Pintor antes que fotógrafo, José Manuel Ballester (Madrid, 1960) es uno de los creadores españoles más reconocidos de las últimas décadas. Premio Nacional de Fotografía en 2010, su obra ha hecho del vacío un lenguaje propio: en su serie más célebre, “Espacios ocultos”, vació de figuras las grandes obras maestras de la historia de la pintura —de la Anunciación de Fra Angélico al Jardín de las delicias del Bosco— para dejar únicamente el escenario, el paisaje, el aire. Artículo14 lo ha entrevistado dentro de la sexta edición del Observatorio de lo Invisible, que se celebra del 20 al 25 de julio en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, donde Ballester dirige un taller de fotografía.
En cinco días de taller, ¿pretende que sus alumnos eduquen la mirada, que aprendan a ver de otra manera?
En cinco días… no es fácil. La pregunta es qué se puede hacer en tan poco tiempo. Yo me conformo con que las conversaciones y las reflexiones que hagamos den su fruto; no de forma inmediata, porque esas cosas no ocurren de la noche a la mañana, pero sí que les sirvan para el futuro. No es poca ambición: conseguir que lo que tratemos estos días sea útil más adelante. Y yo también he venido a aprender; seguro que aprendo de mis alumnos.
Su trabajo investiga mucho la ausencia, lo invisible. ¿Cómo se relaciona la ausencia con la presencia?
Es uno de los temas que tratamos en el taller: entender la realidad a través de lo que no se ve, de los huecos, de los espacios vacíos. Componer la realidad no solo desde lo material y lo visual, sino en contrapunto con el vacío, con la nada, con el aire. He traído incluso algunos libros sobre Feng Shui, porque creo que la cultura oriental ha prestado más atención a esa mirada, y encaja muy bien con el título de esta edición: “Sopló en su nariz aliento de vida”.
¿Encuentra algo en ese vacío o se trata de su mera contemplación?
Dicen que lo que más abunda en el universo es el vacío. Los átomos, si se condensaran, ocuparían un espacio minúsculo comparado con el que hay entre ellos. Ahí radica ya su importancia. Si acerco mi nariz a la tuya y rompo ese hueco, la primera reacción será preguntarse qué pasa: hay algo invisible que interactúa y que es fundamental. Y eso se traslada a la composición artística. La luz y el aire son también personajes de la propia fotografía.
¿La luz es un personaje más?
La luz es como una escultura que modela y da visibilidad a todo lo material, pero cobra valor por su contrario, por lo invisible. Es el yin y el yang, las fuerzas contrapuestas. Hay una idea que me interesa mucho: en Occidente entendemos el blanco y el negro como dos situaciones opuestas y estáticas, mientras que en Oriente el blanco es todo aquello que tiende hacia el negro, y el negro todo aquello que tiende hacia el blanco. Son postulados en constante movimiento. Esa tensión entre el espacio y lo material es la que define el estilo de un artista, de una época, la relación del ser humano con su entorno.
Una alumna suya decía que la mirada de este siglo se queda en la superficie, y que a veces necesitamos el arte para ir más allá. ¿Le ocurre eso al ser humano de hoy?
Cada época tiene una forma de relacionarse con la realidad, y el arte genera un sistema en esa relación. Ese sistema no es estático ni universal: cambia con los tiempos. Y estamos en el umbral de una gran transformación determinada por la revolución digital. La inteligencia artificial nos va a introducir en un ecosistema totalmente nuevo, y el arte se adaptará y jugará en él. La realidad, tal como la conocemos, yo la entiendo como la más perfecta de las ficciones, pero no deja de ser una ficción. La realidad virtual está poniendo en tela de juicio parámetros que estaban consolidados y que ahora se desvanecen. Es un momento de reseteo.
¿Un reseteo en qué sentido?
Todos los pilares que en principio funcionaban dejan de hacerlo, se desmoronan o dejan de ser útiles. Es un momento apasionante y también inquietante.
En ese momento de cambio, ¿qué nuevos vacíos cree que vamos a necesitar buscar?
Para mí, el ser humano tiene dos componentes: uno racional, que nos permite desarrollar el conocimiento y la ciencia, y otro emocional, irracional, espiritual, más intangible, que también forma parte del individuo. Por un lado está el ciudadano, ese ser colectivo que necesita relacionarse y crear normas; por otro, el individuo, que tiene que darse respuestas a sí mismo porque no le valen las de los demás. En esa tensión se generan todos los sistemas. Y lo que hoy está más en peligro es el individuo.
