Un toro de Osborne preside el paisaje seco de Los Monegros. Bajo su silueta se cruzan fábricas de ropa interior, almacenes de jamones, prostitutas, aspirantes a torero, empresarios y jóvenes que buscan una salida. Bigas Luna reunió en Jamón, jamón los símbolos más reconocibles de una determinada idea de España y los sometió a una exageración grotesca: el sexo se confunde con la comida, el poder económico compra los cuerpos y los hombres compiten por demostrar quién posee el mayor grado de virilidad. En medio de ese universo se encuentra Silvia, una trabajadora embarazada cuyo futuro se decide mediante conversaciones y contratos en los que apenas participa.
Estrenada en 1992 y convertida en la primera entrega de la llamada trilogía ibérica de Bigas Luna, que completarían Huevos de oro y La teta y la luna, la película lanzó las carreras cinematográficas de Penélope Cruz y Javier Bardem. También obtuvo el León de Plata a la mejor dirección en el Festival de Venecia y recibió seis nominaciones a los Goya. Más de tres décadas después, conserva su potencia visual y su capacidad para provocar, pero una revisión con gafas violetas obliga a detenerse en la ambivalencia de su mirada: Bigas Luna ridiculiza el machismo español mientras utiliza el cuerpo femenino como uno de sus principales espectáculos.

Silvia trabaja en la fábrica de calzoncillos Sansón y mantiene una relación con José Luis, el hijo de los propietarios. Cuando le comunica que está embarazada, él le promete matrimonio y le entrega como anillo la anilla de una lata. El gesto resume la precariedad de la promesa: José Luis puede hablar de amor porque da por hecho que su familia acabará resolviendo las consecuencias. Silvia, en cambio, se juega el empleo, la reputación y la posibilidad de criar sola a su hijo.
La reacción de Conchita, madre de José Luis, pone en marcha el argumento. Convencida de que Silvia carece de la posición social adecuada para entrar en la familia, contrata a Raúl, un repartidor de jamones que sueña con ser torero, para que la seduzca. El cuerpo del joven ya ha pasado previamente por otro proceso de selección: Conchita lo escoge como modelo de la fábrica después de observarlo en ropa interior y comprobar el efecto que puede causar. La película establece así un mercado sexual en el que todos miran, desean y comercian, aunque las consecuencias de esas operaciones recaen principalmente sobre Silvia.
José Luis y Raúl encarnan dos formas de masculinidad. El primero pertenece a una burguesía industrial que ha heredado el dinero y la autoridad, pero sigue sometido emocionalmente a sus padres. El segundo exhibe una virilidad física asociada al campo, el jamón, las motos y los toros. Hace publicidad de calzoncillos, sueña con ocupar una plaza y apuesta con sus amigos sobre su capacidad de seducir a una mujer. En ambos casos, Silvia funciona como medida del prestigio masculino: conquistarla, casarse con ella o arrebatársela a otro sirve para confirmar una identidad ante los demás hombres.
Bigas Luna lleva esa rivalidad hasta la parodia. Los músculos de Bardem, su manera de manipular los jamones y su pelea final bajo el toro componen una caricatura del macho ibérico. La violencia aparece como la desembocadura lógica de una educación sentimental basada en la posesión y la competencia. Los hombres dicen actuar por amor, aunque terminan defendiendo su orgullo; incluso el embarazo de Silvia queda desplazado por la disputa sobre quién tiene derecho a quedarse con ella.
La película reserva, sin embargo, una capacidad de deseo propia a sus personajes femeninos. Conchita contrata a Raúl para proteger los intereses familiares y acaba convirtiéndose en su amante. Carmen, la madre de Silvia, regenta un bar que también funciona como prostíbulo y mantiene desde hace años una relación con Manuel, el padre de José Luis. Las dos mujeres adultas comprenden el intercambio entre sexo, dinero y clase porque llevan tiempo participando en él. Conchita dispone del capital necesario para adquirir la atención de Raúl; Carmen ha hecho de su cuerpo una fuente de supervivencia en un entorno que después la desprecia por haberlo hecho.
Esta oposición entre las dos madres contiene una de las lecturas más fértiles de Jamón, jamón. Conchita considera degradante el pasado de Carmen, pero recurre al mismo poder económico para disponer del cuerpo de un joven. Su respetabilidad depende de mantener oculto aquello que, en una mujer pobre, se convierte en estigma. El clasismo y la misoginia trabajan juntos: Silvia resulta inaceptable para la familia debido a su origen, al oficio de su madre y a una sexualidad que solo empieza a juzgarse cuando amenaza el patrimonio de los Sansón.

Silvia posee más determinación que José Luis y una percepción bastante más clara de la realidad, aunque el guion limita su margen de intervención. Otros personajes organizan su seducción, negocian su matrimonio y discuten sobre la paternidad de su hijo. Ella responde, se enfada, desea y modifica sus decisiones, pero permanece en el centro de una trama impulsada por voluntades ajenas. El embarazo, que debería afectar ante todo a su vida, se transforma en un problema de honor masculino y continuidad familiar.
La cámara reproduce en ocasiones esa misma lógica. Penélope Cruz, que era todavía adolescente cuando rodó la película, aparece desnuda o sexualizada con una insistencia muy superior a la aplicada a sus compañeros. Bigas Luna quería mostrar una sociedad obsesionada con la carne, aunque la puesta en escena participa del placer que pretende poner en evidencia. El espectador recibe la invitación de identificar la cosificación y, simultáneamente, de consumir la imagen de la actriz. Esa tensión forma parte de la película y explica por qué ciertas secuencias resultan hoy más incómodas que en el momento del estreno.
La interpretación de Cruz impide que Silvia quede reducida por completo a una fantasía erótica. En su debut cinematográfico ya aparecen la expresividad, el temperamento y la vulnerabilidad que marcarían buena parte de su carrera. Su personaje escucha las promesas masculinas con una mezcla de ilusión y desconfianza, detecta la cobardía de José Luis y descubre en Raúl una seguridad que pronto revela su componente teatral. Frente a dos hombres ocupados en representar su papel, Silvia transmite la urgencia de quien necesita tomar decisiones materiales.
Jamón, jamón retrató una España que acababa de celebrar la modernidad olímpica de 1992 mientras conservaba estructuras familiares, sexuales y económicas mucho más antiguas. Bajo su estética excesiva hay una pregunta sobre el deseo femenino entra en una sociedad acostumbrada a considerar a las mujeres como esposas, amantes, madres o mercancías. La película formuló esa cuestión desde una mirada masculina, provocadora y consciente de sus símbolos, aunque incapaz de desprenderse por completo de los mecanismos que denunciaba.

