El Ejército de Tierra español es una de las organizaciones de las Fuerzas Armadas en las que el rol de la mujer ha ido cobrando mayor importancia. En este contexto, la cabo Adelina Torres recibió el premio Soldado Idoia Rodríguez de manos de la ministra de Defensa, Margarita Robles. La militar, con más de 20 años de experiencia, relató sus logros a Artículo 14.
¿Qué significó para su vida y su carrera recibir el premio Soldado Idoia Rodríguez 2026?
Para mí, la vida militar es convertirte en referente; es la responsabilidad de seguir siendo ejemplo y, en el caso de mi vida privada, no cambio mucho.
En el video presentado en el acto, usted aparece conduciendo un todoterreno del Ejército. ¿De dónde nace esa pasión por los todoterrenos?
Siento que esta pasión nace de dos frentes: el primero es darle el crédito a mi padre, quien me inculcó esa pasión por los vehículos. El segundo, por supuesto, en el lado de mi madre, quien me enseñó a atreverme a todo y a ser valiente. Y finalmente, siento que la suma de esas dos cuestiones hizo que en el ejército me enamorara de los 4×4.
¿Qué siente que ven en usted los soldados que acaban de ingresar en las Fuerzas Armadas?
Creo que te conviertes en la curiosidad, en alguien del que se desea conocer el pasado. Es importante la oportunidad que te da de hacerles ver no solo los derechos, sino también el cumplimiento de sus obligaciones; en este aspecto, no solo me ha ayudado mi trayectoria profesional, sino también haber trabajado durante más de 12 años a través de la Asociación de Tropas (ATME) y de la marinería española. El premio me da mayor visibilidad.

¿Cuál considera que ha sido el cambio más profundo en la cultura militar respecto a la integración femenina?
Al ser una profesión socialmente de hombres, el cambio más profundo ha sido demostrar a los compañeros, socialmente acostumbrados a proteger a la mujer, que también podíamos protegerles a ellos, que también podemos caminar a su lado. Y que juntos formamos un gran equipo.
Usted destacó la “dureza” de la gente en Afganistán. ¿Qué aprendió de la población civil, especialmente de las mujeres de allí?
De la población, aparte de su dureza, te das cuenta de la suerte que tenemos de haber nacido donde lo hemos hecho; te das cuenta de la cantidad de privilegios y derechos que tenemos, sobre todo como mujer, que allí ni se contemplan. Aprendes que no se necesita tanto para vivir y ser feliz.
Usted reconoció que en el año 2000 “no existía la conciliación”. Si hoy tuviera delante a esa joven Adelina, que empezaba a ser madre y militar, ¿qué consejo le daría para no rendirse?
Que siga adelante, que puede conseguir todo lo que se proponga, que solo tiene que creer en sí misma y que no está sola.
¿Qué barreras considera que faltan por derribar para que ese porcentaje de mujeres siga creciendo en puestos de mando y en unidades de élite?
No falta ninguna barrera; todas están derribadas a nivel institucional. Las barreras que nos pone nuestra condición física son cuestión de genética, teniendo que esforzarnos más para poder igualar las capacidades, estando ya, a lo largo de estos años, más que demostrado. Las únicas barreras que existen nos las ponemos nosotras mismas por miedo a lo social. Como dije durante el evento, la profesión militar no entiende de cotas de género, entiende de vocación y la vocación no la limita la condición sexual.
“Usted ha vivido la dureza de Afganistán. ¿Cómo se entrena la mente para que el miedo no bloquee la capacidad de decisión en momentos críticos?
Con una preparación constante, con cada ejercicio, cada maniobra, con cada día que pasas junto a tu binomio, tu escuadra o tu pelotón. Con una preparación constante, ese compañero se convierte en familia y tienes la confianza plena de que, al igual que tú, él daría la vida por ti.

¿Cómo supone, como militar, perder a compañeros en combate?
Te recuerda quiénes somos y a lo que nos arriesgamos. Te destroza, pero a la vez te hace más fuerte. Sabes qué puede pasar y también sabes que podrías ser tú, pero nada te prepara para eso. Solo sabes lo que implica cuando ha sucedido a tu lado. Y solo en ese momento sabrás si eres o no capaz de superarlo. En estos casos solo se supera unidos, sin dejar que nadie se hunda y remontando juntos. El militar no deja de ser persona.
La ministra habló de ser “una familia”. ¿Hay algún momento específico en sus misiones en las que sintió que ese lazo de hermandad militar le salvó, física o emocionalmente?
En todas las misiones. Yo no concibo llegar a una misión sin sentirme hermana de quienes van a mi lado. Nos salvamos todos, unos a otros, ya sea por un bajón emocional al echar de menos a la familia o simplemente por la salud mental que te da una risa compartida. Siempre, en todas, me han salvado y espero haberlos salvado igual.
Se hablaba de que llevar el uniforme es una ‘filosofía de vida’. ¿Qué siente cuando se lo quita al llegar a casa? ¿Es fácil separar a la Cabo Primero Torres de la Adelina, madre e hija?
Con o sin uniforme, somos militares 365 días del año y 24 horas al día. Los valores, los principios, la disciplina no se quitan con el uniforme.
Al entrar al ejército, ¿tenía algún referente femenino en aquel entonces o tuvo que construir su propio camino?
No tenía a nadie; mi camino lo marcaron mis decisiones, las buenas y las malas, pero todas ellas formaron lo que soy hoy.
