Un hombre recibe la comunicación de que tiene que entrar en prisión y decide contarlo en un chat multitudinario de una asociación de hombres que se presentan como víctimas del sistema. Es 11 de septiembre y, según escribe, deberá ingresar antes del 1 de octubre. “Me ha llegado hoy la notificación para entrar en prisión. Tengo 10 días, es mi plazo para liarla bien gorda en España”, anuncia.
Los mensajes continúan. Dice que quiere que lo que ocurra “salga en todos los telediarios”, habla de un “plan A” y asegura que tiene un “plan B” por si el primero no funciona. En otro momento parece despedirse: “Suerte al resto”. Hasta que señala directamente a su expareja: “Voy a devolver el daño que me ha hecho mi ex a mi ex, mis hijos son lo que más quiero”.
No concreta qué pretende hacer ni explica en qué consisten esos planes. Pero sí fija un plazo, habla de protagonizar algo con repercusión pública y dirige hacia su ex el daño que asegura querer devolver.
“No te hagas daño ni a ti ni a tus hijos”
Algunos integrantes del grupo parecen entender la gravedad de lo que están leyendo. Uno intenta tranquilizarlo: “Sobre todo no te hagas daño”. Poco después insiste: “No te hagas daño ni a ti ni a tus hijos”. Otra persona trata de frenarlo apelando a las consecuencias que aquello podría tener para él: “Un hecho así embarrará todo lo que has sufrido”.

Otro participante responde: “Ellas quieren eso, vernos en prisión, la mía lo está intentando también”. La conversación gira alrededor de él: de que no se haga daño, de sus hijos, de las consecuencias que pueda sufrir y hasta de que sus actos no perjudiquen el relato de aquello que asegura haber vivido.
Nadie pregunta por la mujer a la que acaba de señalar.
Una noche sin pegar ojo
Andrea Cabezas sí pensó en ella. En esa expareja de la que no sabía nada y a la que no tenía forma de avisar. La abogada y presidenta de Stop Violencia Vicaria había detectado los mensajes durante el seguimiento de redes que realiza la asociación y aquella noche del viernes ya no consiguió pegar ojo.
No sabía quién era, dónde estaba ni si conocía lo que su ex acababa de escribir. Tampoco podía comprobar por sus propios medios si estaba a salvo. El miedo a que pudiera ocurrir algo y la impotencia de no poder llegar hasta ella la acompañaron durante toda la madrugada.
Cabezas tenía delante los mensajes y varios elementos que aumentaban su preocupación: un ingreso en prisión próximo, una persona a la que el hombre responsabilizaba de su situación y un plazo concreto. “No estábamos ante una manifestación aislada o abstracta, había un hecho desencadenante concreto, una persona a la que culpabilizaba y un plazo temporal determinado“, explica.
Y empezó a llamar. Durante aquella madrugada contactó con la Policía Nacional, el 112 y la Guardia Civil. Las llamadas quedaron grabadas. En la Comisaría de Murcia, la primera respuesta la dejó desconcertada: le dijeron que no podían atenderla ni recogerle la denuncia porque estaban en feria. Cabezas insistió, explicó qué mensajes había leído y por qué le preocupaban. Entonces llegó la segunda respuesta del mismo agente: “Hasta que no se consume no se puede denunciar nada”.
“No estaba pidiendo que detuvieran a nadie porque yo hiciera una llamada. Estaba pidiendo algo mucho más básico, que se comprobara una posible situación de riesgo“, explica. Según relata, el agente hizo esa valoración sin pedirle siquiera los datos que trataba de facilitar. “Y me lo dijo a mí, que soy abogada, haciendo su propia valoración jurídica sin pedirme un solo dato, sin preguntar nada”.
Cuando llamar no funciona
Cabezas siguió buscando otra forma de hacer llegar lo que había encontrado. Si por teléfono no conseguía que le recogieran la denuncia, lo haría por escrito. Envió comunicaciones por las vías que tenía a su alcance y aquella misma madrugada Stop Violencia Vicaria presentó telemáticamente la denuncia ante el Juzgado de Guardia y la Fiscalía.
“El primer filtro del sistema no puede convertirse en un obstáculo”, sostiene.
Después vino la espera. Pasó el sábado. Pasó el domingo. El lunes, lo único que había recibido eran acuses de recibo. Sabía que sus escritos habían llegado, pero no qué había ocurrido después.
Y la pregunta que había provocado toda aquella angustia seguía sin respuesta: “¿Está bien esa mujer? No lo sé”.
“La confianza se tiene que merecer”
Cabezas lleva años trabajando con víctimas y pidiéndoles que denuncien y confíen en las instituciones. Por eso, lo ocurrido golpea también en una parte esencial de su trabajo. “Llevo años diciéndole a otras mujeres que denuncien, que confíen, que el sistema está para protegerlas. Y luego pasa esto, alguien avisa con hora, con nombre, con un plazo concreto, y aun así no se mueve nadie”.
“Eso es lo que rompe la confianza que después intentamos reconstruir las asociaciones, un caso detrás de otro. Porque la confianza no se puede exigir. La confianza se tiene que merecer“.
Cabezas teme que las explicaciones lleguen cuando ya sea demasiado tarde. “No queremos que dentro de dos semanas alguien pregunte qué falló. Ya lo estamos diciendo hoy”.
“No queremos más minutos de silencio. Queremos minutos de reacción. Porque la violencia de género no empieza cuando aparece un cadáver. Y la protección tampoco puede empezar ahí”.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

