Generación conectada
Phil González
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Una ley europea para distinguir lo humano de lo artificial

Imagen de un grupo de personas mirando varios móviles generada por ChatGPT.
Imagen de un grupo de personas mirando varios móviles generada por ChatGPT.

Cada día nos cuesta más distinguir lo falso de lo verdadero. En redes sociales los algoritmos nos encierran en unos bucles infernales en los que encadenamos las polémicas tras la final o los múltiples casos políticos y, este fin de semana, los incendios. Pero en toda esta vorágine de felicidad seguida de desgracias, se nos cuelan imágenes y palabras que no siempre son veraces.

Lo acabamos de comprobar tras la victoria de España en el Mundial. Durante las celebraciones circularon imágenes de Lamine Yamal junto a una bandera de Palestina aparentemente colgada del autobús de la selección. Las imágenes parecían encajar con escenas reales y con gestos anteriores del futbolista, pero habían sido alteradas. La mentira más eficaz hoy no consiste en inventar una realidad completa, sino en añadir un detalle capaz de cambiar el significado de una escena real.

Como el fuego por los montes, la inteligencia artificial arrasa con todo y en todos los ámbitos. Educación, cultura, pero, sobre todo, en el mundo del entretenimiento, la comunicación y la información. ¿Quién no ha dudado en la última semana de si el vídeo de una figura política, las palabras que parecía pronunciar o el rostro de esa actriz eran auténticos?

Durante el propio Mundial circularon también vídeos de aficionadas tan atractivas como inexistentes, creadas con inteligencia artificial para atraer usuarios hacía OnlyFans.

Las imágenes creadas artificialmente son cada vez más perfectas, las voces clonadas más naturales y los vídeos más difíciles de distinguir. El viejo “ver para creer” ha dejado de servirnos. Las leyes aparecen entonces como una de las barreras capaces de protegernos, aunque ninguna norma podrá sustituir por completo nuestro criterio.

Una ley europea para vigilar la inteligencia artificial

El próximo 2 de agosto comenzarán a aplicarse nuevas obligaciones de transparencia recogidas en el Reglamento europeo de Inteligencia Artificial. La norma diferencia entre quienes proporcionan estas herramientas y quienes las utilizan. Los primeros deberán incorporar marcas técnicas legibles que permitan detectar que una imagen, un audio, un vídeo o un texto han sido generados o manipulados artificialmente.

Quienes publiquen determinados contenidos tendrán además que advertirlo de forma visible cuando se trate de un deepfake o de un texto generado con IA sobre asuntos de interés público que no haya pasado por una revisión humana ni esté sometido a responsabilidad editorial alguna. No todo retoque o uso auxiliar de la inteligencia artificial deberá, por tanto, aparecer ante nuestros ojos con la misma etiqueta.

El objetivo de estas medidas es tan de sentido común como indiscutible. En una época en la que cualquiera puede inventarse una situación, generar una fotografía o un vídeo falso, fabricar unas declaraciones o clonar nuestra voz a través de una llamada telefónica, necesitamos saber cuándo estamos ante una creación artificial y cuando esta pretende engañarnos. El escollo, no obstante, reside en definir qué significa exactamente eso de “hecho con inteligencia artificial”.

Un futuro sin nada completamente humano

Involucrado de lleno en redes sociales desde hace más de veinte años, he visto evolucionar los distintos usos de aplicaciones de edición de fotografías y vídeos. Dichas herramientas, inicialmente reservadas a profesionales del diseño y la producción, fueron poco a poco calando en la sociedad hasta formar parte de nuestro día a día. Instagram y otras redes convirtieron esas prácticas en un rito ya habitual y fácil de compartir con miles de personas. Primero mejoramos las fotos, hicimos más azul el cielo, luego nos quitamos arrugas y algunos compañeros de viaje en las instantáneas, pero hoy ya se puede hacer casi de todo, hasta simular que alguien apareció donde nunca estuvo.

Lo mismo sucede con la voz y los textos. Un periodista puede utilizar inteligencia artificial para transcribir una entrevista, organizar sus notas o corregir errores, aunque después escriba, revise y asuma la autoría de cada frase. ¿A partir de cuándo los contenidos deberían llevar esa etiqueta? El mismo debate recorre los distintos foros alrededor de la información, la fotografía, el cine o la música. La realidad que viene ya no será completamente humana ni completamente artificial. Será híbrida en la mayoría de los casos.

Imagen de una persona mirando un móvil generada por ChatGPT.
Imagen de una persona mirando un móvil generada por ChatGPT.

La etiqueta que se nos podría pasar

La regulación europea resulta tan urgente como necesaria, pero corre el riesgo de encontrarse con un adversario demasiado conocido. La apatía. Internet lleva años mostrándonos avisos, permisos, condiciones de uso y ventanas de cookies que aceptamos sin leer para poder continuar con nuestras rutinas.

Si cada fotografía retocada, vídeo manipulado o doblado y texto asistido termina acompañado por una advertencia, podemos acostumbrarnos rápidamente a ignorarla. De hecho, ya he visto muchos contenidos en redes sociales sin prestar atención a ese pequeño detalle. Tampoco la ausencia de una etiqueta “hecho con IA” significará que un contenido sea verdadero.

También puede ocurrir lo contrario. Una imagen auténtica podría ser rechazada como artificial simplemente porque no nos gusta lo que muestra. La inteligencia artificial no solo facilita fabricar pruebas falsas; también ofrece una nueva excusa para negar las verdaderas. Cuando todo puede ser manipulado, cualquiera puede intentar desacreditar aquello que lo compromete diciendo que fue creado por una máquina. También, y suele pasar, una fotografía auténtica puede haber sido tomada en un país distinto del que se menciona, un vídeo real puede ser recortado, alterando su contexto y su sentido. La falsedad no nació con la IA, aunque ahora puede fabricarse con mayor rapidez y está al alcance de cualquiera.

La responsabilidad seguirá siendo humana

La etiqueta podrá indicarnos que un ordenador o una aplicación han intervenido en el proceso, pero no nos dirá quién publicó el contenido original, con qué intención, qué fuentes utilizó o quién responderá cuando provoque algún tipo de daño.

Europa empieza a marcar las creaciones realizadas con ayuda de la inteligencia artificial. Es un paso necesario, pero probablemente insuficiente. La responsabilidad puede recaer en quien fabrica el contenido, en quién decidió publicarlo y también en quien lo comparte sin comprobarlo.

Detener su difusión o amplificarlo y presentarlo como verdadero será, al final, una decisión profundamente humana.

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