Dos hermanos, criados bajo el mismo techo, con los mismos padres, el mismo colegio y unas oportunidades aparentemente idénticas, terminan recorriendo caminos muy diferentes. Uno obtiene mejores resultados académicos, accede antes a la universidad o disfruta de mayores ingresos en la edad adulta. El otro no necesariamente fracasa, pero las estadísticas muestran que, en promedio, sus probabilidades son ligeramente peores.
Psicólogos y sociólogos llevan décadas tratando de explicar estas diferencias recurriendo a la personalidad. Los primogénitos serían más responsables porque durante un tiempo disfrutaron de toda la atención de sus padres. Los pequeños desarrollarían una mayor creatividad o habilidades sociales para encontrar su lugar dentro de la familia. En los últimos años, sin embargo, economistas, epidemiólogos y especialistas en desarrollo infantil han comenzado a encontrar otras razones. El punto de partida fue un estudio publicado en 2005 en The Quarterly Journal of Economics basado en cientos de miles de registros familiares de Noruega. Su conclusión fue clara: incluso comparando hermanos criados en el mismo hogar, los primogénitos alcanzaban, de media, un mayor nivel educativo y obtenían mejores ingresos durante su vida laboral.
Los mayores se llevan 3.00o horas de atención adicionales
El hallazgo resultaba desconcertante. Si los hermanos comparten padres, recursos económicos y entorno familiar, ¿cómo podía influir tanto haber nacido unos años antes? Una de las primeras respuestas llegó de Joseph Price, economista de la Universidad Brigham Young. En un trabajo publicado en 2008 en Journal of Human Resources, Price analizó miles de diarios familiares sobre el uso del tiempo y descubrió que el recurso más valioso que reciben los hijos no siempre es el dinero, sino la atención.

Cuando comparó a hermanos que tenían exactamente la misma edad -por ejemplo, dos niños de cuatro años en momentos distintos de la historia familiar- observó que el mayor había disfrutado sistemáticamente de entre veinte y treinta minutos más al día de atención exclusiva de sus padres. Puede parecer irrelevante, pero esa diferencia acumulada entre los cuatro y los trece años supone alrededor de 3.000 horas adicionales de lectura, conversaciones, ayuda con los deberes, juegos o actividades compartidas con alguno de los progenitores. Es el equivalente aproximado a un curso escolar completo de interacción individual.
No es una cuestión de amor
La explicación no tiene nada que ver con que unos padres quieran más a un hijo que a otro. Simplemente, cuando nace el primer niño toda la atención de la familia se concentra en él. Con la llegada del segundo o del tercero, ese tiempo debe repartirse. El propio Price, padre de siete hijos, ha reconocido que conocer los resultados de su investigación cambió su manera de educar. Desde entonces procura preguntarse si está dedicando al pequeño el mismo tiempo que dedicó al mayor cuando tenía su edad.
Aun así, el tiempo parental no explicaba toda la ventaja de los primogénitos. ¿Por qué las diferencias aparecían también en indicadores de salud física y mental? ¿Por qué persistían incluso en países con sistemas educativos especialmente igualitarios? La respuesta apareció gracias a uno de los estudios más ambiciosos realizados sobre desarrollo infantil.
Hannes Schwandt, de la Universidad Northwestern, analizó la evolución de 1,2 millones de niños nacidos en Dinamarca desde 1980, aprovechando uno de los registros poblacionales más completos del mundo. El trabajo, difundido por el National Bureau of Economic Research y previsto para publicarse en American Economic Review, concluyó que los hermanos menores tenían entre dos y tres veces más probabilidades de ser hospitalizados por infecciones respiratorias durante su primer año de vida.
Infecciones e ingresos en la vida adulta
Los hermanos mayores se convierten, sin pretenderlo, en el principal vehículo de transmisión de virus respiratorios. Cuando empiezan la guardería o el colegio llevan a casa gripe, virus respiratorio sincitial (VRS) y otros patógenos que para ellos suelen ser leves, pero que pueden resultar mucho más peligrosos para un bebé cuyo sistema inmunitario aún está desarrollándose.

Al seguir a esos niños durante décadas, los investigadores comprobaron que quienes habían sufrido una mayor exposición a infecciones respiratorias graves durante su primer año presentaban menores ingresos en la edad adulta, una probabilidad ligeramente inferior de completar estudios superiores y un mayor riesgo de problemas de salud mental.
Los primeros meses importan más de lo que se creía. ¿Por qué una infección respiratoria durante los primeros meses de vida podría dejar una huella que se percibe décadas después? No significa que un bebé que ingresa por bronquiolitis vaya a tener peores notas en el colegio o un salario más bajo cuando sea adulto. Lo que muestran los datos son tendencias estadísticas observadas en poblaciones muy numerosas, no destinos individuales.
La explicación más aceptada tiene que ver con el extraordinario ritmo de desarrollo del cerebro durante el primer año de vida. Janet Currie, profesora de Economía en la Universidad de Princeton y una de las mayores especialistas mundiales en salud infantil, recuerda que durante los primeros meses una parte muy importante de la energía que consume un bebé se destina al desarrollo cerebral. Cuando aparece una infección grave, el organismo debe redirigir parte de esos recursos para combatirla. “Si un niño enferma gravemente durante ese periodo crítico, parte de la energía que debería destinarse al desarrollo acaba utilizándose para sostener la respuesta inmunitaria”.
España, un referente
Mientras el estudio danés analizaba lo ocurrido durante cuatro décadas, España ha empezado a ofrecer una oportunidad única para comprobar si esos riesgos pueden reducirse. En otoño de 2023 se convirtió en uno de los primeros países del mundo en implantar de forma generalizada la inmunización frente al virus respiratorio sincitial (VRS) mediante nirsevimab para todos los lactantes durante su primera temporada epidémica.
Los informes coordinados por el Instituto de Salud Carlos III y diversas comunidades autónomas muestran coberturas cercanas al 90 % y una reducción muy importante de las hospitalizaciones por VRS en menores de seis meses. Algunos estudios españoles sitúan la efectividad frente al ingreso hospitalario por encima del 80 %, cifras que han despertado el interés de numerosos sistemas sanitarios europeos.
Antes de la llegada de nirsevimab, el VRS era la primera causa de hospitalización en menores de un año en España y provocaba miles de ingresos cada invierno. Aunque todavía habrá que esperar años para saber si prevenir esas infecciones tiene también efectos sobre el desarrollo posterior, los investigadores consideran que reducir la enfermedad durante esa etapa tan vulnerable solo puede jugar a favor del niño.
La mejor noticia es que no hay un destino escrito en los genes. Los padres pueden intentar repartir mejor su tiempo. Los sistemas sanitarios pueden proteger a los recién nacidos mediante vacunas e inmunizaciones cada vez más eficaces. Y las administraciones pueden favorecer permisos parentales suficientes, apoyar la lactancia y reforzar la atención pediátrica durante el primer año de vida.
Nacer primero o después seguirá siendo cuestión de azar. Lo importante es que, por primera vez, empezamos a entender qué ocurre en esos primeros meses de vida y, sobre todo, qué podemos hacer para que el lugar que ocupamos entre nuestros hermanos no condicione el resto de nuestra historia.

