Antes que nada, Gonzalo, gracias por escribirnos. Nos envías una lista de libros para este verano y nos preguntas si los consideras una buena opción para tus hijas. Más allá de los títulos concretos, tu consulta nos da la oportunidad de hablar de algo que preocupa a muchas familias: ¿cómo elegir buenos libros para nuestros hijos?
Vivimos un momento privilegiado. Nunca ha habido tantos libros infantiles y juveniles entre los que escoger. Esa abundancia es una suerte, pero también puede desorientar. Por eso conviene tener claros algunos criterios.
Leer, leer y volver a leer
El primero es quizá el más importante: crear el hábito lector. Leer, leer y volver a leer. No importa que sea novela, poesía, divulgación o historias sobre aquello que despierta la curiosidad de cada niño. La lectura es una de las herramientas más poderosas para formar el pensamiento propio, ampliar el lenguaje y desarrollar el criterio personal.
Y, por supuesto, no olvidemos los clásicos. Son clásicos por algo. Porque resisten el paso del tiempo, porque su calidad literaria sigue intacta y porque hablan de cuestiones que forman parte de la experiencia humana generación tras generación.
A la hora de elegir un libro, conviene fijarse en las edades recomendadas. A diferencia de las películas o las series, no existe un organismo independiente que clasifique las obras infantiles. Son los propios editores, autores y especialistas quienes orientan esas recomendaciones teniendo en cuenta dos aspectos fundamentales: la madurez lectora y la temática.
Es importante respetarlas. No son una limitación, sino una ayuda para acompañar a cada niño en el momento evolutivo que le corresponde.
También merece la pena detenerse en la calidad literaria. Un buen libro ofrece un vocabulario rico, expresiones cuidadas y un lenguaje que invite a descubrir nuevas palabras. En la literatura infantil, además, resulta esencial preservar el lenguaje simbólico. Los cuentos no necesitan explicarlo todo de forma explícita. Al contrario: sus personajes y sus historias representan emociones, conflictos y aprendizajes que el niño irá comprendiendo poco a poco, según su propio ritmo de maduración.
Por eso los grandes autores nunca pasan de moda. Entendieron la infancia y supieron hablar de ella con enorme respeto. Sus historias abordan temas universales —el miedo, la pérdida, la amistad, la justicia, el valor o la esperanza— que todos los niños vivirán, cada uno a su manera. Leer esos relatos les permite pensar, imaginar y encontrar recursos para afrontar las dificultades que inevitablemente aparecerán en la vida.
Los cuentos tradicionales son un magnífico ejemplo. El lobo, las brujas o los ogros representan muchos de los temores infantiles. También simbolizan esos adultos que, en determinados momentos, pueden parecer inmensos, severos o incomprensibles. Cuando el niño ve que el lobo puede ser vencido o que la bruja pierde su poder, también aprende que sus propios miedos pueden superarse.
Algo parecido ocurre con Roald Dahl. Pocos escritores han sabido mirar el mundo con ojos de niño como él. La señorita Honey, en Matilda, representa al adulto que educa desde el cariño; El dedo mágico nos recuerda el inmenso poder de la imaginación; y en todas sus historias aparece esa mezcla de realidad y fantasía que caracteriza la infancia. Los niños necesitan esa magia. No para escapar del mundo, sino para comprenderlo desde el lugar que les corresponde.
En los últimos años la producción editorial infantil ha crecido enormemente. Hay autores excelentes y propuestas muy interesantes, pero precisamente por eso no debemos perder de vista nuestros criterios de elección.
Por la selección de libros que me envías, Gonzalo, entiendo que tus hijas tienen alrededor de seis o siete años. Aprovecho tu consulta para hacer una reflexión que puede servir también a otras familias. Existe un fenómeno editorial muy presente entre los adolescentes: la literatura romántica. En estos casos es especialmente importante respetar las edades recomendadas y revisar el contenido. No solo por los temas que aborda, sino también por el tipo de lenguaje que utiliza. La literatura infantil y juvenil también educa a través de las palabras, y no todo vale.
Los padres no tenemos tiempo para leer previamente todos los libros que caen en manos de nuestros hijos. Por eso confiar en editoriales de calidad y en las recomendaciones de especialistas suele ser una buena garantía.
Pero hay algo para lo que sí podemos encontrar tiempo.
Leer con ellos
Aunque solo sean diez minutos antes de dormir. Compartir un capítulo. Leer una página cada uno. Reírnos de un personaje. Hacer una pausa para imaginar qué ocurrirá después.
Porque esos momentos dejan una huella mucho más profunda que cualquier recomendación literaria. La lectura compartida no necesita convertirse en una lección ni perseguir un objetivo didáctico. Basta con que sea un espacio de encuentro.
Al fin y al cabo, cuando un padre o una madre se sienta junto a su hijo para abrir un libro, no solo está formando un lector. Está diciendo, sin palabras: este tiempo es para ti.
Y pocas maneras hay más bonitas de demostrar amo

