¿Existe una edad para morir a manos de la violencia machista? De los 12 a los 91 años, los datos desmontan todos los perfiles

Paula tenía 27 años cuando fue asesinada presuntamente por su pareja, de 39, en Santander. Su caso vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿existe una edad concreta para ser víctima o agresor de violencia de género?

no hay una edad determinada para ser víctima, ni una edad determinada para convertirse en agresor.
no hay una edad determinada para ser víctima, ni tampoco para convertirse en agresor

Paula tenía 27 años. Él, 39. La diferencia de edad entre ambos podría parecer, a primera vista, un dato más dentro de la tragedia. Pero precisamente ahí está la trampa: convertir la edad, la profesión, el lugar del crimen o cualquier otra circunstancia en una explicación del asesinato puede hacer que se pierda de vista lo esencial.

El pasado 31 de julio, Paula fue asesinada presuntamente por su pareja en una vivienda de Santander. El hombre, de 39 años, llamó a la Policía y confesó los hechos. La joven murió tras sufrir heridas de arma blanca y ambos tenían un hijo pequeño en común. No constaban denuncias previas por violencia machista entre la pareja, según informaron fuentes policiales. El caso se investiga como violencia de género.

Su edad tampoco es excepcional dentro de las estadísticas. Según explica el médico forense especializado en violencia de género Miguel Lorente Acosta, desde 2003, y tomando como referencia el último informe del Observatorio Estatal de Violencia sobre la Mujer, 247 mujeres de 27 años han sido asesinadas por sus parejas o exparejas. Pero hay una segunda cifra mucho más reveladora: la violencia de género no se detiene en una franja de edad.

De adolescentes a mujeres de más de 90 años

Una de las ideas que más se repiten cuando se habla de violencia machista es la de imaginar un perfil. Una mujer joven. Una pareja conflictiva. Un hombre de determinada edad, una relación concreta, una ruptura, un escenario reconocible… La realidad es bastante más incómoda.

Lorente recuerda que las víctimas mortales registradas desde 2003 abarcan prácticamente todo el ciclo vital: desde una adolescente de 12 años asesinada en Albacete en 2012 hasta una mujer de 91 años asesinada en Tenerife en 2023. Entre ambos extremos caben mujeres jóvenes, madres, mujeres mayores, españolas y extranjeras, residentes en ciudades y en entornos rurales.

Los datos oficiales confirman precisamente esa amplitud. El XVIII Informe Anual del Observatorio Estatal de Violencia sobre la Mujer, correspondiente a 2024 y publicado en 2026, recopila la serie estadística de víctimas mortales por violencia de género desde 2003.

Y tampoco existe una edad que permita dibujar al agresor. El hombre que mata a su pareja o expareja puede ser joven, adulto o encontrarse en edades avanzadas. No existe un perfil de edad que permita identificar por sí solo al futuro asesino.

Para Lorente, esta característica diferencia a la violencia de género de otras formas de violencia. “Los hombres son de todas las edades que deciden usar la violencia hasta llegar al homicidio”, sostiene.

El dato que engaña: cuando la edad parece explicar el crimen

Hay una razón por la que la edad puede convertirse fácilmente en protagonista después de un asesinato machista. Es un dato sencillo, inmediato y fácil de comparar. “Ella tenía 27; él, 39”. La frase cabe en un titular y parece aportar información sobre la relación. Pero no explica el crimen.

De hecho, Lorente advierte de que fijarse excesivamente en las circunstancias particulares de cada caso puede convertirse en una “trampa”: analizar la edad, el trabajo, la nacionalidad, el lugar del homicidio, el arma utilizada o incluso el tipo de relación puede llevar a presentar cada asesinato como un episodio aislado. Y esa fragmentación oculta un patrón común.

Paula tenía 27 años, pero otra víctima tenía 91. Una fue asesinada en una vivienda y otra puede serlo en un espacio público. Una puede haber denunciado y otra no. Una puede encontrarse en pleno proceso de separación y otra continuar con su pareja. Las circunstancias cambian. La violencia que acaba con sus vidas, no.

“Todos los homicidios comparten la idea machista que lleva a entender que hay razones para que los hombres puedan decidir maltratar y asesinar a su pareja o expareja”, explica el médico forense.

¿Y qué ocurre con los agresores?

La edad también puede alimentar otro de los estereotipos habituales: pensar que un hombre que llega al asesinato tiene necesariamente que arrastrar una larga trayectoria delictiva o responder a un perfil especialmente violento.

Pero la violencia de género no funciona necesariamente así.

Lorente subraya que muchos de estos hombres no estaban vinculados previamente a actividades delincuenciales habituales. Son hombres integrados en la sociedad, con trabajos, familias y vidas aparentemente normalizadas que incorporan la violencia contra su pareja como una forma de ejercer control y dominación.

Por eso considera especialmente importante dejar de buscar una explicación individual que permita colocar al agresor en una categoría diferente al resto de la sociedad.

El asesino no necesita tener una determinada edad para ejercer violencia. Tampoco necesita pertenecer a un determinado entorno social. Ni responder a una nacionalidad, profesión o condición económica concreta.

Una violencia que se repite aunque cambien los rostros

Las cifras ayudan a entender la magnitud del fenómeno. Según Lorente, los asesinatos por violencia de género se sitúan en torno a una media de 58 mujeres asesinadas cada año desde que existen registros oficiales. El último informe anual del Observatorio recoge, por ejemplo, 49 víctimas mortales en 2024, una de las cifras más bajas de la serie, aunque el fenómeno mantiene su continuidad.

Cada año cambian los nombres, las edades y las circunstancias. Cambian las ciudades y los domicilios. Cambian los agresores. Pero la violencia permanece.

Y ahí está, según Lorente, una de las mayores dificultades para combatirla: la sociedad contempla cada asesinato como una historia independiente en lugar de reconocer una violencia estructural que adopta formas diferentes.

“Todas esas diferencias lo que en verdad demuestran es que abarca a toda la realidad social, y que no se trata de hechos aislados, sino del mismo hecho en diferentes contextos”, resume.

Paula tenía 27 años. Su presunto asesino, 39. Podría parecer que esas dos cifras contienen la explicación. No la contienen. Son apenas dos datos de una historia mucho más amplia.

Porque si algo demuestra la violencia de género es precisamente que no hay una edad determinada para ser víctima, ni una edad determinada para convertirse en agresor. Lo que sí existe es una misma lógica de dominación capaz de atravesar generaciones y llegar, en sus casos más extremos, hasta el asesinato.

 

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