Legado

De Empel a Nimega: la tradición militar que hoy también sostienen dos mujeres del Tercio de Spínola

La marcha más exigente del mundo somete a examen la resistencia de los soldados bajo el reto de permanecer unidos

El Tercio Spinola en la marcha Nimega que congregó a 41 militares españoles.
El Tercio Spinola en la marcha Nimega que congregó a 41 militares.
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Todavía no ha amanecido cuando miles de militares comienzan a caminar por las carreteras que rodean la ciudad neerlandesa de Nimega. Durante las siguientes diez o doce horas recorrerán unos 40 kilómetros. Al día siguiente volverán a hacerlo; y al siguiente. Así, hasta completar cerca de 160 kilómetros en cuatro jornadas consecutivas. No hay obstáculos, ni cronómetros que premien al más rápido. Aquí, la verdadera batalla es contra el cansancio.

Si el Camino de Santiago pone a prueba la voluntad del peregrino, Nimega somete a examen la resistencia del soldado. Lo que comenzó en 1909 como un entrenamiento para mejorar la preparación física del Ejército neerlandés se ha convertido, más de un siglo después, en la mayor marcha de resistencia del mundo. Cada verano reúne a decenas de miles de participantes, entre civiles y militares, que llegan desde decenas de países para afrontar un desafío en el que la clasificación importa mucho menos que la capacidad de resistir y mantener unido al equipo. Esa mezcla de tradición, exigencia y participación internacional convierte la marcha en un punto de encuentro donde se comparte un mismo objetivo.

Uno de los tramos de la marcha Nimega donde el Tercio Spinola avanza en equipo.
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La fuerza de la unidad

A diferencia de una carrera convencional, en Nimega no hay obstáculos ni pruebas complementarias. El camino es el reto.

En la modalidad reglamentaria, uniformados, los militares cargan con una mochila de al menos diez kilos que les irá lastrando. A la distancia se suman las salidas de madrugada, el calor, la lluvia, las ampollas y la recuperación entre etapas. “La gran prueba es la propia marcha y la acumulación del esfuerzo durante cuatro jornadas consecutivas”, explican desde el contingente español. Y es que, “no basta con estar en buena forma el primer día, sino que hay que conservar fuerzas, disciplina y fortaleza mental hasta el final”.

Moneda que conmemora el Tercio Spinola en Nimega.
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En la edición de 2026 se inscribieron 47.000 participantes de 77 nacionalidades. De ellos, 6.455 pertenecen a contingentes militares de 38 países, entre ellos España. Durante varios días, militares de diferentes ejércitos, empleos y culturas comparten el mismo esfuerzo y persiguen un objetivo común: completar la marcha. Esa diversidad convierte la prueba en un escenario donde se cruzan culturas militares distintas, formas de entrenar y maneras de entender el servicio.

Campamento Heumensoord

Esa convivencia tiene su epicentro en el campamento de Heumensoord, una base que se levanta de forma temporal para albergar a los contingentes militares internacionales. “Heumensoord funciona prácticamente como una pequeña ciudad militar, con alojamiento, restauración, asistencia sanitaria, seguridad y otros servicios. Allí conviven los equipos internacionales, comparten horarios, comidas, preparación del material, recuperación física y atención a los compañeros”, explica el capitán del Ejército del Aire Fernández Roca-Suarez. Esa convivencia forma parte esencial de la experiencia, porque “permite conocer cómo trabajan otros ejércitos y estrechar vínculos personales y profesionales”.

Imagen del avance de los 41 militares durante la noche.
Imagen del avance de los 41 militares en la marcha Nimega, antes del amanecer.
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España participa a través del Tercio de Spínola, formado por 41 integrantes del Ejército de Tierra, la Armada, el Ejército del Aire y del Espacio y la Guardia Civil. Más que una suma de uniformes, constituye una representación conjunta de las Fuerzas Armadas y de la Guardia Civil en una de las pruebas de resistencia más prestigiosas del mundo.

