¿Qué lleva a varios niños de 11 y 12 años a participar en una agresión sexual contra una compañera de clase? La pregunta resulta tan incómoda como necesaria tras el caso de Burgos, donde una niña de 12 años denunció haber sufrido una agresión sexual durante una fiesta de cumpleaños por parte de cinco compañeros. Para intentar responderla, Artículo14 conversa con José Antonio García Serrano, psicólogo especializado en violencia machista y adolescencia.
Antes de analizar qué puede haber detrás de una conducta así, el especialista pone el foco en la víctima. Aunque cada persona procesa una agresión sexual de forma diferente, existen algunas consecuencias que suelen repetirse. “Puede aparecer miedo, culpa, vergüenza, confusión”, explica. A ello se suma otra cuestión especialmente relevante cuando la agresión se produce a edades tan tempranas: la pérdida de confianza en quienes rodean a la persona menor de edad.

No cuestionar y arropar a la víctima
García Serrano advierte de que una agresión sexual a estas edades puede condicionar la forma en que la víctima se relaciona con su propia sexualidad. “Si esta ha sido su primera interacción sexual, no tiene que ver con el sexo, sino con el poder y la violencia“, señala. Por ello, considera que la experiencia puede resultar especialmente traumática y afectar a la sensación de seguridad y confianza de la niña.
Ante una situación así, insiste en la importancia de evitar cualquier forma de cuestionamiento. “No podemos estar culpabilizando ni responsabilizando”. Preguntas sobre por qué estaba allí, por qué no pidió ayuda o cómo reaccionó solo contribuyen a aumentar el daño sufrido. “Lo mismo que con las mujeres adultas: que no la cuestionemos, que la creamos, que la escuchemos y que no la hagamos sentir responsable”.
La rabia e impotencia de la familia
El impacto alcanza también a las familias. La rabia, la impotencia o la sensación de haber fallado en la protección de una hija suelen aparecer con frecuencia. “Pueden sentir culpa, muchísimo enfado y una sensación de haber puesto en peligro algo muy íntimo como es su propia hija”, explica.
La otra gran pregunta es qué ocurre con los niños que participan en una agresión de estas características. A juicio del psicólogo, el hecho de que se produzca en grupo no es un elemento secundario. Al contrario, puede ser una de las claves para entender lo ocurrido. “Hay chiquillos que en situaciones no grupales no harían este tipo de conducta, pero aquí se han dejado llevar”.
Qué papel desempeñó cada agresor
Cuando varias personas actúan juntas puede aparecer una falsa sensación de reparto de la responsabilidad. “Ya no soy el cien por cien responsable de esto, soy una parte”, resume. La necesidad de pertenecer al grupo, la presión de los iguales o la influencia de determinados liderazgos son factores que deben analizarse para comprender cómo se construyen estas dinámicas.
Por eso considera necesario estudiar qué papel desempeñó cada participante, si existió presión entre compañeros, quién tomó la iniciativa o si hubo algún tipo de planificación previa. Comprender esos mecanismos no busca justificar la agresión, sino identificar los factores que la hicieron posible y evitar que vuelvan a repetirse.
Qué idea tienen estos niños de las mujeres
Entender qué ocurrió aquella tarde obliga también a mirar más allá de los hechos concretos. Para García Serrano, la violencia no aparece de manera espontánea. Como ocurre con otros comportamientos, también se aprende. “Una de las tesis más importantes es el aprendizaje observacional”, explica. Los menores observan, imitan e incorporan conductas a través de lo que ven en casa, en el grupo de iguales, en las redes sociales o en los contenidos que consumen cada día.

La pregunta, por tanto, no es únicamente qué ocurrió, sino también qué mensajes habían recibido previamente esos niños. Qué idea tienen de las mujeres, cómo entienden el consentimiento o qué modelos de relación consideran normales son cuestiones que, a su juicio, deben formar parte del análisis.
Machismo y educación afectivo-sexual
“Uno de los mayores predictores de que se ejerza violencia son las creencias sexistas“, afirma. Para el psicólogo, detrás de muchas agresiones existe la idea de que los hombres tienen determinados derechos sobre las mujeres o pueden situar sus deseos por encima de los límites de otras personas. Son creencias que no surgen de un día para otro, sino que se construyen a través de la socialización.
Por eso considera que la educación afectivo-sexual sigue siendo una de las herramientas más importantes para prevenir este tipo de conductas. Consentimiento, empatía, límites, respeto o gestión emocional son cuestiones que, en su opinión, deben trabajarse desde edades tempranas. “¿Es que vais a entrar a los colegios con niños de primaria? Pues sí, es que con 11 años ya están agrediendo sexualmente”, sostiene.
Qué consumen online y quiénes son sus referentes
A su juicio, muchas veces la sociedad reacciona cuando se produce una agresión, pero llega tarde a la prevención. También considera necesario prestar atención a los referentes que encuentran los menores y a los contenidos que consumen. “Tenemos que intentar mirar eso para cortarlo, eliminar variables de riesgo y aumentar variables de protección”, explica.
“Que no haya responsabilidad penal no significa que no haya responsabilidad ni reparación del daño”
La conversación conduce inevitablemente a otra cuestión: qué ocurre con los niños que han participado en la agresión. Aunque la legislación española no permite exigir responsabilidad penal a los niños menores de 14 años, García Serrano insiste en que eso no significa que los hechos queden sin respuesta. “Que no haya responsabilidad penal no significa que no haya responsabilidad ni reparación del daño”, resume.
Desde su punto de vista, el error consiste en confundir inimputabilidad con impunidad. Considera que estos casos exigen una intervención profunda y especializada. “Lo más importante es que esos niños van a seguir viviendo en nuestra sociedad”, afirma. Por eso defiende la necesidad de actuar cuanto antes para que comprendan la gravedad de lo ocurrido, asuman el daño causado y aprendan nuevas formas de relacionarse.
“Negar lo que ha pasado no es proteger a tu hijo”
Las familias también desempeñan un papel fundamental en ese proceso. Algunas reaccionan desde la incredulidad y el shock; otras optan por negar lo sucedido o minimizarlo. Sin embargo, considera que esa actitud no ayuda a los menores. “Negar lo que ha pasado no es proteger a tu hijo”, asegura.
Al contrario, cree que asumir la gravedad de los hechos y acompañar a los menores en un proceso de aprendizaje y responsabilidad constituye la mejor forma de evitar que conductas similares vuelvan a repetirse. “La mejor opción es ayudarle a entender la gravedad de lo que ha pasado, responsabilizarlo y enseñarle nuevas formas de relacionarse”, concluye.
Porque si algo deja claro el caso de Burgos es que obliga a mirar al mismo tiempo dos realidades. La de una víctima que necesita protección, apoyo y reparación. Y la de unos niños que han protagonizado una conducta extremadamente grave y que requieren una intervención profunda para comprender el daño causado y construir una forma diferente de relacionarse con los demás.
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