El relieve es una técnica fronteriza, a medio camino entre las dos y las tres dimensiones, que ha acompañado a la arquitectura a lo largo de toda la historia del arte. Matilde Olivera, escultora y pintora formada en la tradición académica, dirige este año el taller de relieve en la sexta edición del Observatorio de lo Invisible, la escuela de arte y espiritualidad de la Fundación Vía del Arte que se celebra del 20 al 25 de julio en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. En esta conversación —su primera vez en el Observatorio— habla del barro como material y como símbolo, de la técnica frente a la novedad por la novedad, del arte sacro contemporáneo y de esa belleza de lo cotidiano que, sostiene, hemos ido perdiendo.
Para empezar, ¿qué es el relieve?
Es una técnica escultórica que está a caballo entre las dos y las tres dimensiones. Finge una tridimensionalidad que en realidad es casi un truco: con muy poco volumen consigues sugerir todo un espacio. Según lo aplastado que esté ese volumen, se habla de bajorrelieve, medio relieve o altorrelieve. Este año había propuesto trabajar el relieve, y la mayoría de los alumnos están haciendo bajorrelieve. Es una técnica que permite adaptarse a la arquitectura; por eso ha estado siempre presente en la historia del arte, en frontones, en capiteles, en frisos. Y tiene una ventaja sobre la escultura exenta: al partir de un plano de fondo, te permite incluir el entorno en el que están las figuras, las arquitecturas, los espacios donde se encuentran.

Usted también es pintora. ¿Qué le atrae especialmente del relieve?
Es bonito precisamente por esa ambigüedad. Estás modelando, haciendo un trabajo escultórico, pero sigues muy anclada en las dos dimensiones. Es como si un pintor pudiera darle vida al cuadro, sacarle volumen. Y tiene, además, una ventaja logística: una escultura necesita una estructura muy potente para sostenerse, mientras que un bajorrelieve apenas requiere nada. Todo el trabajo de preparación es más sencillo, y eso a veces se agradece.
Trabajan con barro, un material con mucha simbología.
El lema de este año del Observatorio, “Sopló en su nariz aliento de vida”, nos pertenece a los que trabajamos con barro: esa frase es nuestra. El barro tiene algo muy bueno, y es que vas dejando marcas. Modelar es una actividad en la que añades material, al contrario que la talla de la piedra o la madera, donde vas quitando. Muchos alumnos, al construir esa plancha de fondo desde la que se desarrolla todo, han dejado una textura más tosca o más expresiva. Otros la quieren finísima. Y a veces surgen cosas que no has provocado tú: un gesto del barro te sugiere algo que no habías pensado, y lo robas.
Entonces no solo manipulan el barro, dialogan con él.
Exacto. Y normalmente las ideas del barro son mejores que las tuyas. Yo puedo proponerme copiar un bodegón exactamente igual, con toda la precisión, pero a lo mejor hay algo que surge de la propia gestualidad del material que expresa mucho mejor la esencia de lo que quieres representar que si me hubiera esforzado muchísimo en reproducir la superficie con exactitud. El proceso a veces desvela más que la intención. Y hay que estar atento a eso.
En un taller que se llama Observatorio de lo Invisible, ¿qué papel juega aprender a observar el propio material?
Es fundamental. No es lo mismo copiar algo tal cual que estar atento a lo que el material te va diciendo. Ese gesto del barro puede llegar a expresar la esencia de la realidad que buscas mejor que cualquier reproducción minuciosa. Por eso el proceso importa tanto: a veces el resultado es mejor que si lo hubieras planificado todo de antemano.

“Somos muy serios en la vida”
¿Qué le da a usted trabajar con la materia, y no solo con la imagen, en un mundo cada vez más digital?
Para mí tiene una importancia enorme; no soy capaz de no trabajar con las manos. Tocar el material, sentir lo que expresa por sí mismo, forma parte de eso invisible de lo que estamos hablando. El propio material tiene una nobleza. Puedes ver la huella de Dios en el barro —el barro es muy simbólico—, pero también en un trozo de piedra. Esa belleza del material en sí ya aporta otra dimensión. Es la diferencia entre tener una conversación en persona y tenerla por videollamada: no tiene nada que ver.
Habló, el día de la presentación, de “volver al parvulario”.
Sí, porque el barro te permite hacer lo que quieras: corregir, equivocarte, probar. Es muy inmediato, muy libre. Para quien quiere pensar en tres dimensiones, el barro es el equivalente al lápiz y el papel: coges una bola y enseguida ves lo que estás pensando. Es rápido, y también es divertido. ¿Quién no tiene un buen recuerdo de jugar con plastilina a los cuatro años? Tiene una parte lúdica que se agradece, porque somos muy serios en la vida, y esto es muy divertido.
Tradición y presente
Se ha formado en la tradición académica. ¿Cómo dialoga esa tradición con la creación de hoy?
Cuando se habla de tradición, yo distingo dos cosas. Por un lado está la técnica, a la que doy muchísima importancia. Es como la lengua: si quieres escribir poesía en chino, primero tienes que saber chino. Necesitas conocer las herramientas para poder expresar lo que quieres. Esa técnica se ha denostado mucho, se ha menospreciado, se ha pensado que estaba superada, y no hay que tirarla. Se puede seguir haciendo arte con cosas que no son necesariamente nuevas, pero que son únicas porque las haces tú, que no has existido antes. Y, al mismo tiempo, hay que ser hijo del propio tiempo. No hay incompatibilidad: yo aprendo de toda la genialidad que me ha precedido, sé dónde están ellos y dónde estoy yo, pero la técnica que aprendo la utilizo para expresar hoy. Copiar el estilo del pasado no tendría sentido.

