“Sólo puedes hacerme una pregunta”. Me pongo nerviosa. La madre de la performance acaba de hacer una disertación sobre arte, vida, erotismo y empoderamiento, repasando toda su vida (que es toda su vida artística, porque en ella arte y vida coinciden) y casi me caigo de la butaca cuando me mira fijamente. “En realidad tengo dos preguntas”. “Sólo una: la brevedad es importante”. Me hace gracia que lo diga ella, Marina Abramovic (Belgrado, 1946), cuya última performance, Balkan Erotic Epic, roza las cuatro horas; ella, que recorrió los 2.500 kilómetros de la Gran Muralla China durante tres meses para despedirse de Ulay, el amor de su vida, en una creación titualda The Lovers; ella, que se sentó durante 75 días, 10 horas al día, en una sala del MoMa de Nueva York para mirar a los ojos a auténticos desconocidos en The artist is present.
Me debato. Si sólo pudierais hacerle una pregunta a una de las personas que más admiráis en el mundo, ¿cuál sería? Elijo ser periodista y hacer un servicio público: “¿Cuál es tu relación actual con la muerte? ¿Y en concreto con tu propia muerte?”. Ella se ríe, cree haber entendido “tu relación con el sexo”, pero le aclaro que si bien están relacionados (eros y tánatos, nada nuevo pero aún así interesante), creo que su relación con el sexo la tiene mucho más explorada (y compartida). “Lo único que quiero hacer es morir conscientemente, morir sin miedo y morir sin rabia. Tampoco quiero morir de forma estúpida, en un accidente, ni morir en un hospital: quiero estar presente en el momento de mi muerte, entender realmente el ‘pasaje’ entre la vida y la muerte”.
Dice que ama la pregunta. Y continúa, citando a los sufíes: “Si la vida es un sueño, la muerte es despertarse. Quiero vivir esa experiencia, ese pasaje. Ya no le tengo miedo a la muerte. Y por cierto… el sexo también es importante”. Se ríe ella, se ríe toda la sala del hotel The Social Hub de Barcelona en la que un puñado de privilegiados, entre los que se encuentra el elenco de su última performance, la escucha embelesado. Al entrar y ver el sofá ha dicho: “Yo no me siento en sofás”, y ha cogido una silla, el mando para pasar las diapositivas y el micrófono. A su lado se sienta Víctor García de Gomar, director artístico del Teatre del Liceu, que realmente queda en un segundo plano ante la abrumadora presencia de esta fuerza balcánica, que perfora a cada miembro del público con su mirada, que transmite un poder y un conocimiento revestidos de humildad que hacen contener el aliento.

Con más de cincuenta años de trayectoria, Marina Abramovic ha construido una gramática completamente nueva. No parte de una tradición cómoda ni de una estética heredada: su obra nace de acciones que llevan el cuerpo al límite del dolor, de la resistencia y de la exposición emocional. En ese delicado equilibrio entre emoción extrema y control mental, su trabajo se sostiene sobre una ética férrea: determinación, honestidad radical e intransigencia consigo misma. Madre indiscutible de la performance, ha creado imágenes, gestos y rituales a partir de su propio cuerpo, convertido en material y herramienta a la vez, abandonando cualquier zona de confort con una capacidad extraordinaria para conectar con quienes la observan.
En su obra no hay pinceles ni intermediarios: está ella. Y siempre está la fugacidad. Desde sus primeras acciones, una de las grandes preguntas fue cómo registrar algo que, por definición, desaparece. Esa tensión entre lo efímero y lo perdurable atraviesa toda su carrera. Aunque a primera vista sus performances puedan parecer imprudentes, cada gesto está construido con un rigor absoluto. Abramovic es obsesiva, provocadora y fuerte, pero también profundamente vulnerable. Esa vulnerabilidad es, precisamente, la puerta de entrada a un territorio artístico que no deja indemne a quien lo cruza. Ella misma lo dice al empezar con la que fue la primera de sus grandes performances, Rhythm 0: “Era joven y estaba loca. Dije algo estúpido: que estaba dispuesta a morir por el arte. ¡Oh, morir por el arte! No vamos a verla”.
Con el mando en la mano, decide pasar por encima de una de las claves de lectura de todo el arte moderno. “Odiaba esa idea de que el público no se tomara la performance en serio, como si no fuera arte”. De esa negación nació una de sus primeras acciones radicales: una mesa con 76 objetos —cadenas, cuchillas, agujas, una pistola con una bala— y una instrucción mínima. “Durante seis horas yo soy un objeto. Podéis hacer conmigo lo que queráis. Incluso matarme. Estaba preparada para morir por el arte. Tenía 23 años y estaba lista para morir por el arte”. La lentitud inicial dio paso a la violencia. “Primero no hicieron nada. Luego empezaron a cortarme la ropa, a cortarme el cuello, a beber mi sangre”. Al final, cuando la acción terminó y ella intentó hablar con el público, “todos se fueron. Literalmente todos huyeron”. Esa experiencia dejó una marca física y simbólica: “Cuando llegué al hotel y me miré al espejo tenía un mechón de pelo completamente gris”.