¿Por qué el individuo?
Hemos dado mucho crédito al ciudadano y quizá nos estamos olvidando del carácter más íntimo, más personal. No tienen por qué entrar en conflicto: una sociedad avanzada es la que permite que se desarrollen las dos naturalezas. Si se frustra una de ellas o se prioriza a la otra, hay una mutilación de la condición humana, y eso se traduce en conflictos. El arte manifiesta esas tensiones a lo largo de la historia. Cuando se impone la naturaleza racional aparecen el Renacimiento, el neoclasicismo, las normas; cuando se impone el individuo, aparecen el Romanticismo, el manierismo. Las dos son necesarias, pero es muy difícil que estén equilibradas. Ahora va muy por delante ese pensamiento lógico que nos ha llevado a la inteligencia artificial, y está dejando de lado la otra parte. Sería un error prescindir de ella.

Cuando habla del individuo en peligro, sorprende, porque también se dice que vivimos en una sociedad del ego, del selfie, del mirarse a uno mismo. ¿No es una contradicción?
Esa individualidad, en el momento en que se publica a través de las redes sociales, se está perdiendo, porque se hace con una función cosmética. La gente intenta magnificar su perfil lo más posible, y de ahí tantas historias de falsedad, de maquillar la imagen, y luego la decepción cuando aparece la realidad. Se puede hacer un buen uso o un mal uso. Las redes son, en principio, una ventana para que la individualidad florezca, pero cuando entran los “me gusta” y se empieza a medir la importancia de una persona por el número de “likes”, se cae en la banalización.
¿La verdadera individualidad no cabe entonces en esa ventana?
La verdadera individualidad no se puede transferir: la llevas dentro y la tienes que desarrollar desde dentro. Puedes compartirla en la intimidad, en momentos muy puntuales, con quien decides abrirte. Pero abrirse al mundo de esa manera es falso, es una estrategia, una vanidad de sentirse importante. El individuo que necesita ser reconocido utiliza a veces el mecanismo más contrario a ese objetivo. Cuántas personas han sido víctimas de la propia red en la que han quedado enredadas.
Estamos sentados sobre unas losas de cuatrocientos años, en el Monasterio de El Escorial, en un lugar que quiso recrear el cosmos. ¿Significa algo para usted este espacio?
Este lugar no debería dejar indiferente a nadie. El problema del arte y de la arquitectura es que cada época tiene una forma de entender la realidad, y eso genera un sistema. Cuando se pierde ese sistema, el mensaje se oculta, se desvanece, cuesta más descifrarlo. Son mensajes que necesitan un esfuerzo para recuperarse. Adquieren un sentido histórico, pero quizá han perdido el sentido real, porque nuestra realidad ha cambiado y el espectador ha cambiado. El Escorial no ha cambiado; sin embargo, el visitante sí lo ha hecho en su forma de relacionarse con él.
¿Y qué pretende que hagan sus alumnos con este espacio?
Yo les decía ayer que el fotógrafo no reproduce el mundo, intenta representarse a sí mismo. Las fotos que tome son un pretexto para retratarse. Los fotógrafos con mucho carácter y oficio consiguen distinguirse del resto, pero todo el que coge una cámara tiene derecho a esa búsqueda. Lo más importante es que es una oportunidad de entender el mundo y de posicionarte en él. Cada uno tiene una mirada distinta. Les he dicho que este taller es como un encargo: hay que fotografiar El Escorial. A algunos el encargo les supondrá un fastidio y a otros les apasionará. La actitud de cada uno ante ese dilema es lo interesante, y tener dieciséis puntos de vista distintos puede ser muy instructivo para todos, incluso para mí, que soy el primero que ha venido a aprender.
En el Observatorio se explora la creación artística como una vía para ir más allá del individuo, hacia lo trascendente. ¿Lo vive usted así?
La trascendencia se desarrolla por la parte irracional de nuestra condición: ahí entran la espiritualidad, la religión. Y también está en transformación, aquí no se libra nadie. Este reseteo nos obliga a replantearlo todo, en todos los ámbitos de la condición humana. La espiritualidad y las religiones también tienen trabajo por delante: cada una tiene que enfocar, desde su posición, las mismas preguntas de siempre. Cuando hay un cambio de sistema afloran otra vez: el origen, el destino, de dónde venimos, a dónde vamos, quiénes somos, si nuestra vida trascenderá a la muerte.

