Atrapadas a 200 km/h: el coche como jaula y herramienta de tortura del machismo

Muchos agresores machistas utilizan los desplazamientos en coche para intimidar, humillar y aterrorizar a sus parejas e hijos

El coche puede convertirse en una herramienta de tortura
KiloyCuarto

Un coche puede ser mucho más que un medio de transporte. Para una mujer que viaja junto a su maltratador, puede convertirse en una jaula con ruedas. Él decide la velocidad, el rumbo, cuándo frenar y cuándo acelerar. Ella, atrapada en el asiento del copiloto o junto a sus hijos, no tiene dónde escapar.

Un acelerón, un volantazo, una maniobra brusca o circular a una velocidad desproporcionada pueden parecer, desde fuera, una simple imprudencia. Dentro del vehículo, pueden ser otra cosa: una forma de infundir miedo, demostrar poder y recordar a la víctima que su vida está, literalmente, en manos del agresor.

El pediatra social y experto en violencia machista Antonio Gancedo Garanda lleva años poniendo el foco sobre una realidad todavía poco visible. “La violencia vial es un elemento más en el tema de la violencia de género y hay que hacerle caso”, sostiene.

La odisea tras denunciar violencia de género

Cuando conducir también sirve para maltratar

Las situaciones que describe Gancedo no son hipotéticas. Son comportamientos que aparecen en los relatos de mujeres víctimas: hombres que conducen de forma temeraria cuando llevan a su pareja o a sus hijos, que incumplen las normas de tráfico deliberadamente, que no utilizan correctamente los sistemas de retención infantil o que convierten el habitáculo en otro escenario de insultos y amenazas.

“Muchas madres nos dicen: ‘Es que me conduce con los niños sin ponerles el cinturón de seguridad.’ O no los llevan en los dispositivos adecuados de sujeción o se van saltando las normas o se van picando con el de al lado, o van insultando a la madre, o la echan del coche. Todas estas cosas ocurren; no me lo estoy inventando. Ocurren”, explica.

El problema, precisamente, es que muchas de estas conductas pueden quedar registradas únicamente como infracciones de tráfico aisladas. Un exceso de velocidad es un exceso de velocidad. Una maniobra peligrosa es una maniobra peligrosa. Pero si quien las comete está inmerso en un contexto de violencia de género, el significado puede ser muy diferente.

Por eso Gancedo plantea una propuesta concreta: cruzar información de la Dirección General de Tráfico (DGT) con las denuncias y procedimientos relacionados con violencia de género. “Estoy intentando que crucen datos de la DGT y las sentencias de violencia de género“, explica.

La idea no consiste en convertir automáticamente una multa en una prueba de maltrato, sino en detectar patrones que puedan ayudar a valorar el riesgo. Un historial de conducción temeraria, unido a otros indicadores de violencia, podría aportar información relevante para quienes tienen que proteger a una víctima.

200 kilómetros por hora para provocar miedo

El relato de las supervivientes permite entender qué significa realmente estar atrapada dentro de un coche conducido por un agresor. Ana Bella, presidenta de la Fundación Ana Bella, ha escuchado numerosos testimonios de mujeres que han vivido situaciones similares. Una de ellas, recuerda, acudió recientemente a denunciar después de que su maltratador llegara a poner el coche a 200 kilómetros por hora para aterrorizarla.

Ella misma conoce ese miedo. Durante su matrimonio, su exmarido llegó a conducir a 320 kilómetros por hora mientras ella viajaba a su lado. “Mi exmarido puso una vez el coche a 320 km por hora, lo máximo que se puede. Yo estaba acongojada, muerta de miedo. Pensaba: ‘Con una simple piedra nos matamos los dos’, relató.

El control también apareció durante el aprendizaje de la conducción. Su entonces marido utilizaba las clases como otra forma de sometimiento: la obligaba a conducir de noche y a alcanzar velocidades de hasta 200 kilómetros por hora cuando apenas sabía manejar el vehículo, mientras la agredía. No era una cuestión de tráfico. Era una cuestión de poder.

Cuando los hijos viajan en el asiento trasero

La presencia de menores añade otra capa de violencia. El miedo de una madre no se limita entonces a su propia integridad: está obligada a contemplar cómo el comportamiento del agresor puede poner en peligro también a sus hijos.

No utilizar correctamente los cinturones o los sistemas de retención infantil, conducir de forma temeraria, realizar adelantamientos peligrosos o provocar deliberadamente situaciones de riesgo pueden convertirse en mecanismos de intimidación. El vehículo deja de ser simplemente el lugar donde ocurre una discusión y pasa a ser el escenario en el que el agresor controla la seguridad de toda la familia.

La Justicia española ya ha recogido situaciones de este tipo. En una resolución del Tribunal Superior de Justicia de Madrid se recoge la denuncia de una mujer que relataba, entre otros episodios, que su pareja conducía a 200 kilómetros por hora cuando viajaba con sus hijos.

Son ejemplos que obligan a mirar más allá de la carretera. Porque cuando existe un contexto previo de violencia, la conducción temeraria puede formar parte de un patrón de control mucho más amplio.

El coche también puede convertirse en un arma

La utilización del vehículo no se limita al maltrato psicológico. En los casos más extremos, el coche puede convertirse directamente en un instrumento para atacar.

Embestir a una expareja, arrinconarla contra una pared o un portón, arrastrarla o utilizar el vehículo para intentar atropellarla son formas de violencia física que muestran hasta qué punto un objeto cotidiano puede transformarse en un arma.

La propia DGT utiliza el concepto de violencia vial para referirse a comportamientos que generan un riesgo manifiesto para otras personas. Ya en sus trabajos sobre esta materia advertía de que estas conductas están detrás de una parte relevante de los fallecimientos en carretera. En 2026, el organismo ha continuado alertando sobre las conductas imprudentes y violentas al volante.

El reto está ahora en determinar qué ocurre cuando esa violencia vial no es aleatoria, sino que se dirige contra una pareja, una expareja o los hijos y forma parte de una dinámica de dominación.

 

Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

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