Entrego el móvil en la entrada y lo veo desaparecer dentro de una caja opaca, junto a decenas de teléfonos idénticos. Tres horas por delante. Tres horas sin pantallas, sin notificaciones, sin posibilidad de huida. Lo sé antes de entrar: Balkan Erotic Epic no es un espectáculo cómodo. Tampoco pretende serlo. Marina Abramovic lo concibió como un viaje físico y mental por las tradiciones eróticas —no pornográficas— de los Balcanes, entendiendo “erótico” en su sentido primigenio: energía vital, pulsión de vida, vínculo entre cuerpo, comunidad y cosmos.
Dentro, el silencio pesa. No es un silencio vacío, sino cargado, expectante, casi tenso. El público permanece inmóvil, atento, como si cualquier movimiento pudiera alterar un frágil equilibrio. La curiosidad crece con cada minuto. Pienso en la amplitud del territorio que Abramovic invoca: Rumanía, Bulgaria, Grecia, Albania, Serbia, Macedonia del Norte, Bosnia-Herzegovina, Kosovo, Montenegro; también los pueblos gitanos y viajeros. Un mosaico de culturas atravesadas por guerras, desplazamientos, pobreza, religiosidad extrema y rituales ancestrales que han sobrevivido en los márgenes.
La primera sensación es la de estar ante algo monumental. No solo por la duración —tres horas—, sino por la ambición: diez performances consecutivas acompañadas de una banda de instrumentos que intepretan en directo, moviéndose libremente por el espacio.

Todo empieza con Tito. Una mujer vestida para un funeral de Estado canta sin interrupción un lamento balcánico por Josip Broz Tito, el antiguo líder yugoslavo. La voz es grave, áspera, desgarrada. A su alrededor aparecen figuras vestidas como Jovanka Broz, su viuda. También una presencia inquietante: Danica Abramović, madre de Marina, símbolo del conservadurismo rígido en la Yugoslavia socialista. Las plañideras se golpean el pecho rítmicamente. Aprendo rápido una regla fundamental de este universo: aquí la muerte no se vive en silencio.
Entonces llega la Danza del cuchillo. Dos intérpretes con trajes brillantes ejecutan una coreografía afilada, precisa. Representan a las burrnesha, las vírgenes juradas balcánicas: mujeres que juran castidad y asumen socialmente el rol de hombres. En el norte de Albania, Kosovo y Montenegro, esa transformación permitía acceder a privilegios masculinos: ser cabeza de familia, portar armas, heredar tierras, circular con libertad. Algunas lo hacían por elección; otras, porque todos los hombres de su familia habían sido asesinados. La danza no romantiza nada: es tensa, casi marcial.

En un espacio boscoso aparece Elke Luyten, sentada entre setas gigantes de aspecto fálico. Se presenta como científica, historiadora, narradora fiable. Pero pronto surge la duda: ¿quién decide qué es mito y qué es historia? Elke enumera recetas transmitidas de generación en generación. Lo hace con tono didáctico, casi humorístico, y aquí mi experiencia se bifurca. Por momentos resulta fascinante; por otros, la ligereza del registro roza el chascarrillo y rompe la atmósfera.
Habla de hombres que se masturban penetrando la tierra para fecundarla. De mujeres que plantan cebollas mostrando la vagina al surco. De croatas que introducen un pez en la vagina y luego mezclan ese pez con el café de su amante para asegurar su fidelidad. De bosnios que insertan el pene en tres agujeros tallados en un puente para curar la disfunción eréctil. De búlgaros que se tocan el pene mientras acarician los testículos de un toro para recuperar virilidad. Todo se dice sin morbo, pero no sin provocación.
La escena que más me sacude llega poco después: Espantando a los dioses. Una decena de mujeres, bajo una lluvia proyectada a cámara lenta, muestran repetidamente sus vaginas hacia el cielo y la tierra. Abramovic rescata un ritual documentado en Anatolia en el siglo XI: mujeres que enseñaban su sexo para detener lluvias torrenciales. El cuerpo femenino como arma sagrada. No como objeto. No como espectáculo. Como fuerza creadora capaz de asustar a los dioses. La imagen es de una belleza brutal, cinematográfica, hipnótica.

Me descubro emocionada. También me descubro incómoda. Ambas cosas conviven.
En Boda negra, una cantante de ópera vestida de rojo interpreta un lamento mientras parejas bailan. En la tradición valaca del este de Serbia, cuando muere un joven soltero se le “casa” simbólicamente con una muchacha durante el funeral. Matrimonio y muerte fundidos en un mismo rito. Vida, sexo y desaparición sin fronteras claras.
En Alma eslava, hombres con trajes tradicionales cantan ojkanje —canto polifónico de garganta— con los penes erectos expuestos. Resonancias profundas, animales. Virilidad y vulnerabilidad al mismo tiempo. Nada aquí parece pensado para excitar. Todo parece pensado para recordar que el cuerpo es un instrumento ritual.
La Kafana recrea un bar balcánico: música, violines, cantantes de ópera, duelo, celebración. Se bebe, se llora, se canta. La vida sucede. La rçigida Yugoslavia, los valores eslavos, acaban cediendo ante la música, el deseo, el disfrute.
En Masajeando los pechos, mujeres de distintas edades se acarician los senos sobre lápidas y bailan con esqueletos. Lloran a maridos perdidos por guerra, enfermedad, vejez, trabajo. Una figura militar —otra vez Danica Abramović— observa desde un lado. Sexo y duelo entrelazados sin jerarquías. Esta performance, hipnótica en un principio, se alarga más de lo esperado: las mujeres (y los hombres), a cámara lenta, practican sexo con los cadáveres, besan sus lenguas rojas, los cargan en una imagen que se repite en la obra: mujeres que llevan los cuerpos de sus hombres a rastras.

En Ancestros, tres figuras con trajes tradicionales aparecen bajo la nieve, rodeadas de campanas de pastores. Los muertos están presentes, pero son inalcanzables. Aparece, por fin, la propia Marina Abramovic, que se funde en un abrazo y un beso con un joven. Pasado, presente y futuro siendo uno bajo la nieve.
A lo largo del recorrido confirmo algo que ya había intuido: Balkan Erotic Epic no es una obra homogénea. Hay momentos de una potencia visual y simbólica extraordinaria. Y otros que se sienten reiterativos, deslavazados o conceptualmente más débiles. No todo funciona con la misma intensidad. No todo alcanza el mismo nivel de misterio. Pero el conjunto, visto como gesto artístico, es apabullante.
También pienso una y otra vez en el privilegio que es ver una performance de Marina Abramovic en directo, en España, es un acontecimiento histórico. Abramovic, pionera del body art, lleva más de cinco décadas usando su propio cuerpo como campo de batalla, laboratorio y archivo. Balkan Erotic Epic condensa muchas de sus obsesiones: ritual, memoria, dolor, resistencia, sexualidad, muerte, tiempo.
Salgo sin móvil. Salgo con una sensación extraña en el cuerpo. No sé si me ha gustado. Sé que me ha afectado. Quizá esa sea la medida más honesta del éxito de esta obra: no busca consenso, no busca comodidad, no busca aplauso fácil. Busca grietas.
Y las encuentra.


