Reino Unido

Las dos mujeres que pusieron a bailar Londres: 60 años del Notting Hill Carnival

Con la celebración de su jubileo de diamante, el festival callejero más grande de Europa homenajea los legados paralelos de Claudia Jones y Rhaune Laslett, que transformaron una comunidad herida por la violencia racista en un faro global de resistencia cultural

Fotografía de una edición pasada del Notting Hill Carnival.
Fotografía de una edición pasada del Notting Hill Carnival.
Instagram: @nhcarnivalldn

Este fin de semana, más de dos millones de personas inundarán el oeste de Londres en un vertiginoso caleidoscopio de color, steelpan y bajos atronadores. En su jubileo de diamante, el Notting Hill Carnival 2026 se alza como el mayor evento cultural callejero de Europa y una de las mayores celebraciones de este tipo en el mundo, con un impacto estimado de 400 millones de libras sobre la economía londinense.

Sin embargo, tras estas cifras espectaculares se esconde una historia mucho más profunda. El carnaval nació de un grito colectivo de supervivencia y unidad en un Londres de posguerra fracturado por la violencia racista, la discriminación en el acceso a la vivienda y la exclusión política. Para comprender su alma hay que mirar a los legados paralelos de Claudia Jones y Rhaune Laslett.

Aunque las narrativas populares suelen simplificar sus orígenes, la realidad es mucho más rica y entrelazada. Claudia Jones, activista política y periodista nacida en Trinidad, sembró las semillas de la tradición carnavalesca británico-caribeña con una celebración bajo techo en 1959. Siete años después, Rhaune Laslett, trabajadora social nacida en el East End, impulsó en 1966 la fiesta callejera al aire libre que acabaría evolucionando hasta convertirse en la enorme institución urbana que conocemos hoy. Juntas, sus historias trazan el camino de una comunidad inmigrante que tomó los ladrillos del odio racial y construyó con ellos un monumento a la liberación cultural.

Para rastrear las raíces de esta celebración hay que volver al oeste de Londres de finales de los años cincuenta, cuando Notting Hill se convirtió en hogar de numerosos inmigrantes caribeños que habían llegado para ayudar a reconstruir el Reino Unido de posguerra. La «madre patria», sin embargo, los recibió con hostilidad.

Los recién llegados de las Indias Occidentales se enfrentaron a graves discriminaciones en el acceso a la vivienda y fueron confinados con frecuencia en propiedades hacinadas gestionadas por caseros explotadores, mientras a muchos se les negaban alojamientos y servicios únicamente por el color de su piel. A ello se sumaba la actividad de grupos de extrema derecha vinculados al entorno de Oswald Mosley, que operaban abiertamente en la zona y hostigaban a los residentes negros.

La tensión desembocó en los violentos disturbios racistas de agosto de 1958. Fue en aquel clima de miedo, indignación y división donde comenzó a forjarse la respuesta cultural de la activista Claudia Jones.

Claudia Jones, secretary of the Women's Commission of the National Communist Party, is pictured in New York City, Jan. 22, 1948. (AP Photo/Anthony Camerano)
Claudia Jones, fotografiada en Nueva York en 1948, antes de su llegada al Reino Unido.
Anthony Camerano / AP / Wikimedia Commons, dominio público

Nacida en Trinidad en 1915, Jones se había convertido en una destacada dirigente comunista y feminista en Estados Unidos antes de ser deportada al Reino Unido en 1955. No tardó en implicarse en la organización comunitaria y, en marzo de 1958, fundó The West Indian Gazette and Afro-Asian Caribbean News (WIG), uno de los primeros grandes periódicos negros del país.

Después de los disturbios de 1958, Jones buscó una forma de ayudar a sanar a una comunidad golpeada por la violencia. En una frase que se haría célebre, quería «quitarse de la boca el sabor de los disturbios de Notting Hill». Su respuesta fue organizar el primer Caribbean Carnival de Londres, celebrado el 30 de enero de 1959 en el ayuntamiento de St Pancras.

Patrocinada por The West Indian Gazette y retransmitida por la BBC, aquella celebración bajo techo reunió steelpan, calipso y bailarines procedentes de las Indias Occidentales. Parte de la recaudación obtenida por la venta del programa del Carnaval se destinó a ayudar a pagar las multas derivadas de los disturbios de Notting Hill. Jones continuó organizando estas celebraciones hasta su muerte en 1964 y estableció así un precedente decisivo para la afirmación pública de la cultura caribeña en la capital británica.

Apenas cuatro meses después de aquella primera celebración, el 17 de mayo de 1959, el carpintero antiguano Kelso Cochrane fue asesinado mientras regresaba a casa en Notting Hill. Aunque la policía sostuvo entonces que podía tratarse de un intento de robo, el crimen fue ampliamente entendido por la comunidad como un asesinato racista y hoy es descrito así por instituciones como The National Archives y London Museum. Nunca llegó a resolverse. Su muerte profundizó todavía más la movilización antirracista del barrio.

Si Claudia Jones plantó las semillas bajo techo, la chispa que llevó el Carnaval a las calles correspondió a Rhaune Laslett.

