El teléfono suena a punto de comenzar otra jornada en la base forestal de Somosierra, al norte de la Comunidad de Madrid. Al otro lado responde Vanesa García Pérez. Lleva más de veinte años combatiendo incendios forestales y, aunque este verano trabaja a cientos de kilómetros del sureste español, confiesa que estos días tiene la cabeza puesta en Almería. Las imágenes del incendio que ha dejado once fallecidos no solo le conmueven por las vidas perdidas. También por el paisaje desaparecido.
“La naturaleza es de las pocas cosas que todavía nos pertenecen a todos y seguimos sin cuidarla”, lamenta. Lo dice alguien que ha hecho de esta tarea su profesión. Entró en una brigada forestal con 23 años, en 2004, como peón de verano. Después llegaron los ascensos. Especialista, conductora de autobomba y, finalmente, encargada de alto riesgo, coordinando una brigada que durante los meses estivales permanece en alerta permanente para intervenir allí donde aparezca una columna de humo.
Cuidar el monte en invierno
Después de dos décadas sobre el terreno ha aprendido una lección que, dice, todavía cuesta explicar a la sociedad. Los grandes incendios del verano empiezan mucho antes de que llegue el calor. “Todo el mundo mira al cielo cuando llegan las olas de calor, pero el trabajo realmente importante lo hacemos durante el invierno. Es entonces cuando se cuida el monte. Cuando se limpia. Cuando se crean las condiciones para que, si aparece un incendio, no se convierta en una catástrofe”.
Respaldan sus palabras los especialistas en gestión forestal. La mayoría de los grandes incendios forestales, los que superan las 500 hectáreas y generan un comportamiento extremo, encuentran un terreno especialmente favorable cuando durante años se acumula combustible vegetal sin gestionar. A las altas temperaturas y al viento se suma entonces un bosque excesivamente denso, con abundante matorral y ramas secas que actúan como una mecha continua.
Por eso, mientras gran parte de la población asocia el trabajo de los bomberos forestales con las llamas del verano, buena parte de su jornada transcurre entre motosierras, desbrozadoras y tractores. Vanesa explica que en la Comunidad de Madrid las brigadas dedican los meses de menor riesgo a una labor que ni siquiera trasciende, pero resulta decisiva. “Ensanchamos pistas forestales para facilitar el acceso de los vehículos de emergencia, limpiamos cortafuegos, eliminamos vegetación acumulada y realizamos tratamientos selvícolas para reducir la carga de combustible. Son trabajos que casi nadie ve, pero que pueden marcar la diferencia entre controlar un incendio en minutos o enfrentarse a un gran fuego”.

La legislación forestal española obliga además a las administraciones públicas a desarrollar planes de prevención y defensa contra incendios, promoviendo actuaciones de gestión forestal sostenible, mantenimiento de infraestructuras, apertura y conservación de pistas forestales, áreas cortafuegos y tratamientos sobre la vegetación para disminuir el riesgo. En comunidades como Madrid, estas actuaciones forman parte del dispositivo anual del Plan INFOMA, que mantiene brigadas operativas durante todo el año precisamente porque la prevención ha dejado de entenderse como una actividad estacional.
“Es una pena asistir verano tras verano a incendios tan devastadores como los que estamos viendo. Lo de Almería es una auténtica catástrofe”. Cuando se le pregunta por el episodio más duro de su carrera, no duda. Recuerda el incendio de El Vellón, en la Comunidad de Madrid. “Aquel día coincidieron varios incendios importantes. Nuestra brigada estaba actuando en otro aviso y cuando conseguimos llegar ya era demasiado tarde. Siempre he pensado que, si hubiéramos podido intervenir antes, probablemente lo habríamos detenido en muy poco tiempo”.
Hace unos meses se celebró el juicio contra el responsable, un hombre de 86 años acusado de haber provocado el fuego tras prender material en un bidón. Para Vanesa, el caso resume uno de los mayores problemas. “Seguimos sin ser conscientes de lo fácil que es provocar una tragedia. Una imprudencia aparentemente pequeña puede acabar costando vidas humanas y miles de hectáreas”. Por eso reclama más que el endurecimiento de las sanciones. “Echo de menos más educación ambiental desde el colegio. A los niños se les enseñan primeros auxilios y otras muchas cuestiones prácticas, lo cual me parece fantástico. Pero también deberían aprender cómo prende una colilla, por qué un fuego nunca debe abandonarse sin apagar completamente o cuál es el coste ambiental y humano de una simple negligencia”. Según el Ministerio para la Transición Ecológica, alrededor del 95 % de los incendios forestales que se producen en España tienen origen humano, ya sea por negligencias, accidentes o acciones intencionadas.
Una profesión sin verano
Mientras miles de familias esperan las vacaciones, para los bomberos forestales comienza la época más intensa del año. “Para nosotros prácticamente no existen los veranos. La conciliación es una palabra difícil de aplicar en esta profesión”. Tiene dos hijos y su marido también es bombero. “Hacemos auténticos malabares familiares para organizarnos”.
A esa presión se suma el desgaste físico acumulado tras décadas respirando humo. Ella es joven y deportista, no lo ha sufrido aún, pero lo ve en los compañeros que se jubilan con los pulmones castigados. Vanesa celebra que este año se hayan abierto por fin una mesa de negociación para abordar mejoras laborales pendientes desde hace años: actualización salarial, renovación de equipos de protección, organización de turnos y medidas específicas de salud laboral. “Es importante proteger también a quienes protegemos el monte”.
Todavía sorprende una mujer en el camión
Vanesa es la única mujer de su brigada. Nunca ha sufrido discriminación dentro de su equipo, aunque reconoce que sí ha tenido que enfrentarse a ciertos prejuicios cuando coincide con otras unidades durante una intervención. “Más de una vez, cuando llego conduciendo el camión, noto caras de sorpresa. Alguno pregunta si podré con determinadas mangueras o si seré capaz de atravesar un cortafuegos complicado”.

Son comentarios que no le afectan. Después de más de veinte años de servicio, sabe que en un incendio el fuego no distingue entre hombres y mujeres. Y tampoco distingue entre una gran negligencia y una aparentemente insignificante. Basta una colilla mal apagada, una quema agrícola fuera de control o un pequeño descuido para desencadenar una tragedia como la que hoy llora Almería.