¿Y usted qué responde a esas preguntas?
No tengo conocimiento ni fundamento para demostrar que existe otra vida, pero tampoco lo contrario. Y como no se me ha dado esa facultad, no me voy a condenar a sufrir por algo que no comprendo. Intento comprender, y por supuesto respeto y estoy muy atento a otros puntos de vista. Pero lo intangible, lo emocional, es lo que está más abierto ahora, porque la tecnología ya nos da muchas pistas de hacia dónde nos lleva.
¿A qué se refiere?
Al hecho de que el ser humano haya sido capaz, por primera vez, de crear algo superior a sí mismo. Eso rompe todas las dinámicas. La idea de un Dios creador siempre se entiende como algo en lo que lo creado es inferior a su creador. Y ahora se está produciendo el fenómeno contrario: el ser humano ha creado una estructura que demuestra que puede ser superior a su propia naturaleza. Es muy inquietante. Quizá sea la pregunta más novedosa que se puede hacer hoy: si el creador siempre es superior a lo creado, y la inteligencia artificial, creada por el hombre, puede llegar a ser superior al hombre, ¿qué pasa ahí? Esa idea se desmorona.
Pero la inteligencia artificial no puede hacer arte, ni hacerse preguntas.
Sí puede. Puede hacer arte, puede simular. Hay una diferencia que todavía se mantiene: la inteligencia artificial no tiene voluntad propia. Puede generar emociones, sentimientos y relaciones porque las aprende, puede simularlas, pero la duda es si puede sentirlas, si esa emoción surge de dentro. Puede simular el dolor o el miedo a la muerte porque usa nuestro conocimiento, nuestra base de datos, pero no sabemos si lo siente. Ahí está el matiz: la voluntad propia.
Ya al pasar del analógico a lo digital se pierde cierta atmósfera, textura, aire. ¿Qué está cambiando la inteligencia artificial y cuál es el papel del fotógrafo?
La primera sensación que me da, como espectador y como parte del mundo en que vivimos, es que la inteligencia artificial crea adicción. Es de naturaleza adictiva, porque te da muchas respuestas: tienes una plataforma de conocimiento como nunca se había tenido, con grandes desarrollos de investigación en medicina, en biología, en cualquier materia, en un aparato que llevas en el bolsillo. Eso es muy fuerte. La cuestión es cómo gestionar ese poder.
¿Ese conocimiento es realmente conocimiento?
Habría que preguntarse qué es el conocimiento real. ¿Es el que aprendes fruto de tu propia experiencia, o el que tomas de los libros y de las experiencias de otros? Apropiarte del conocimiento ajeno es una acumulación de saber, pero yo creo que el conocimiento más auténtico es el que has experimentado por tu propio esfuerzo y por tu voluntad de buscar algo en un momento determinado. Como artista, el conocimiento está en tu propia experiencia. Puedes leerte todos los libros sobre Velázquez y, en el mejor de los casos, serás una sombra de Velázquez. Pero el sentido es ser tú. Velázquez fue Velázquez, hizo su recorrido y tuvo la capacidad de trascender y de ser cronista de su época. Eso es lo que se le pide a un artista: ser un buen cronista de su tiempo, retratar el mundo en el que vive y a los personajes que lo habitan.

¿Tiene sentido entonces copiar, apropiarse de otros lenguajes?
Hoy la copia está mal vista, pero tenía mucho sentido. Se entiende al artista como algo genial que surge de la nada, sin referencias al pasado, y no es así. Rubens vino a Madrid a copiar a Tiziano y no dejó de ser Rubens. ¿De qué le sirvió copiar a un maestro del pasado? Fue una lección de pintura, pero el objetivo no era pintar como Tiziano: era ser él mismo. Necesitó en un momento acercarse al mundo de Tiziano, pero eso era el principio, un catalizador, no el final. El aprendizaje de otros puede ser muy útil, siempre que sea el punto de partida para avanzar con tus propias herramientas.
¿El arte necesita mostrarse para existir?
