María Dolores tenía una botella de oxígeno para cuando las cosas se torcieran. Una avería, un corte de luz, cualquier pequeño accidente doméstico capaz de dejar fuera de servicio las máquinas que la ayudaban a respirar. Era su reserva para una emergencia. Lo que nadie podía prever era una emergencia que durase toda una noche.
El 29 de octubre de 2024, mientras el agua se apoderaba de Guadassuar y convertía las calles en torrentes, María Dolores M. G. quedó atrapada en su casa y sin electricidad. Padecía una insuficiencia respiratoria crónica grave y necesitaba oxigenoterapia y ventilación mecánica no invasiva. Para ella, quedarse sin luz no significaba quedarse a oscuras. Era quedarse sin aire.

La botella de emergencia funcionó durante unas horas. Durante la madrugada del 29 al 30 de octubre, se terminó. Fuera, Valencia vivía una de las mayores catástrofes de su historia. Dentro de aquella casa, la tragedia era el oxígeno que iba quedando en la botella. La familia intentó pedir ayuda. Recurrió incluso al botón de teleasistencia de otra familiar, pero las comunicaciones tampoco funcionaban con normalidad. Según recoge el auto judicial, la conexión se cortaba y no consiguieron completar la petición de auxilio.
La ayuda tardó en llegar
No había luz y fallaban las comunicaciones. Y María Dolores necesitaba respirar. Hubo que esperar hasta aproximadamente el mediodía del día siguiente. Bomberos y vecinos lograron entonces rescatarla y trasladarla a una residencia del municipio. Habían pasado muchas horas desde que se agotó el oxígeno de emergencia. Tuvieron que reanimarla allí mismo.
Después llegó la ambulancia y el traslado al Hospital Universitario de La Ribera, en Alzira. Su hijo recordó posteriormente ante la Justicia que los médicos les dijeron que su madre estaba muy mal y que había pasado demasiadas horas sin oxígeno. María Dolores no murió aquella noche y por eso su nombre no entró en la contabilidad inmediata de la tragedia. Permaneció hospitalizada mientras Valencia empezaba a contar muertos, desaparecidos, casas destruidas y vidas partidas. Ella todavía resistió una semana. Falleció el 6 de noviembre.

Tenía además otras patologías graves. Y durante casi dos años su muerte permaneció fuera de la cifra oficial de fallecidos por la DANA. Ahora un informe forense ha reconstruido médicamente lo sucedido entre aquella noche sin electricidad y su muerte. Los especialistas son prudentes. La interrupción de la oxigenoterapia y de la ventilación mecánica no puede considerarse la causa “directa, única e independiente” del fallecimiento debido a la grave situación clínica previa de la paciente. Pero sí actuó como factor desencadenante de la descompensación respiratoria aguda que provocó su ingreso hospitalario.
La jueza de Catarroja que investiga penalmente la gestión de la dana, Nuria Ruiz Tobarra, considera que esa cadena establece una relación de causalidad suficiente. María Dolores es desde ahora la víctima número 232 de la dana. Aunque la resolución todavía puede ser recurrida, su incorporación a la lista muestra que la tragedia va más allá de las imágenes espectaculares: coches arrastrados, puentes rotos, garajes anegados, calles convertidas en ríos. Para muchas víctimas, la supervivencia dependió de una infraestructura que normalmente ni siquiera advertimos que existe. Puede ser un enchufe, una máquina, una línea telefónica o una ambulancia a tiempo.

Aquella noche falló casi todo al mismo tiempo. María Dolores tampoco murió de la manera en que imaginamos a una víctima de una riada. No fue encontrada entre el barro ni arrastrada por el agua. La DANA entró en su vida apagando las máquinas que la mantenían respirando y sus consecuencias la acompañaron hasta una cama de hospital. Por eso han hecho falta médicos, forenses y una resolución judicial que reconozca que aquella noche continuó durante siete días más.