¿Y en el plano espiritual?
Ahí la entiendo de forma muy parecida a la Tradición con mayúscula. Cuando hago arte sacro, me considero un eslabón de una cadena, igual que el depósito de la fe se va pasando de generación en generación. Existe toda una tradición iconográfica, siglos de representación de los misterios de la fe, de los pasajes bíblicos, de las vidas de los santos. Es como un almacén del que vas sacando cosas. Y es un lenguaje que todos comprendemos: si te vas a China o a Japón y entras en una iglesia católica, es como entrar en tu casa, reconoces a tu familia. Por eso, si quiero representar a un santo, uso la simbología del color, la palma del martirio, y todos lo reconocemos. Eso no hay que tirarlo por la borda.
¿Cree que el arte sacro contemporáneo todavía tiene que encontrar su lenguaje?
Creo que ha habido mucha confusión y mucho complejo. Nos hemos dejado contagiar por el arte conceptual, por todo lo que ha pasado a partir del siglo XX, que para mi gusto parte de premisas filosóficas que contradicen la búsqueda de la verdad y de la belleza. Ha habido ese complejo de decir “en la Iglesia queremos estar en la vanguardia”, pero la vanguardia va por unos derroteros que contradicen aquello que uno viene a decir; a lo mejor no es el lenguaje adecuado. Empezamos a darnos cuenta de que romper con la tradición e innovar por innovar, la novedad por la novedad, no lleva a ninguna parte.
¿No hay entonces margen para renovar?
Sí que hay que renovar, claro; ahí hay una tensión. Si miras la historia del arte, una iglesia románica y una barroca no se parecen, son distintas, pero mantienen una continuidad. Se pueden crear lenguajes del tiempo presente sin romper esa continuidad. A mí me gusta la abstracción, pero hasta cierto punto: necesito reconocer también un nivel catequético. No hay que olvidar que una de las funciones principales del arte cristiano ha sido siempre la catequesis. Me lo contaba un sacerdote muy partidario de innovar en las iglesias: un día llevó a un grupo de catequesis a una iglesia antigua y los niños empezaron a hacer preguntas sin parar —quién es este, por qué lleva eso, qué está pasando—. Todo aquel despliegue figurativo suscitaba preguntas utilísimas para la catequesis. Y ahí cambió de idea. Tiene que haber un mínimo de figuración que te permita reconocer lo que estás viendo para poder contarlo y explicarlo.

La belleza de lo cotidiano
Un relieve se hace para colgarlo en un sitio. ¿Cómo influye en el espacio físico y en el comunitario, frente a una imagen digital que muchas veces no habita ningún lugar?
El relieve dialoga con la arquitectura; de hecho, su función suele ser formar parte de ella. Un capitel, una columna, tienen una función estructural, y a ese elemento arquitectónico se le añade el elemento decorativo, que es otra cosa muy menospreciada: la decoración. Todos tenemos la experiencia de colocar un jarrón de flores en el centro de una mesa, o de preparar la mesa de Navidad y decir “esto lo pongo un poquito más así”. Hay un sentido de la belleza de lo cotidiano. El relieve tiene ese punto: metes unas hojitas talladas en una puerta y de repente piensas “qué puerta tan bonita tengo en casa”. Y esa belleza de lo que vives cada día es lo que te da la sensación de estar en casa, a gusto, tranquila. Las casas vacías, con paredes blancas y planos perfectos, me parecen contradictorias con lo que somos como personas.
Dice que hemos perdido ese cariño.
Antes las cosas se hacían con mucho cariño. Entras en una casa antigua y cualquier detalle tiene una florecita tallada. Piense en las farolas: una farola de hoy es un palo con una bombilla; una farola del siglo XIX, como las que hay al pasear junto al Sena o en la Plaza Mayor de Madrid, era toda una elaboración de hierro forjado, con hojas y volutas. Y esas farolas perduran. Las de ahora se sustituyen por otras “más eficientes”, pero las de hace cien años siguen ahí, y las adoramos. Eso lo hemos perdido, y no deberíamos.
Última pregunta sobre el oficio: ¿qué es lo invisible que usted hace visible con el relieve?
Depende del tema. Si hago un relieve de mi abuela, lo que trato de hacer visible es su personalidad, cómo era, cómo la quería, cómo me quería ella. Cada uno escoge un tema porque le importa de alguna manera. El relieve, específicamente, trata de hacer presente eso que es invisible: el cariño, la personalidad de alguien que ya no está.
Le hacemos una pregunta que estamos planteando a todos. Tres cosas invisibles.
La fe. El amor. Una pena.
¿Y ya ha visto lo invisible en el Observatorio?
Todavía no me ha dado tiempo. Lo más invisible, de momento, son unas cuantas horas de sueño.

