Aunque la presión migratoria ha comenzado a disminuir y miles de personas han regresado a Marruecos, Ceuta sigue lejos de recuperar la normalidad. Otros muchos continúan en la ciudad, los dispositivos de seguridad permanecen desplegados y la tensión acumulada durante los últimos días ha dejado una huella emocional que no desaparece al ritmo de los acontecimientos. La psicóloga Cristina Vega, del Centro Corola de Ceuta, nos explica por qué una crisis de estas dimensiones está dejando un impacto psicológico que perdurará mucho después de que las calles parezcan volver a la calma.

-Cuando una ciudad vive varios días en estado de emergencia, ¿el miedo desaparece cuando se vacían las calles?
-El miedo no desaparece automáticamente cuando la amenaza inmediata parece disiparse; más bien, se transforma. Una población que experimenta un estado de emergencia, o eventos de gran impacto emocional, se ve sometida a un estado prolongado de alerta. Por eso, cuando la situación comienza a estabilizarse, ese miedo agudo suele dar paso a un estado de hipervigilancia colectivo y a una ansiedad que permanece latente tiempo después. La sensación de seguridad básica se ha fracturado y restaurarla requiere tiempo. El cuerpo y la mente siguen “en guardia”, anticipando que pueda volver a ocurrir, por lo que el miedo se queda instalado como un ruido de fondo.
-¿Qué síntomas psicológicos aparecen en una comunidad que ha sentido que ha perdido el control de su entorno?
-El síntoma principal es la fractura de la seguridad colectiva. Nuestro bienestar psicológico depende, en gran medida, de que nuestro día a día siga unas lógicas predecibles. Cuando esa estructura salta por los aires, surge un contagio emocional donde la incertidumbre permea todo el tejido social. Como mantener ese nivel de ansiedad es insostenible a largo plazo, el malestar colectivo tiende a buscar válvulas de escape. Es entonces cuando observamos un aumento drástico de la irritabilidad, la polarización y una ruptura de la confianza mutua; el entorno social se tensa y los conflictos surgen con mayor facilidad ante la impotencia de no poder manejar la situación.
“Los conflictos surgen con mayor facilidad ante la impotencia de no poder manejar la situación”
-¿Qué ocurre si la situación se mantiene?
-La comunidad puede desarrollar lo que en psicología denominamos indefensión aprendida. Se trata de una desesperanza colectiva, una sensación compartida y desoladora de que, hagamos lo que hagamos, no tenemos la capacidad de influir en el resultado ni de recuperar ese control perdido. Finalmente, no podemos separar la mente del cuerpo: todo este desgaste psicológico colectivo acaba manifestándose físicamente, por lo que es muy común que a nivel social se disparen los síntomas somáticos, traduciéndose en un agotamiento extremo generalizado, alteraciones del sueño y otros problemas derivados de sostener ese enorme peso emocional.

-¿Se puede hablar de un estrés colectivo, similar al que dejan una catástrofe natural o un atentado, aunque la vida cotidiana vuelva aparentemente a la normalidad?
-Absolutamente. Estamos hablando de un trauma colectivo. Aunque la rutina imponga una normalidad aparente, el procesamiento emocional de la comunidad va mucho más lento. Pueden aparecer síntomas colectivos similares a los del trastorno de estrés postraumático (TEPT): evitación de ciertos lugares, pensamientos intrusivos o una sensación de luto compartido. La vida cotidiana actúa como un mecanismo de supervivencia, pero por debajo de esa capa, la herida psicosocial sigue abierta y requiere tiempo y apoyo comunitario para cicatrizar.
“La herida psicosocial sigue abierta y requiere tiempo y apoyo comunitario para cicatrizar”
-Si los ciudadanos siguen viendo militares, controles policiales o imágenes constantes de la crisis en televisión, ¿cómo puede entender el cerebro que la emergencia ya ha terminado?
-La parte emocional de nuestro cerebro no entiende de tiempos ni de comunicados oficiales; entiende de estímulos. Para nuestro cerebro, ver militares, controles o consumir imágenes constantes de la crisis en los medios son estímulos disparadores que le dicen al cerebro que el peligro continúa entre nosotros. Esto impide que el sistema nervioso parasimpático (el encargado de relajarnos) actúe correctamente, manteniendo a la población en un estado de estrés crónico que dificulta enormemente la recuperación psicológica y el retorno real a la normalidad.

-¿Cuál es el efecto psicológico de vivir varios días pendiente del móvil y de las redes sociales?
-Este fenómeno, conocido como infoxicación o doomscrolling, tiene un impacto devastador en la salud mental. Al estar constantemente conectados, entramos en un bucle de ansiedad: buscamos información para calmar la incertidumbre, pero encontramos rumores y alarmismo que nos generan más miedo, lo que nos empuja a seguir mirando el móvil. Los rumores, en situaciones de emergencia, actúan como catalizadores del pensamiento catastrófico. El cerebro no descansa, y este sobreconsumo digital acaba agotando nuestros recursos cognitivos, generando confusión, pánico y una desconexión de nuestro entorno real inmediato.
“Buscamos información, pero encontramos rumores y alarmismo que nos generan más miedo”
-¿Es inevitable el cansancio moral cuando una población presencia durante días escenas de sufrimiento humano y no sabe cómo reaccionar?
-Efectivamente, es un fenómeno muy estudiado que solemos denominar “fatiga por compasión”. Presenciar el sufrimiento humano de manera continuada despierta una fuerte respuesta empática inicial. Sin embargo, cuando a esta empatía se le suma la impotencia de no poder intervenir, la carga emocional se vuelve insostenible. Para protegerse de ese dolor desbordante, la mente genera apatía, provocando una especie de “anestesia emocional”.

-Podemos decir que no es falta de empatía.
-Es fundamental entender que no se trata de insensibilidad ni falta de empatía, sino de un mecanismo de defensa extremo ante el agotamiento psíquico que supone ver sufrir a otros sin tener los recursos para cambiar su realidad.

