En diciembre de 1989, Chile comenzaba a dejar atrás una dictadura que había condicionado durante diecisiete años la vida pública, las relaciones familiares y hasta las conversaciones mantenidas en voz baja. Augusto Pinochet seguía ocupando el poder, pero el país avanzaba hacia una transición democrática marcada por el miedo, las heridas abiertas y la incertidumbre. En ese momento histórico comienza Dónde puedo dejarlo, la nueva novela de la escritora chilena Alejandra Costamagna.
Publicada por Anagrama el 8 de abril de 2026, Dónde puedo dejarlo ha recibido una atención limitada en la prensa española pese a reunir algunos de los asuntos más poderosos de la narrativa latinoamericana contemporánea: la amistad, la militancia política, la clandestinidad, la desaparición y la forma en que los recuerdos transforman aquello que ya no podemos recuperar.
La novela no reconstruye la dictadura de Pinochet desde los grandes discursos políticos ni desde los principales episodios históricos. Costamagna dirige la mirada hacia un espacio mucho más pequeño y vulnerable: el vacío que deja una amiga cuando desaparece sin explicar completamente adónde va.
Una despedida que ninguna de las dos comprende de la misma manera
Las protagonistas de Dónde puedo dejarlo son Mara y Manuela, dos jóvenes que acaban de cumplir dieciocho años. La historia comienza con cinco palabras anotadas en un cuaderno: «Me muero si no llegas». Mara ha citado a su amiga, pero lo que Manu todavía ignora es que aquel encuentro no será una reunión cualquiera. Será una despedida.
Mara necesita huir. Su relación con una organización clandestina vinculada a la lucha política la obliga a abandonar la vida que había mantenido hasta ese momento. Manu, en cambio, permanece en Santiago sin comprender del todo qué ha ocurrido, tratando de reconstruir con fragmentos, cartas y recuerdos la existencia de una persona que se ha convertido repentinamente en una ausencia.
No estamos exactamente ante una desaparición forzada ejecutada por los aparatos represivos de la dictadura. La joven entra en la clandestinidad y rompe con su identidad anterior para protegerse. Sin embargo, para quien se queda esperando, la diferencia puede resultar casi irrelevante. Mara desaparece de la vida cotidiana de Manu y deja detrás un espacio que ninguna explicación consigue llenar.
Ese vacío es el verdadero territorio de la novela. Manu continúa viviendo, trabaja en una agencia de noticias y atraviesa los primeros años de la democracia chilena, pero la historia de su amiga sigue instalada en su memoria. Ante la imposibilidad de conocer la verdad completa, comienza a imaginarla.
La memoria como una forma de inventar a quien ya no está

Dónde puedo dejarlo plantea una pregunta incómoda: cuánto de lo que recordamos ocurrió realmente y cuánto ha sido transformado por el tiempo. Manu no conserva una imagen estable de Mara. Cada recuerdo abre una versión diferente y cada silencio permite construir una vida posible para su amiga.
La propia estructura del libro reproduce ese proceso. Alejandra Costamagna rompe la linealidad temporal, recurre a la segunda persona e introduce anotaciones, definiciones y pequeños documentos. El pasado y el presente se mezclan porque la memoria tampoco respeta un orden cronológico. Un objeto, una frase o una dirección pueden devolver de golpe aquello que parecía olvidado.
La novela se mueve así entre la realidad, la imaginación y la ensoñación, aunque no encaja exactamente en los códigos tradicionales del realismo mágico. Lo fantástico no aparece como una ruptura abierta de las leyes del mundo, sino como una prolongación del recuerdo. Cuando faltan respuestas, la mente completa los espacios vacíos.
En ese sentido, Dónde puedo dejarlo no utiliza la dictadura únicamente como escenario histórico. Costamagna muestra cómo los regímenes autoritarios continúan presentes después de su final oficial. La democracia puede recuperar las instituciones, pero no elimina inmediatamente el miedo, las pérdidas ni las identidades construidas para sobrevivir.
Una autora fundamental de la literatura chilena contemporánea
Alejandra Costamagna no es una autora desconocida. Nacida en Santiago de Chile en 1970, es escritora, periodista y doctora en Literatura. Su trayectoria incluye novelas como En voz baja, Ciudadano en retiro, Cansado ya del sol y Dile que no estoy, además de varios libros de relatos.
Su reconocimiento internacional creció especialmente con El sistema del tacto, finalista del Premio Herralde de Novela en 2018. En aquella obra ya aparecían algunos de los elementos que definen su escritura: las identidades inestables, los vínculos familiares, el desarraigo y la tensión constante entre memoria e imaginación.
Su nueva novela fue incluida por Babelia entre los libros esperados de abril y ha recibido atención crítica en la edición chilena de El País. También ha contado con presentaciones y entrevistas en Chile. Sin embargo, su presencia en el debate cultural español ha sido mucho menor que la de otros grandes lanzamientos editoriales de la temporada.
Eso no significa que Anagrama haya publicado el libro en silencio. La editorial lo ha incorporado a su colección Narrativas Hispánicas, ha difundido adelantos y ha presentado la obra dentro de su programación. Lo que llama la atención es la escasa conversación crítica generada en España alrededor de una novela respaldada por una autora consolidada.
La Historia observada desde sus consecuencias más íntimas
Dónde puedo dejarlo no busca ofrecer una explicación general sobre la dictadura chilena ni reconstruir minuciosamente la transición. Su ambición está en otro lugar. La novela examina las pequeñas fracturas que deja la Historia cuando atraviesa la vida de dos personas.
El resultado es una obra breve de 184 páginas en la que la amistad funciona como una forma de resistencia frente al olvido. Manu intenta conservar a Mara, aunque para hacerlo tenga que deformarla, imaginarla o convertirla en distintas mujeres posibles.
Costamagna recuerda así que las grandes transformaciones políticas también se miden por las amistades interrumpidas, las cartas que dejan de llegar y las preguntas que nadie puede responder. Mientras Chile avanza hacia la democracia, Manu permanece detenida ante una despedida que nunca terminó de comprender.
Tal vez por eso el título de la novela adquiere un significado cada vez más profundo. Dónde puedo dejarlo no pregunta únicamente dónde depositar un objeto o un recuerdo. Pregunta qué hacemos con aquello que continúa acompañándonos, aunque ya no tenga un lugar claro en nuestra vida.

