasta una intervención activa de la mano de Estados Unidos para poder reabrir el estrecho de Ormuz. “El objetivo es evitar que Irán convierta el estrecho en un instrumento permanente de presión“, explica Georgeault. En esta conversación, la experta analiza también las dos cabezas visibles de la operación sobre Teherán: “Trump y Netanyahu coinciden en lo esencial”.

Sobre la resistencia iraní
– ¿Hasta qué punto es real la capacidad de “resistencia” de Irán en un conflicto largo? ¿Qué herramientas tiene para aguantar sanciones y ataques prolongados?
– La capacidad de resistencia iraní es mayor de lo que Washington e Israel habían anticipado. No porque Irán pueda ganar en términos convencionales, sino porque ha sabido convertir su inferioridad militar en una estrategia de desgaste y encarecimiento del conflicto. Mantiene capacidad de lanzamiento de misiles y drones, incluidos sistemas relativamente rápidos, difíciles de interceptar y baratos de fabricar, que utiliza para golpear donde más duele: infraestructuras energéticas y tráfico marítimo, especialmente en el estrecho de Ormuz. Eso le permite infligir un coste económico y político muy elevado.
A ello se suman otros factores de resiliencia: un territorio amplio y la dispersión de sus instalaciones; una salida petrolera hacia China, cada vez más articulada a través de circuitos en yuan y canales menos expuestos al dólar; y una red de aliados, milicias o actores próximos capaces de abrir frentes secundarios.

Sobre Trump
– ¿Qué estrategia cree que adoptará Donald Trump frente a Irán? Desde que comenzó el conflicto le hemos escuchado contradecirse hasta en 12 ocasiones… “No va a ser Irak”, repite su secretario de Guerra… pero ya llevamos un mes de conflicto y no parece que vaya a terminar pronto
– En materia de comunicación, Trump tiene una regla de oro: siempre reivindicar la victoria. En ese sentido, el presidente estadounidense está siguiendo su patrón habitual: máxima presión militar, máxima elasticidad verbal y búsqueda de una salida que pueda presentar como un éxito personal, sin que le preocupe que los objetivos vayan cambiando sobre la marcha. Lo hemos visto en estas semanas: ha ido adaptando su discurso, felicitándose incluso por haber logrado lo que presenta como un cambio de régimen al neutralizar a varios altos mandos iraníes.
El problema es que esa narrativa choca con la realidad de un estrecho de Ormuz aún bajo control iraní y de un conflicto que empieza a tener costes internos. El precio del petróleo pesa mucho en la opinión pública estadounidense, y las encuestas son claras: una amplia mayoría quiere salir rápido, incluso sin alcanzar todos los objetivos. Teniendo en cuenta este contexto y la proximidad de las midterms, es probable que Trump intente declarar “misión cumplida” antes de que la guerra le pase factura políticamente. Es decir, presentar cualquier degradación significativa del programa misilístico o nuclear iraní como un éxito suficiente para cerrar el episodio y retirarse, aunque el conflicto no esté realmente resuelto sobre el terreno.

Sobre los países del Golfo
– ¿Los países del Golfo (Arabia Saudita, Emiratos y otros) van a presionar activamente o, por el contrario, ¿intentarán calmar la situación para evitar una guerra regional? Su modelo de oasis de lujo y dinero parece haberse venido abajo…
– En términos generales, los países del Golfo quieren desescalar, por puro interés existencial. Su modelo económico depende de la seguridad, la conectividad, la aviación, los seguros, el turismo, la inversión y la energía. Una guerra larga les golpea directamente en todos esos pilares. La lógica iraní parece haber sido precisamente hacer sufrir a los países de la región para que presionen por una salida.
Eso no significa que acepten sin más una victoria política iraní. Ahí está su dilema: si la guerra termina ahora, Irán puede presentar internamente que ha impuesto su ley en el estrecho de Ormuz; pero si continúa, ellos arriesgan agua, energía, inversión, transporte aéreo y estabilidad social. Por eso no quieren entrar de lleno en el conflicto, pero tampoco les entusiasma un desenlace que deje a Teherán fortalecido. El caso de Emiratos es especialmente significativo: se ha mostrado más firme e incluso abierto a apoyar una eventual operación para reabrir Ormuz por la fuerza. El objetivo es evitar que Irán convierta el estrecho en un instrumento permanente de presión.

Sobre Netanyahu y Trump
– ¿Los objetivos de Netanyahu respecto a Irán son los mismos que los de Trump? ¿Dónde coinciden y dónde pueden diferir?
– Coinciden en lo esencial: impedir que Irán consolide una capacidad nuclear militar, degradar su arsenal y limitar su capacidad de proyectar amenaza en la región. En ese sentido, la coordinación entre Estados Unidos e Israel ha sido muy estrecha. La diferencia está en el horizonte estratégico. Trump tiene un enfoque mucho más transaccional: debilitar capacidades clave y poder proclamar una victoria que le permita cerrar el episodio. Netanyahu, en cambio, se mueve en una lógica más estructural y de largo plazo. Para Israel, la amenaza iraní es existencial, y la actual coyuntura se percibe como una oportunidad para debilitar de forma duradera el entramado de poder iraní en la región. Netanyahu no tiene ninguna intención de frenar su agenda en el Líbano.
En resumen, Trump busca en una salida políticamente vendible; Netanyahu, una transformación estratégica que reduzca definitivamente el problema iraní.