Laslett, trabajadora social de ascendencia rusa y nativoamericana, quería organizar un festival callejero multicultural capaz de unir al heterogéneo vecindario obrero de Notting Hill. En septiembre de 1966, en colaboración con la London Free School, cofundada junto al activista John «Hoppy» Hopkins, impulsó la primera Notting Hill Fayre.

Una decisión resultaría especialmente importante: Laslett invitó al pionero trinitense del steelpan Russell Henderson a actuar con su banda. Henderson y sus compañeros se colgaron los tambores de acero al cuello y comenzaron espontáneamente a recorrer Portobello Road.

Placa conmemorativa a Rhaune Laslett en Londres.
Spudgun67 / Wikimedia Commons

El ritmo hizo salir a los vecinos de sus casas. La gente empezó a seguir a los músicos y aquella multitud heterogénea terminó convertida en una procesión improvisada. «El Carnaval comenzó con Mrs. Laslett», recordaría más tarde Henderson, consolidando su papel como la figura que ayudó a reclamar la vía pública para la celebración.

A comienzos de los años setenta, sin embargo, el festival atravesó un momento delicado. Rhaune Laslett se retiró en 1970 y distintas iniciativas comunitarias mantuvieron viva la celebración durante los años siguientes. Cuando Leslie «Teacher» Palmer asumió la dirección en 1973, entendió que el Carnaval debía ampliar su representación más allá de sus raíces trinitenses y conectar también con una generación negra británica cuya banda sonora estaba cada vez más marcada por el reggae y el dub.

Bajo su dirección, hasta 1975, transformó el modelo del evento al introducir sistemas de sonido estáticos, generadores y una mayor representación de las distintas islas y tradiciones del Caribe. Al combinar la mascarada tradicional con la fuerza de la cultura juvenil del reggae, ayudó a multiplicar la asistencia y estableció buena parte de la estructura que todavía define el Carnaval.

Seis décadas después, el Notting Hill Carnival sigue articulándose alrededor de varios pilares culturales: la mascarada —el mas—, el steelpan, los sistemas de sonido, el calipso y el soca. Cada uno de ellos exige meses de preparación.

Las bandas de mas trabajan durante buena parte del año en espectaculares disfraces que pueden alcanzar varios metros de altura. El concurso de steelpan, que comienza el sábado con el Panorama nacional, continúa siendo una de las grandes demostraciones de virtuosismo musical del fin de semana. Mientras tanto, los sistemas de sonido estáticos convierten las calles del oeste de Londres en una inmensa pista de baile al aire libre donde los bajos se sienten físicamente entre cientos de miles de cuerpos.

En su jubileo de diamante, el enorme tamaño del festival plantea también importantes desafíos económicos y organizativos. Aunque el Carnaval genera alrededor de 400 millones de libras anuales para la economía londinense, las organizaciones comunitarias, los patios de steelpan y las bandas de mas que sostienen la celebración han sufrido históricamente problemas de financiación.

Una comparsa participa en el Notting Hill Carnival de 2016.
Kalexander2010 / Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.0

Para tratar de corregir esta contradicción, Notting Hill Carnival Ltd ha impulsado un proyecto de investigación junto al Institute for Innovation and Public Purpose de University College London, dirigido por Mariana Mazzucato, y la organización sin ánimo de lucro Emelda CIC, vinculada al artista Alvaro Barrington. El objetivo es estudiar cómo proteger el futuro del Carnaval y conseguir que una parte mayor del enorme valor económico que genera revierta en las comunidades y trabajadores que lo hacen posible.

En 2026, la organización ha recibido además una ayuda de 4,66 millones de libras del alcalde de Londres, destinada, entre otras cuestiones, a mejorar el control de multitudes y reforzar la seguridad comunitaria.

Pero bajo su escala gigantesca, el Carnaval conserva también su función como espacio de solidaridad, memoria y duelo colectivo. La sombra de la tragedia de la Grenfell Tower continúa presente. Desde 2018, en cada edición presencial del Carnaval, a las 15:00 del domingo y del lunes se guardan 72 segundos de silencio, uno por cada una de las vidas perdidas en el incendio de Grenfell Tower en junio de 2017.

El silencio en mitad de una de las fiestas más ruidosas del planeta funciona como un recordatorio poderoso: bajo el ritmo, el color y el espectáculo, el Carnaval sigue siendo, ante todo, una comunidad cuidando de los suyos.

Sesenta años después de la fiesta callejera impulsada por Rhaune Laslett y casi siete décadas después de la celebración organizada por Claudia Jones en St Pancras, el Notting Hill Carnival ha superado con creces la escala que cualquiera de ellas pudo imaginar.

Aun así, mientras la organización mira hacia el futuro, permanece firmemente anclada en aquella misión original. Como ha señalado su director ejecutivo, Matthew Phillip, «el Carnaval no comenzó como un espectáculo. Era una necesidad de la comunidad. Servía para unir a quienes estaban divididos».

El Notting Hill Carnival puede ser hoy una institución global, un poderoso motor económico y una de las imágenes más reconocibles de Londres. Pero debajo de los disfraces, las carrozas y los bajos continúa latiendo la misma idea con la que comenzó: ocupar juntos un espacio del que alguna vez se intentó expulsar a toda una comunidad y convertirlo, durante unos días, en un lugar que le pertenezca por completo.

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