Las sucesivas olas de calor han dejado incendios repartidos por toda España. En un verano en el que cada día se declara un nuevo foco, la Unidad Militar de Emergencias siempre está alerta. Se entrena durante todo el año en el campo de maniobras de Los Alijares, en Toledo. Allí, en un terreno que combina agua, fuego y desniveles, los equipos practican las maniobras que después aplicarán en emergencias reales.
Ese entrenamiento anual se estructura en distintos escenarios que replican emergencias reales. El primero está en el río Tajo.

Aguas bravas en el Tajo
En un tramo del río, la UME instala una zona de prácticas donde se reproduce el comportamiento de una riada. Desde la orilla se distingue la línea de vida, una cuerda tensada sobre el agua que sirve de punto de seguridad para los rescatadores. Los militares se equipan con neoprenos, cascos y chalecos. En el agua, una corriente generada con bombas de impulsión crea remolinos y arrastre lateral.

Ahí los equipos se lanzan al agua para entrenar cómo mantener la posición, cómo acercarse a una víctima y cómo evitar que la fuerza del agua les golpee.
Línea de vida
Desde ahí se guiarán por la “línea de vida”. Se trata de una cuerda fija que la UME instala de orilla a orilla en un tramo de aguas bravas para crear un punto seguro desde el que trabajar. Se coloca en función del análisis previo del cauce pues previamente habrán analizado la velocidad de la corriente, profundidad, obstáculos, accesos y posibles zonas de arrastre.
Solo cuando han evaluado el entorno y elegido el punto más estable para operar, tienden la cuerda, la tensan y verifican los anclajes. Esa línea se convierte en la referencia física que permite a los rescatadores asegurarse, recuperar posición si la corriente los desplaza y aproximarse a una víctima sin perder estabilidad, actuando así como la primera infraestructura de seguridad antes de entrar al agua.

Los instructores observan y corrigen detalles que solo se aprecian estando allí: un giro demasiado brusco, un brazo mal colocado, un error que en una riada real puede complicar el rescate e incluso complicar su propia supervivencia.
Rescates en plena ladera
A pocos metros del río, el terreno cambia por completo. Allí se abre un barranco donde los equipos practican rescates en montaña. Un militar se descuelga con arnés y cuerda hasta una camilla situada en mitad de la ladera. Otro compañero hace de víctima. El procedimiento es exacto: inmovilización del cuello, ajuste de cinchas y coordinación con el equipo superior para iniciar el ascenso.

La camilla sube despacio, balanceándose. El rescatador controla cada movimiento para evitar giros bruscos o golpes contra la roca. Los instructores vigilan la tensión de la cuerda, la posición del cuerpo y la comunicación entre los equipos. La escena se repite varias veces hasta que la maniobra queda pulida.

Calor, humo y la descarga del avión
Con los incendios activos en varias provincias, el módulo de fuego se convierte en el núcleo de la preparación de la UME. Sobre el terreno, una línea de fuego avanza alimentada por vegetación controlada. El calor se nota incluso a varios metros.
Los equipos entrenan cómo abrir líneas de defensa, cómo moverse cuando el humo reduce la visibilidad y cómo anticipar el comportamiento del fuego según el viento.

En el módulo de fuego, los LCIF, los especialistas de la UME en lucha contra incendios forestales, supervisan cada maniobra y corrigen detalles técnicos que en un incendio real pueden marcar la diferencia. Su papel es especialmente relevante en plena campaña estival. Ellos son quienes afinan los movimientos, ajustan la coordinación y garantizan que cada maniobra se ejecute con el nivel de precisión que exige un frente activo.

Durante las maniobras, la UME incorpora también drones para entrenar su uso en incendios forestales. Estos equipos aéreos permiten simular la vigilancia de un frente, localizar puntos calientes y anticipar cambios en el comportamiento del fuego.

Mientras unos trabajan sobre el terreno, los operadores de dron practican cómo enviar imágenes en tiempo real, la forma de marcar zonas de riesgo y cómo coordinar la información con los equipos que avanzan a pie. El objetivo es que, cuando el incendio sea real, la unidad pueda combinar la intervención directa con una visión aérea que acelere la toma de decisiones.
En mitad del ejercicio, el sonido de un motor rompe el silencio. Un avión del 43 Grupo del Ejército del Aire realiza varias pasadas y, en la tercera, suelta 6.000 litros de agua sobre el punto marcado. La descarga cae como una cortina que golpea el suelo con fuerza, levantando tierra y apagando de inmediato la línea de fuego.

Los militares se posicionan para evitar quedar debajo de la caída y aprovechan ese instante para avanzar sobre el frente.
Y, mientras los aviones actúan desde el aire, los equipos de la UME trabajan en tierra abriendo líneas de defensa, atacando directamente el fuego, controlando el humo y el viento y coordinándose con los hidroaviones para marcar los puntos de descarga.

En un verano marcado por temperaturas extremas, la conexión entre la UME y el 43 Grupo del Ejército del Aire se convierte en una pieza esencial para contener los frentes más agresivos.
Al terminar la jornada, los equipos recogen cuerdas, apagan la línea de fuego o la zona del río. El campo vuelve a quedarse en silencio, con la certeza de que cuando el fuego avanza más rápido que nunca, la Unidad Militar de Emergencias se prepara para dónde y cuándo hacen falta.

