Por primera vez en España, un perro ha cruzado la puerta de una sala de vistas para sentarse junto a una víctima durante un juicio oral por violencia de género. No como anécdota ni como gesto simbólico, sino como una herramienta real de apoyo emocional en uno de los momentos más difíciles que puede atravesar una mujer: declarar frente a su agresor.
Eika es el nombre de ese perro. Y su presencia, el pasado miércoles, en un juzgado de Madrid, marca un antes y un después en la manera de entender el acompañamiento a las víctimas dentro del sistema judicial.
La protagonista de esta historia es una mujer con discapacidad intelectual que debía prestar declaración en un procedimiento penal en una sección de violencia contra la mujer. Contaba ya con la figura de un facilitador judicial, pero el miedo seguía siendo insoportable. Según trasladó el Gobierno autonómico, la víctima estaba “muy nerviosa, con mucho miedo”. Fue entonces cuando desde las Oficinas de Asistencia a Víctimas del Delito se propuso al juez incorporar un recurso que hasta ahora solo se utilizaba en entrevistas psicosociales o pruebas preconstituidas: un perro de apoyo judicial. El magistrado aceptó y Eika entró en la sala.
Una escena que cambia el significado del acompañamiento
La mujer pudo declarar. Y al salir, según fuentes oficiales, se fue “muy agradecida por el apoyo y la ayuda prestados”. No es un detalle menor. Para muchas víctimas, el paso por el juzgado no es un trámite administrativo, sino una experiencia emocionalmente devastadora. Declarar implica revivir los hechos, reconstruir recuerdos dolorosos y, en ocasiones, compartir el mismo espacio físico con el agresor. Es, en palabras de la psicóloga especialista en género y violencia Isidora Pasarin, “una experiencia compleja, solitaria y profundamente revictimizante”.

“Muchas mujeres experimentan síntomas asociados al estrés postraumático en medio de audiencias o diligencias judiciales, tales como flashbacks de los episodios de violencia, crisis de ansiedad, agitación física, dificultades para recordar detalles, problemas para hablar o articular sus relatos e incluso respuestas de inmovilización y mutismo”, explica. “Estas reacciones no son signos de incoherencia ni debilidad, sino respuestas esperables frente a experiencias traumáticas”. En ese contexto, la presencia de un animal no es decorativa. Es funcional.
El papel invisible del ‘grounding’
Pasarin detalla que el contacto con un animal puede convertirse en una técnica de regulación emocional conocida como “grounding” o enraizamiento. “La mujer puede centrar su atención en estímulos físicos reconfortantes, como las caricias, la respiración del animal o la suavidad de su pelaje. Esto contribuye a disminuir la sobrecarga emocional y facilita que vuelva a conectar con el presente y con una sensación de seguridad”.
Desde la neurociencia, añade, el contacto afectivo con animales favorece la liberación de oxitocina, vinculada a la calma y la regulación del estrés. “En escenarios marcados por el miedo y la hiperalerta, el vínculo con un animal puede convertirse en un anclaje afectivo que permita atravesar el proceso judicial con mayor estabilidad emocional”.
Hay, además, un matiz diferencial. “Los animales ofrecen una interacción libre de juicios, evaluaciones o expectativas sociales. No opinan, no cuestionan, no aconsejan. Eso genera un entorno emocionalmente seguro donde muchas sobrevivientes pueden expresarse con mayor libertad”. Ese silencio, esa presencia constante y no invasiva, puede ser la diferencia entre poder hablar… o quedarse en blanco.
Madrid, pionera en un servicio público y gratuito
El Gobierno madrileño ha destacado que esta intervención convierte a la región en pionera en la aplicación de este servicio dentro de un juicio oral por violencia de género. Hasta ahora, este recurso se limitaba a otros momentos del proceso judicial. El consejero de Presidencia, Justicia y Administración Local, Miguel Ángel García Martín, subrayó que “este hito es un paso más hacia una justicia más accesible y cercana, que pone a la víctima en el centro y piensa en cómo hacer este proceso más amable”.

El servicio depende de las OAVD y se lleva a cabo a través de la organización Dogtor Animal, especializada en intervenciones asistidas con animales en entornos sensibles. Forma parte de las políticas de atención integral a la infancia, donde ya se aplicaba, y ahora comienza a extenderse a víctimas de violencia contra la mujer. No se trata de humanizar al sistema con gestos simbólicos, sino de introducir herramientas que respondan a cómo funciona realmente el trauma.
No es una solución mágica (y tampoco es para todas)
La psicóloga advierte, sin embargo, de que este recurso debe utilizarse con cautela. “Algunas sobrevivientes pueden desarrollar una dependencia emocional intensa hacia el animal, especialmente cuando existen carencias importantes de apoyo social. Cuando el proceso judicial finaliza y el vínculo debe concluir, la separación puede generar malestar o sentimientos de abandono”.
Por eso insiste en que debe entenderse como “una herramienta de transición y acompañamiento temporal, no como un sustituto permanente del sostén emocional”. Además, no todas las mujeres se sienten cómodas con animales. “Para algunas, su presencia puede provocar miedo o rechazo. Es fundamental realizar evaluaciones previas y observar cuidadosamente cómo responde cada usuaria”.
También alerta sobre una posible lectura social equivocada. “Desde una perspectiva de género, este recurso puede ser interpretado peyorativamente, reforzando prejuicios sobre la supuesta fragilidad de las mujeres víctimas. Eso invisibiliza el impacto real del trauma y reproduce sesgos históricos que han desacreditado sus experiencias”. Por ello, subraya que la implementación debe estar acompañada por profesionales formados en trauma y perspectiva de género.
Una imagen que dice mucho sobre hacia dónde camina la justicia
La escena de Eika sentado junto a la víctima no solo es inédita. Es profundamente reveladora. Habla de una justicia que empieza a entender que no basta con garantizar derechos procesales si no se atiende también al estado emocional de quien tiene que ejercerlos.
Porque poder declarar no siempre depende de la voluntad. A veces depende de la capacidad del cuerpo para no bloquearse. Y ese día, en esa sala, un perro ayudó a que eso no ocurriera. Sin discursos, sin palabras, sin juicios. Solo estando ahí. Principio del formulario.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.
