Venecia vuelve a convertirse en el escenario de una de las grandes citas del arte contemporáneo internacional. Una ciudad donde la belleza y la decadencia conviven entre palacios, canales y callejones sirve una vez más como reflejo perfecto de un mundo atravesado por la incertidumbre política, el agotamiento emocional y la crisis espiritual. La 61ª edición de la Bienal, titulada In Minor Keys (“En clave menor”), invita al visitante a relacionarse con el arte desde la escucha y la introspección, alejándose deliberadamente de la grandilocuencia y del espectáculo.
Desde los Giardini hasta el Arsenal, pasando por iglesias, palazzos y espacios ocultos repartidos por la laguna, la exposición propone una experiencia construida alrededor de las “frecuencias bajas” de la experiencia humana: el duelo, la memoria, la espiritualidad, la fragilidad o la resistencia colectiva.
La visión póstuma de Koyo Kouoh
Esta edición está inevitablemente marcada por la figura de Koyo Kouoh, la comisaria camerunesa afincada en Ciudad del Cabo que falleció de forma repentina en mayo de 2025, cuando la Bienal todavía se encontraba en fase de preparación. Kouoh, primera mujer africana en dirigir la exposición internacional principal, dejó diseñado el marco conceptual de In Minor Keys, posteriormente desarrollado por un equipo cercano de colaboradores.
Su propuesta curatorial planteaba el arte como una forma de resistencia restauradora frente a la “ansiosa cacofonía” del presente. En sus textos preparatorios, Kouoh definía las tonalidades menores como un rechazo a “la grandilocuencia orquestal y las marchas militares”, apostando en cambio por una sensibilidad más íntima, vulnerable y poética.
La exposición principal reúne a 110 artistas y colectivos cuya obra prioriza lo emocional, lo sensorial y lo afectivo frente a la espectacularidad. Hay una presencia especialmente fuerte de artistas africanos y de la diáspora, lo que dota al recorrido de una energía profundamente terrenal y política.
A medida que el público avanza por los enormes espacios del Arsenal, emergen temas recurrentes: la sanación, las secuelas del colonialismo, la espiritualidad, la memoria y las distintas formas de resistencia colectiva.

Pabellones nacionales: memoria, archivo y naturaleza
Entre las cerca de cien participaciones nacionales, varios pabellones destacan por abrazar plenamente la llamada de Kouoh a la lentitud y la contemplación.
El Pabellón de Estados Unidos, históricamente asociado a la hegemonía cultural, presenta sorprendentemente una exposición contenida y meditativa titulada Call Me the Breeze (“Llámame la Brisa”). Comisariada por Jeffrey Uslip, la muestra reúne esculturas abstractas de Alma Allen elaboradas con materiales como mármol de Colorado o raíz de nogal americano. Las piezas parecen fósiles o formaciones geológicas suspendidas en el tiempo y buscan generar una especie de autorreflexión más que imponer un significado cerrado.
Mucho más emocional resulta el Pabellón español, donde Oriol Vilanova firma una de las propuestas más memorables de esta edición con The Remains (“Los restos”). El artista ha cubierto el interior del edificio con 50.000 postales turísticas recopiladas durante más de dos décadas en mercadillos y tiendas de segunda mano.
Organizadas en filas interminables, las imágenes funcionan como un archivo imperfecto de monumentos, paisajes y recuerdos colectivos anteriores a la era digital. Montañas nevadas, plazas históricas o puestas de sol aparecen repetidas una y otra vez, revelando cómo generaciones enteras aprendieron a mirar el mundo a través de imágenes prácticamente idénticas.
Las “microhistorias” ocultas en el reverso —mensajes de amor, despedidas, declaraciones o discusiones— permanecen invisibles para el espectador, que solo puede enfrentarse a la superficie brillante y repetitiva de la memoria compartida.
Cerca de allí, el Pabellón de Nueva Zelanda presenta Taharaki Skyside, de Fiona Pardington, una serie de retratos monumentales de aves amenazadas o extintas que la artista define como “mensajeros espirituales”. Mientras tanto, el Pabellón de Canadá ha sido transformado por Abbas Akhavan en un invernadero cubierto de niebla, donde enormes nenúfares Victoria flotan sobre un estanque reflectante que conecta el pasado geológico y la ansiedad climática contemporánea.

Lo sonoro y lo sagrado
La Santa Sede presenta una de las experiencias más singulares de la Bienal con The Ear is the Eye of the Soul (“El oído es el ojo del alma”), una instalación sonora situada en el Giardino Mistico dei Carmelitani Scalzi.
Comisariada por Hans Ulrich Olbrist y Ben Vickers, la muestra propone un recorrido auditivo inspirado en la figura de Hildegarda de Bingen, la mística alemana del siglo XII. Equipados con auriculares, los visitantes atraviesan jardines y espacios naturales mientras escuchan piezas creadas por artistas como Brian Eno, Patti Smith o FKA Twigs.
La naturaleza funciona aquí no como un escenario, sino como una colaboradora activa. Sensores traducen actividad biológica en sonido, ralentizando el ritmo frenético habitual de la Bienal y convirtiendo la escucha en un acto casi espiritual.
El pabellón austriaco: shock y ansiedad climática
Si buena parte de la Bienal apuesta por la contención, el Pabellón austriaco rompe radicalmente con ese tono. La artista y coreógrafa Florentina Holzinger presenta Seaworld Venice, una instalación inmersiva y confrontacional que mezcla parque temático acuático, planta de tratamiento de residuos y catedral postapocalíptica.