Entre ellos, dos mujeres: una guardia civil y una sargento del Ejército de Tierra. Ambas afrontaron las mismas distancias y exigencias físicas que el resto de sus compañeros. Su presencia simboliza la capacidad de las Fuerzas Armadas y la Guardia Civil para actuar como un solo equipo cuando la misión lo requiere.

Miembros del Tercio Spinola en el campamento.
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Trabajo colectivo

El verdadero examen de Nimega comienza cuando aparecen el cansancio, las ampollas y las lesiones. Es entonces cuando la fortaleza individual deja paso al trabajo colectivo. “La marcha permite comprobar la capacidad física y mental de los participantes, pero, sobre todo, pone a prueba la cohesión. Adaptar el ritmo, apoyar a quien atraviesa dificultades, compartir el material necesario y conseguir que el grupo avance unido”. Ese espíritu de apoyo mutuo es el que permite que una unidad mantenga su eficacia incluso cuando el cansancio empieza a borrar cualquier otra cosa.

Una de las mochilas de los militares en la que portan 10 kilos durante el trayecto.
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“Por eso, en Nimega, el éxito consiste en que el equipo se mantenga cohesionado y complete conjuntamente las cuatro jornadas”. El Tercio de Spínola lleva a esta marcha una representación conjunta de España. Cada uniforme conserva la identidad de su ejército o cuerpo, pero todos avanzan bajo una misma bandera”. Allí, cada paso es una forma de demostrar que la fortaleza de un contingente está en la unión hasta el final.

Cuando Dios fue español

La cohesión que exige esta marcha no solo se construye en el esfuerzo compartido, sino también en la memoria de quienes nos precedieron. Por eso, la participación española incorpora un elemento que trasciende lo físico, el recuerdo de una de las páginas más singulares de nuestra historia militar: la visita a la ermita de Empel.

Para los integrantes del Tercio de Spínola este lugar no es solo un punto del recorrido, sino un símbolo de la tradición militar española y de uno de los episodios más extraordinarios de los Tercios. Empel “representa la continuidad de una tradición que ha sobrevivido siglos, la capacidad de resistir, adaptarse y mantener la cohesión incluso en circunstancias extremas”.

Cuadro de “El Milagro de Empel del pintor de batallas Augusto Ferrer-Dalmau
FFD

En diciembre de 1585, durante la Guerra de los Ochenta Años, las tropas españolas quedaron cercadas en la isla de Bommel, aisladas por las aguas y castigadas por el frío. Según la tradición, un soldado encontró una tabla con la imagen de la Inmaculada Concepción, interpretada como un signo de esperanza en un momento límite. Aquella noche, una intensa helada congeló las aguas que rodeaban sus posiciones, permitiendo a los Tercios avanzar sobre el hielo y derrotar por sorpresa a las fuerzas holandesas. El Almirante Holak dejó para la historia una frase que aún resuena: “Tal parece que Dios es español al obrar, para mí, tan grande milagro”.

Ese episodio, conocido como el Milagro de Empel, quedó ligado para siempre a la tradición de la Infantería española y a su devoción por la Inmaculada Concepción. Por ello, la visita a Empel no fue únicamente un acto protocolario sino un homenaje, un ejercicio de memoria y una forma de conectar la marcha de Nimega con la historia militar de España.

Como parte de esa visita, los integrantes del Tercio de Spínola recibieron también la moneda conmemorativa de Empel, una pieza simbólica que la ermita entrega a los contingentes militares como recuerdo de su paso por el lugar. No es un simple objeto sino que representa la continuidad entre los soldados que resistieron en Bommel en 1585 y quienes hoy, siglos después, mantienen vivo su legado. “Para muchos participantes, recibirla fue un momento especialmente emotivo, una forma tangible de enlazar la marcha de Nimega con la tradición de los Tercios”.