Miguel de Cervantes, escritor: “La libertad es uno de los dones más preciosos de los hombres, con ella no pueden igualarse los tesoros de la tierra”

Don Quijote pronuncia su gran defensa de la autonomía tras abandonar los lujos y las obligaciones del castillo de los duques

Retrato atribuido a Juan de Jáuregui.
Retrato atribuido a Juan de Jáuregui.
Wikipedia

Algunas frases atraviesan los siglos porque consiguen expresar con claridad una verdad que cada época debe volver a descubrir. Una de ellas aparece en la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, cuando el caballero pronuncia una de las reflexiones más conocidas de Miguel de Cervantes: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre».

La sentencia pertenece al capítulo LVIII y no surge en un momento casual. Don Quijote y Sancho acaban de abandonar el castillo de los duques, donde han vivido rodeados de comodidades, banquetes y atenciones. Sin embargo, el hidalgo no recuerda aquella estancia como una experiencia completamente placentera. Tras el lujo se escondían la burla, la dependencia y la obligación de agradecer los favores recibidos.

Es entonces cuando Miguel de Cervantes convierte la salida del castillo en una recuperación de la independencia. Don Quijote vuelve a los caminos, expuesto al hambre y a la incertidumbre, pero dueño otra vez de sus decisiones. La pobreza deja de parecerle una desgracia cuando la alternativa consiste en vivir sometido a la voluntad de otros.

La libertad vale más que cualquier riqueza

La reflexión establece una jerarquía rotunda. Ningún tesoro guardado bajo la tierra ni oculto en el mar puede compararse con la posibilidad de gobernar la propia vida. El dinero permite adquirir bienes, seguridad y comodidad, pero no garantiza que una persona pueda elegir sin presiones, expresar lo que piensa o decidir el rumbo que quiere seguir.

Para don Quijote, una riqueza que exige obediencia termina perdiendo buena parte de su valor. Los lujos del castillo de los duques estaban acompañados por una deuda invisible. Cada atención recibida creaba una obligación moral y colocaba al beneficiario en una posición de dependencia frente a quien concedía el favor.

El propio personaje explica que disfrutaba de aquellos banquetes como si se encontrara «metido entre las estrechezas de la hambre». No era dueño de lo que consumía ni podía recibirlo sin sentirse comprometido. La abundancia se transformaba así en otra forma de escasez: había comida, bebida y descanso, pero faltaba la autonomía necesaria para disfrutarlos plenamente.

El precio oculto de los favores

Don Quijote de la Mancha - Miguel de Cervantes
Portada de una edición de la gran obra de la literatura española.
RAE

La enseñanza de Miguel de Cervantes no consiste en rechazar cualquier ayuda ni en presentar la pobreza como una virtud por sí misma. Su advertencia se dirige hacia los favores que exigen silencio, sumisión o gratitud permanente. Cuando una ventaja obliga a renunciar al criterio propio, deja de ser enteramente gratuita.

Don Quijote resume esta idea al afirmar que las recompensas y mercedes recibidas son «ataduras que no dejan campear al ánimo libre». La expresión describe una forma de cautiverio que no necesita barrotes. Una persona puede moverse, comer bien y vivir rodeada de comodidades, pero continuar atrapada por el miedo a contrariar a quien sostiene su bienestar.

Frente a esa dependencia, el hidalgo prefiere disponer únicamente de un pedazo de pan por el que no tenga que rendir cuentas a nadie. La imagen resulta extrema, aunque contiene el centro moral del pasaje: la dignidad comienza donde termina la necesidad de pedir permiso para ser uno mismo.

Una defensa que exige valentía

La libertad cervantina tampoco es cómoda. Don Quijote reconoce que conservarla puede implicar dificultades, riesgos e incluso sacrificios. En el mismo discurso sostiene que por la libertad, igual que por la honra, «se puede y debe aventurar la vida», mientras define el cautiverio como el mayor mal que puede sufrir una persona.

Esta afirmación adquiere una dimensión especial al recordar la biografía de Miguel de Cervantes. El escritor permaneció cautivo durante cinco años en Argel después de ser apresado cuando regresaba a España. Intentó escapar en varias ocasiones y conoció directamente la pérdida de autonomía que más tarde aparecería en diferentes lugares de su obra.

Sin embargo, la frase no necesita limitarse al cautiverio físico. También habla de las pequeñas renuncias aceptadas a cambio de estabilidad: callar para conservar una posición, obedecer para no perder una ventaja o permitir que otra persona decida por miedo a las consecuencias.

Una frase que conserva toda su vigencia

Más de cuatro siglos después, la reflexión sigue resultando reconocible porque la tensión entre libertad y comodidad no ha desaparecido. Las formas de dependencia han cambiado, pero continúa existiendo la tentación de aceptar seguridad a cambio de entregar parcelas de autonomía.

Don Quijote no ofrece una solución sencilla. Él mismo vive condicionado por sus lecturas, sus fantasías y una visión del mundo que lo conduce repetidamente al fracaso. Sin embargo, conserva algo esencial: el derecho a elegir el ideal que guía su vida, aunque esa elección resulte incomprensible para quienes lo rodean.

Ahí reside la fuerza de la frase de Miguel de Cervantes. La libertad no aparece como la ausencia de dificultades, sino como la capacidad de afrontarlas sin dejar que otros ocupen el lugar de la propia voluntad. Los tesoros pueden proporcionar una vida más confortable. Pero, cuando el precio consiste en dejar de pertenecerse a uno mismo, cualquier riqueza termina siendo demasiado cara.

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