A partir de ahí, su obra se fue afirmando contra la idea de que el arte debía ser bello. “Estoy harta de que el arte tenga que combinar con el salón. El arte tiene que perturbar, hacer preguntas, predecir el futuro”. En otra acción temprana, se peinó con un cepillo de metal mientras repetía obsesivamente “art must be beautiful”, convirtiendo el gesto en una agresión contra su propio rostro. “No era estética, era una imagen creada a partir de la violencia”.
El riesgo, explicó, apareció muy pronto como su verdadero lenguaje. Antes incluso del cuerpo, fue el sonido. “Uno de mis primeros proyectos fue colocar altavoces en un puente con un sonido tan fuerte que daba la sensación de que el puente se derrumbaba. Cuando estabas allí, el puente dejaba de existir”. La ciudad lo prohibió por las vibraciones, pero la idea quedó fijada: la experiencia física como detonante de conciencia. La noción de confianza —y de miedo— atravesó también su trabajo con Ulay, su compañero durante doce años. En Rest Energy, ambos sostuvieron un arco tensado entre sus cuerpos, con la flecha apuntando directamente al corazón de Abramovic. “Era una cuestión absoluta de confianza. Duró cuatro minutos y veinte segundos. Fue la performance más corta que hicimos, pero la más larga de mi vida”. El sonido amplificado de sus corazones revelaba cómo la adrenalina crecía hasta el límite.
Décadas después, ya con 65 años, Abramovic abordó una obra que, según confesó, nunca podría haber hecho antes: The Artist Is Present. “No por falta de fuerza física, sino porque no tenía la sabiduría ni la concentración”. Durante tres meses se sentó inmóvil en una silla del MoMA, ocho horas al día. “Pruébalo tú: tres horas sin moverte. Ahora imagina tres meses”. Se preparó “como un astronauta”: comía y bebía solo de noche, no iba al baño durante el día, cambiaba el color de su ropa cada mes —azul para calmarse, rojo para obtener energía, blanco para purificarse—. “Era el infierno”.
La pieza condensaba una lección aprendida a lo largo de 35 años. “En la primera entendí que no puedes confiar en el público. El público te matará. En esta entendí que, si el artista está presente, puede establecer las reglas”. Nadie podía tocarla ni hablarle; solo sentarse y sostener la mirada. Contra todo pronóstico, “la silla nunca estuvo vacía”. Personas esperaban durante horas, algunas repetían más de veinte veces. Incluso los guardias del museo acudían de paisano en sus días libres. “Cuando quité la mesa y quedaron solo dos sillas, todo ocurrió. Entendí que no necesitas nada. Es energía pura”.
El efecto emocional fue devastador. “La gente lloraba. Porque no hay dónde huir. Te miran, te fotografían, te observan, y solo te queda entrar en ti mismo”. Para Abramovic, ese estado desembocó en algo que no dudó en nombrar: “Amor incondicional. Por cualquier ser humano, sin distinción”. Esa experiencia marcó un punto de inflexión y la llevó a pensar en la transmisión: “Quiero crear un instituto para preservar esta forma de arte. Es la más transformadora”. Así nació el Marina Abramovic Institute.
El silencio ocupa un lugar central en esa pedagogía. “Todo lo verbalizamos. El teléfono es como una segunda mano. Pero cuando estás en silencio, empiezas a estar aquí y ahora”. Para ella, el pensamiento constante es una trampa. “Pensar es veneno. El cuerpo tiene una sabiduría antigua. El cerebro nos manipula”.
Ese regreso al cuerpo y a los rituales antiguos atraviesa Balkan Erotic Epic, un proyecto gestado durante más de veinte años y profundamente ligado a su biografía. “Volver a los Balcanes es doloroso. Necesitaba la edad suficiente para mirarlo con distancia y sabiduría”. La obra recupera rituales ancestrales vinculados a la fertilidad, la guerra, la lluvia o el matrimonio, muchos de ellos protagonizados exclusivamente por mujeres. “No he inventado nada. Son rituales de siglos”. Mujeres que muestran el sexo para espantar a los dioses y detener la lluvia; vírgenes guerreras albanesas con derecho a portar armas; danzas con cuchillos; ceremonias para conjurar la impotencia o proteger las cosechas. “Aquí las vaginas se muestran como armas. Es brutal, orgánico, primordial”.

Abramovic subrayó que no se trata de provocación pornográfica. “Queríamos mostrar poesía, el sufrimiento del cuerpo. Otra forma de ver la desnudez”. Lejos de recibir críticas negativas, la reacción fue unánime. “Pensé que nos iban a matar. Pero no hubo ni una crítica negativa”. La obra es también un ejercicio de colaboración extrema. Coreógrafos, músicos electrónicos y de metal, rituales filmados, animaciones creadas para sustituir prácticas imposibles hoy por razones de corrección política. “Estamos inventando algo nuevo. No sabemos ni cómo llamarlo”. La duración —cuatro horas— y la libertad del público para desplazarse entre escenas refuerzan la idea de experiencia total.
Al final, Abramovic habló de los ancestros, de la contradicción entre comunismo y religión en su infancia yugoslava, de una cultura atravesada por el sufrimiento. “Todo es sufrimiento. Así se han escrito los grandes libros”. Reconoció, con ironía, que nunca ha trabajado desde la felicidad y que eso sigue siendo un desafío pendiente. “Ahora es el momento en el que tengo que aprender a crear desde la tranquilidad, desde la alegría. Y, sinceramente, no sé cómo voy a hacerlo”.