Inspirada parcialmente en Waterworld, la película de Kevin Costner de 1995, la obra imagina una Venecia completamente inundada, donde la humanidad depende de la tecnología para sobrevivir.
Holzinger, conocida por sus performances extremas, utiliza desnudez, violencia explícita y body horror como herramienta de choque. Performers suspendidos de estructuras gigantescas, cuerpos desnudos manteniendo relaciones sexuales o escenas de violencia física generan un impacto deliberado.
La comisaria Nora-Swantje Almes explica que esa incomodidad inicial funciona como puerta de entrada a cuestiones más profundas: la ansiedad climática, la dependencia tecnológica y la contradicción de una ciudad como Venecia, cuya supervivencia depende parcialmente del mismo turismo que acelera la degradación ambiental que amenaza su existencia.
Geopolítica y la sombra de la guerra
Pese al deseo curatorial de crear un espacio de escucha y contemplación, la Bienal no ha logrado escapar de las tensiones geopolíticas actuales.
El episodio más significativo fue la dimisión colectiva de los cinco miembros del jurado internacional pocos días antes de la inauguración. La renuncia se produjo como gesto de apoyo a la visión original de Kouoh y como protesta por la participación de países cuyos dirigentes están siendo investigados por el Tribunal Penal Internacional, concretamente Rusia e Israel.
Como consecuencia, este año no se entregarán los tradicionales Leones de Oro. En su lugar, se instaurará un sistema de votación pública denominado “Leones de los Visitantes”.
El regreso de Rusia por primera vez desde la invasión de Ucrania en 2022 ha sido especialmente controvertido. El pabellón ruso, gestionado por figuras cercanas al Kremlin, ha provocado protestas lideradas por Pussy Riot y FEMEN, cuyas activistas denunciaron que la propuesta funcionaba como una operación de blanqueamiento cultural.
El Pabellón de Israel también ha estado rodeado de tensión. Mientras su sede permanente continúa en obras, el artista Belu-Simion Fainaru expone temporalmente en el Arsenal con Rose of Nothingness (“Rosa de la nada”). La fuerte presencia policial alrededor del espacio evidencia el clima político que atraviesa esta edición.
Por otro lado, el Pabellón sudafricano permanece vacío después de que el Ministro de Cultura bloquease la participación de Gabrielle Goliath. Su obra Elegy, dedicada en parte a la poeta palestina Hiba Abu Nada, fue considerada “altamente polarizante”. Al final, la artista decidió presentar el proyecto de manera independiente en la Chiesa di Sant’Antonin.
Descubrimientos y grandes nombres
La exposición principal sigue ofreciendo algunos de los hallazgos más estimulantes de la Bienal. Khaled Sabsabi explora espiritualidad y desplazamiento a través de instalaciones de vídeo multicanal, mientras Michael Joo combina piedra caliza fósil y vibraciones sonoras para convertir las “teclas menores” en experiencia física.
La República Democrática del Congo debuta con un pabellón nacional gracias a Simba Moto! Seize the Fire!, una exposición colectiva centrada en el fuego como fuerza destructiva y transformadora.
Brasil reúne a dos de las artistas más relevantes del panorama latinoamericano, Rosana Paulino y Adriana Varejão, cuyas obras revisitan las heridas del colonialismo y la violencia histórica desde el cuerpo y la naturaleza.
Cine, performance y energía
La Bienal de este año posee también una fuerte dimensión cinematográfica. La Fondazione In Between Art Film presenta Canicula en el Complesso dell’Ospedaletto, con videoinstalaciones de artistas como Lawrence Abu Hamdan, que dialogan directamente con la sensación de inquietud contemporánea.
En la Galería de la Academia, Marina Abramović celebra su 80º cumpleaños con Transforming Energy, una exposición que pone sus performances históricas en conversación con pinturas renacentistas. El recorrido culmina con una instalación donde el visitante puede tumbarse sobre piedras con cristales incrustados para experimentar la llamada “transmisión de energía”.
Mientras tanto, el artista venezolano afincado en el Reino Unido Alvaro Barrington ha conducido un enorme camión desde Londres hasta Venecia para convertirlo en una escultura pública titulada Labor Day Parade ’91. El vehículo, repleto de referencias culturales y musicales, permanece inmovilizado deliberadamente tras perforar sus propias ruedas: un monumento absurdo y melancólico al movimiento detenido.
Una Bienal atravesada por el presente
La 61ª Bienal de Venecia funciona como un auténtico casino totale: un caos total que se niega a apartar la mirada de un mundo en crisis. Aunque la exposición principal intenta construir espacios de reparación a través del sonido, el archivo o la contemplación, la realidad política termina infiltrándose constantemente en el recorrido.
Ya sea mediante el “impacto como herramienta” del pabellón austriaco o las postales nostálgicas de Oriol Vilanova, la Bienal obliga al espectador a recalibrar su atención.
A medida que el visitante atraviesa Venecia, queda claro que no es un observador neutral, sino parte activa de una experiencia colectiva atravesada por el presente. Como imaginó Koyo Kouoh, esta música en clave menor sigue resonando incluso en medio del ruido.
La 61ª Bienal de Venecia, In Minor Keys, podrá visitarse del 9 de mayo al 22 de noviembre de 2026.