El arte es un mecanismo de expresión, de comunicación, y existe cuando se presenta, cuando se expone. Si lo metes en un almacén, deja de existir. Si cerraras El Escorial con una valla durante trescientos años, El Escorial no existiría como tal, porque necesita de su presencia para manifestarse, para que quien pase por aquí pueda sentir algo: unos su historia, otros una proporción que les llama la atención sin saber explicarla, otros rechazo. Cada uno reaccionará de forma distinta, y eso es lo más importante.
¿Cómo surgió la idea de vaciar de figuras las grandes obras maestras?
Siempre me interesaron los espacios vacíos, los lugares donde la gente trabaja y aparece a través de sus huellas. Un día decidí trasladar esos espacios vacíos al repertorio clásico. Empecé con la Anunciación de Fra Angélico y con el Jardín de las delicias del Bosco, dos obras que considero fundamentales. La Anunciación no solo anunciaba un tema religioso, sino la llegada de un nuevo mundo, el Renacimiento, una nueva forma de entender la realidad. Y el Jardín de las delicias era un cuadro de transición entre la Edad Media que quedaba atrás y ese mundo revolucionario y humanista. A partir de ahí elegí un repertorio que recorre la historia del arte —mi recorrido— con obras reconocibles y universales, emblemas de los grandes temas del hombre: el religioso, el social, el metafísico, el mitológico. Temas que se manifiestan en estilos y épocas distintas, pero que son constantes.

Si tuviera que elegir una obra contemporánea que hable de este cambio, ¿cuál sería?
El tiburón de Damien Hirst. Me encanta. Cuando quitas el tiburón, ¿qué queda? Es la única obra donde lo que queda es el vacío: una vitrina que visualiza un espacio de aire, y dentro no hay nada. A lo largo de la historia el arte siempre necesita un trasfondo, un fondo, un paisaje: quitas la Anunciación y aparece un templete; quitas la Última Cena y aparece una naturaleza muerta. Siempre hay algo. Con Hirst, que representa muy bien el siglo XX, aparece la descontextualización, sacar el objeto de su fondo. Nuestro escenario es la nada. Aunque yo creo que ese discurso ya está superado: representó un momento importante, dijo lo que tenía que decir, pero ya es pasado.
Esa obra de Hirst se llama La imposibilidad física de la muerte en la mente de algo vivo…
La necesidad de trascender a la muerte es otro de los grandes temas universales que preocupan al hombre. El arte libra esa lucha: los artistas lanzan un mensaje al futuro, con la capacidad de sobrevivir a su propia naturaleza. Cuántos arquitectos hicieron catedrales sin llegar a verlas culminadas. Era una proyección, la ilusión de trascender el tiempo, de perdurar; no físicamente, sino intelectual o mentalmente. Forma parte de nuestra condición irracional, y por eso no la entiendo del todo. Soy capaz de sentir esas emociones, que me obligan a tomar decisiones, pero eso no significa que las gobierne o las domine.
¿Somos dueños de nuestras acciones?
Hay algo que se me escapa, del azar o de las circunstancias. Como decía John Lennon: la vida es lo que sucede mientras te empeñas en hacer lo que quieres. Una cosa es el deseo y otra la realidad. Puedes cegarte, pero tienes que estar atento a las dos dimensiones: la de tus deseos y emociones, y la de la realidad que se te impone y que muchas veces tienes que aceptar. Como la muerte, que no puedes evitar. El camino más lógico es aceptarla. La religión da fórmulas para ello, la ciencia da otras.
¿Y el arte?
El arte, por supuesto, tiene ese potencial. Por eso existe, y dejará de existir cuando deje de ser necesario. El arte tiene muchas capas, muchos niveles, y depende de hasta dónde quieras llegar. Ahora hay una tendencia a quedarse en la superficie, porque es muy atractiva y más cómoda, no te obliga a sumergirte. Pero llegará un momento en que nos cansemos de tanta vanidad y superficialidad, en que no nos resulte suficiente y queramos más. Las cosas cambian. Es lo del blanco y el negro: contrarios cuya naturaleza está interrelacionada, en constante movimiento.
¿Y la felicidad, la estabilidad, dónde están?
Decían los griegos que el peor castigo que se le puede dar a un ser humano es que se cumplan sus deseos. Cuando cumples un deseo, aquello que has deseado durante tanto tiempo pierde su valor. Sin embargo, mientras estás en el acto de buscarlo, estás totalmente involucrado. Ahí está.

