Biografía

La vida de Maricarmen, habitación por habitación

La octogenaria desahuciada de su casa de Sainz de Baranda vio cambiar Madrid desde la mima ventana. Desde los serenos hasta su propio activismo

A Maricarmen Abascal le gustaban los serenos. Lo recuerda todavía y se pregunta por qué los quitaron. En 1960 su padre murió junto al bulevar que había frente a su casa y fue el sereno quien ayudó a subir el cuerpo. Ella tenía 21 años. “De alguna manera tuve que sacar la casa adelante, porque mi hermano estudiaba”, ha contado estos días cuando el desahucio la ha hecho protagonista involuntaria de la actualidad.

Aquella casa estaba en el número 46 de la calle Alcalde Sainz de Baranda y la familia había llegado en 1956, cuando ella tenía 17 años. Eran el padre, la madre, el hermano y Maricarmen. Su familia se dedicaba al ganado lechero y el padre consideró que aquella zona de Madrid era buena para instalar el negocio. Por detrás pasaba el tren de Arganda y Doctor Esquerdo daba prácticamente a las huertas. Moratalaz aún no existía y enfrente había unas casas humildes sin agua ni luz conocidas como el barrio ciego. De aquellos días Maricarmen echa de menos el pequeño comercio y los vecinos que se conocían y se saludaban. “Esto se ha convertido en un barrio frío”, decía el año pasado.

El contrato de alquiler lo firmó su padre. La madre no figuró como titular en una España en la que la capacidad jurídica de las mujeres casadas estaba limitada. Cuando él murió, el arrendamiento pasó a ella y cuando la madre falleció en 2005, Maricarmen se subrogó. El hermano había muerto dos años antes, en 2003. En pocos años se quedó sola.

Su vida en una bolsa

No tuvo hijos. Aunque hace un tiempo declaró que no tenía a nadie más, estas últimas semanas han permitido conocer que tiene una sobrina y, sobre todo, a Vicente, un primo de 70 años al que considera prácticamente un hermano. Fue él quien permaneció junto a ella durante las últimas horas del desahucio y quien se llevó en una bolsa las pocas cosas que consiguieron sacar. Algo de ropa, medicación, productos de aseo y unas fotografías de Maricarmen, su madre y su sobrina.

Le gustaba llenar la casa de cuadros, flores, fotografías antiguas, porcelanas, ilustraciones de paisajes, muebles de madera oscura y decenas de figuritas traídas de sus viajes. “Son de mis viajes”, explicaba señalando una mesa del salón cubierta de recuerdos. Algunas butacas llevaban allí prácticamente desde 1956 y las paredes conservaban un estucado color salmón. La decoración había cambiado poco desde que jugaba a las cartas con sus padres y su hermano. Al perder a su padre de forma prematura, tuvo que sacar la casa adelante mientras su hermano continuaba estudiando.

Vitalidad para vivir sola

En las entrevistas muestra un carácter fuerte que atribuye a sus padres. Todavía en noviembre de 2025, cuando el primer intento de desahucio acababa de ser suspendido, hablaba sin victimismo. Había cierta coquetería en su rechazo a una residencia. No se consideraba una anciana a la que hubiera que organizarle la vida. “Tengo vitalidad para vivir sola. Yo puedo hacer mis cosas”, ha explicado durante estos días. Y añadía que en una residencia no tendría espacio su forma de ser.

El Sindicato de Inquilinas entró en su vida y ella ha acabado describiéndolo como «mi familia». Blanca Martínez, una de sus integrantes, lleva unos seis años acompañándola. Con ella, Maricarmen ha terminado animando a otros a defender sus causas. En una de las primeras movilizaciones, varios niños de entre siete y catorce años caminaron con ella desde el Retiro hasta su portal. Le repetían: “No te preocupes, Maricarmen, a ti no te van a echar”. Ella decía que aquello le había dado una fuerza enorme.

A finales de 2025 Maricarmen todavía salía del portal andando y levantaba los brazos para celebrar que habían suspendido un lanzamiento. En primavera de 2026 ya necesitaba un andador. En junio acudía a las manifestaciones en silla de ruedas. En septiembre prácticamente había perdido la capacidad de desplazarse sin ayuda.

Tiene reconocida una discapacidad del 50%. En estos últimos meses ha perdido peso y masa muscular. Ella relaciona el deterioro con los siete años de tensión judicial, aunque también ha sufrido un problema bucal y dificultades con una prótesis dental que le complicaban comer. Veía peor, había perdido fuerza incluso en las manos y hasta notaba distinta su voz. Aun así mantenía rutinas como dar una vuelta a la manzana, acudir al centro de salud donde estaba su médico de siempre o comprar en la carnicería Marcial de la esquina. Tenía además teleasistencia, ayuda a domicilio y terapia ocupacional.

Maricarmen, vecina de 87 años.
Sindicato de Inquilinos e Inquilinas de Madrid

El conflicto inmobiliario empezó a tomar forma a partir de 2018, cuando el inmueble cambió de manos. Renta Corporación adquirió inicialmente la vivienda y posteriormente pasó a Urbagestión Desarrollo e Inversión. Maricarmen no pudo comprarla cuando se le ofreció por alrededor de 240.000-250.000 euros. A finales de 2020 recibió la primera notificación judicial. Después llegaron cartas, recursos y años de pleitos.

Ella continuó pagando la renta. La propiedad defendió judicialmente que el contrato de renta antigua había quedado extinguido porque era una segunda subrogación. Ganó inicialmente, pero la Audiencia Provincial y finalmente el Supremo respaldaron la tesis de la propiedad. Los propietarios ofrecieron posteriormente un alquiler de 1.650 euros mensuales, frente a los aproximadamente 500 que ella venía pagando y a una pensión entre 1.300 y 1.450 euros.

El miércoles 23 de septiembre de 2026, después de tres intentos anteriores frustrados, llegó el definitivo. Maricarmen salió de casa en una camilla y una ambulancia la trasladó al Gregorio Marañón. Dentro quedaron cajas, muebles y prácticamente toda su vida material. Ahora sigue ingresada por un cuadro de agotamiento severo, ansiedad y estrés, sometida a observación y pruebas. Ayer envió desde el hospital un mensaje agradeciendo a quienes la han acompañado.

Cuando le den el alta, la previsión es que vaya temporalmente a Segovia con Vicente y su mujer. El piso tiene menos de 58 metros cuadrados y ya viven allí cuatro personas. Para hacerle sitio, su primo y su esposa dormirán en el sofá y Maricarmen ocupará la cama.
Antes de ser desahuciada, declaró: “Yo pensaba terminar mis días aquí”.

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