Las madres solteras que convierten la amistad en familia

La crianza compartida deja de ser una excepción y se convierte en una respuesta al elevado coste de la vida, la falta de conciliación y la escasez de apoyos familiares

Las madres solteras que convierten la amistad en familia
Las madres solteras que convierten la amistad en familia
KiloyCuarto

Durante años, la crianza se ha presentado como una experiencia profundamente personal, casi privada. Sin embargo, detrás de esa imagen idealizada de la maternidad se esconde una realidad mucho más compleja para miles de mujeres que afrontan en solitario el cuidado de sus hijos. La falta de tiempo, las dificultades para conciliar, el elevado coste de la vivienda y la escasez de apoyos familiares han llevado a muchas madres a buscar nuevas formas de organización basadas en la colaboración y el apoyo mutuo.

En los últimos años han comenzado a surgir iniciativas de crianza compartida, redes de apoyo entre madres y proyectos de convivencia que buscan repartir responsabilidades y aliviar la carga que supone sostener una familia prácticamente en solitario. Algunos casos, como el de dos madres neozelandesas que decidieron compartir hogar para criar juntas a sus hijos, o plataformas españolas que conectan a familias para crear comunidades de apoyo, reflejan una tendencia que cada vez despierta más interés.

Pero detrás de este fenómeno hay una cuestión mucho más profunda: el papel que siguen desempeñando las mujeres en los cuidados y la necesidad de replantear un modelo que continúa descansando, en gran medida, sobre sus hombros.

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Los cuidados siguen teniendo rostro de mujer

Para María Martín, presidenta de la Asociación La Volaera, el auge de estas fórmulas de crianza compartida no puede entenderse sin analizar primero la realidad cotidiana que viven muchas mujeres. “Hablar de los cuidados es hablar de una realidad que sigue teniendo rostro de mujer. A pesar de los avances en igualdad, son mayoritariamente las mujeres quienes asumimos el cuidado de hijas e hijos, de personas mayores, dependientes y del propio hogar, la mayoría de las veces de forma invisible, no remunerada o renunciando a nuestro trabajo y con un importante impacto en la salud, el tiempo y las oportunidades laborales”, explica.

Su reflexión pone el foco en una cuestión que desde hace años señalan especialistas y organizaciones sociales: aunque la incorporación de las mujeres al mercado laboral ha transformado profundamente la sociedad, la distribución de los cuidados continúa siendo desigual. La conciliación sigue siendo una de las principales preocupaciones de las familias y, especialmente, de las madres.

Desde La Volaera defienden que el cuidado no puede seguir siendo considerado una responsabilidad individual o exclusivamente familiar. “Los cuidados deben entenderse como una responsabilidad colectiva y social, basada en la corresponsabilidad y en el apoyo mutuo. Las medidas para la conciliación no bastan”, sostiene Martín.

Una respuesta a una realidad social

La presidenta de la asociación considera que las redes de crianza compartida no son una moda pasajera ni una tendencia impulsada únicamente por razones económicas. A su juicio, responden a necesidades muy concretas que afectan a un número creciente de mujeres.

“Estos modelos surgen como respuesta a una realidad social. Muchas mujeres afrontan la maternidad en soledad o con escaso apoyo, en un contexto marcado por la precariedad laboral, el elevado coste de la vivienda y la dificultad para conciliar”, afirma.

A ello se suman otras circunstancias cada vez más frecuentes, como las separaciones, los divorcios conflictivos o las situaciones de violencia machista, que pueden dejar a las madres en una posición especialmente vulnerable.

MAdre
Madres solteras, uno de los perfiles más perjudicados
Shutterstock

“Frente a ello, recuperar las redes de apoyo entre mujeres supone volver a una forma de cuidado más comunitaria, donde la responsabilidad de criar deja de recaer exclusivamente sobre la mujer”, señala. Martín insiste en que estas iniciativas representan una estrategia de solidaridad que permite afrontar mejor los desafíos cotidianos de la crianza. No se trata únicamente de compartir gastos o tareas domésticas, sino de construir comunidades donde exista apoyo emocional, acompañamiento y seguridad.

Familias diversas, mismas necesidades

El crecimiento de estas redes coincide con otro fenómeno social: el aumento de las mujeres que deciden convertirse en madres sin pareja. Según explica María Martín, cada vez son más quienes optan por la maternidad en solitario gracias a una mayor independencia económica, al acceso a técnicas de reproducción asistida y a la progresiva normalización de modelos familiares diversos.

“La decisión responde a la necesidad de no postergar el deseo de ser madre ante el reloj biológico y la falta de una pareja ideal”, apunta. Sin embargo, independientemente de cómo esté formada una familia, la experta considera que la clave para el bienestar infantil sigue siendo la misma.

“Lo verdaderamente esencial para el desarrollo de niños y niñas es que puedan construir un apego seguro con la madre. Un entorno estable, afectuoso y sensible a sus necesidades favorece su autoestima, su regulación emocional y su capacidad para relacionarse con confianza”.

Por ello, rechaza que el debate deba centrarse en el número de personas que participan en la crianza o en la composición concreta de la familia. “Lo importante no es cuántas personas participan en la crianza, sino que existan vínculos de calidad, coherencia en los cuidados y un compromiso compartido con el bienestar de la infancia”, subraya.

Los beneficios de criar en comunidad

Las experiencias de crianza compartida suelen asociarse a ventajas económicas, especialmente en un momento en el que el acceso a la vivienda se ha convertido en uno de los principales problemas para muchas familias. Sin embargo, María Martín considera que sus beneficios van mucho más allá. “Compartir la crianza puede reducir el aislamiento y la sobrecarga económica y emocional que muchas madres experimentan. Contar con otras mujeres en quienes confiar favorece el bienestar emocional, permite repartir tareas y facilita la conciliación”, explica.

También destaca el impacto positivo que puede tener sobre los menores. “Para niñas y niños, crecer rodeados de personas adultas que cooperan, se respetan y se implican en sus cuidados puede aportar estabilidad, seguridad afectiva y modelos positivos de convivencia”.

Eso sí, advierte de que estos proyectos requieren organización, comunicación y acuerdos previos para funcionar correctamente. Aspectos como la educación, la gestión económica, el reparto de responsabilidades o la resolución de conflictos deben abordarse desde el principio para evitar problemas futuros.

Un reto pendiente para las instituciones

Mientras estas fórmulas de apoyo mutuo ganan presencia, la legislación y los servicios públicos todavía intentan adaptarse a una realidad familiar cada vez más diversa. “Todavía existen importantes desafíos”, reconoce María Martín. “Muchas formas de organización de los cuidados siguen sin contar con un encaje jurídico suficiente, lo que puede generar dificultades en ámbitos como los permisos, la representación legal o el acceso a determinados derechos”.

Por ello, reclama que las administraciones avancen hacia políticas que reconozcan la pluralidad de modelos familiares y sitúen los cuidados en el centro de la agenda pública. “Las políticas públicas deben adaptarse a la realidad social, poniendo siempre en el centro el interés superior de la infancia, la igualdad entre mujeres y hombres y el reconocimiento del valor de los cuidados”.

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