De niña, Gema Martín del Burgo no soñaba con aviones ni con satélites sino con entender cómo funciona el mundo. Le fascinaban las matemáticas y la física, pero en su familia no tenía referentes sobre ello. Eligió ingeniería aeronáutica casi por intuición, sin imaginar que acabaría liderando proyectos tecnológicos o negociando contratos internacionales en empresas como Thales, Amper o Babcock e incluso presidiendo, y ahora como vicepresidenta, una asociación –Ellas vuelan alto– que lucha por visibilizar a las mujeres en un sector estancado en un 20 % de participación. Con los años descubrió que la vocación llega trabajando, que la maternidad puede convertirse en un freno injusto y que la credibilidad, para una mujer, se conquista cada día. Hoy defiende un liderazgo que transforma sin herir y en no dejar de intentarlo.
¿Cuál es su propósito en Ellas Vuelan Alto?
Mi objetivo es el mismo que el de la asociación desde su fundación: dar visibilidad al talento femenino en el sector aeroespacial y potenciar el papel de la mujer en un ámbito donde llevamos veinte años estancadas en un 20-22 % de participación. Queremos que se conozca lo que hacemos, que se vea que hay mujeres en todos los roles, también en aquellos que muchas niñas ni imaginan. Además, apoyamos a las mujeres que ya están dentro del sector con mentoring, coaching y formación para hablar en público, porque existen barreras y sesgos -conscientes e inconscientes- que frenan su progresión. Mi propósito es aportar todo lo que pueda. Cuando una mujer te dice “me has ayudado”, la satisfacción es plena.

¿Cuándo supo que podía “volar alto”?
Nunca sentí discriminación hasta que empecé a trabajar. La etapa profesional te abre los ojos y, por desgracia, sigue habiendo barreras en sectores tan masculinizados como el aeroespacial. La maternidad fue un punto de inflexión: te aíslan, te consideran menos disponible, te relegan. Yo quería tener hijos, pero también desarrollarme profesionalmente. Ahí pensé: “Hay que sacar las alas y volar alto”. Ese freno inicial tiene un impacto enorme en la carrera, también económico. Por eso es tan importante levantar la mano y reivindicar.
¿Se ha encontrado con mujeres que ponen obstáculos a otras mujeres?
Sí, ocurre. Algunas mujeres que empezaron a trabajar en este sector hace décadas tuvieron que endurecer su comportamiento para sobrevivir en un entorno donde eran aún más minoritarias. A veces replican las mismas trabas que pondría un hombre. Cada vez pasa menos, pero existe.
“Nunca sentí discriminación hasta que empecé a trabajar”
Como ingeniera aeronáutica, ¿qué avance va a cambiar realmente las reglas del juego en defensa?
Si tuviera que elegir una sola palabra, sería integración. Integrar sistemas, inteligencia artificial, datos, sensores y ciberseguridad para que trabajen como un todo. La IA estará en todas partes, igual que los sistemas autónomos y el análisis masivo de datos. Pero no podemos olvidar a la persona pues el criterio, la experiencia y la intuición humana siguen siendo insustituibles.

¿Qué proyecto le hizo pensar “esto va a cambiar la seguridad”?
Hace más de quince años desarrollamos un sistema de integración de sensores -drones, radares, cámaras- que representaba toda la información en un mando y control similar a un videojuego. Ahí vimos que era escalable, que podía incorporar más tecnología y departamentos, y que podía transformar la seguridad y el modo de vida. Pero en el centro de todo estaban los ingenieros, quienes convierten datos en decisiones.
“Hay que influir y dejar huella, pero no dejar cicatrices”
¿Qué se está comunicando mal a la hora de atraer talento joven a la industria de defensa?
No estamos explicando bien que trabajar en defensa es trabajar por el bien común. Se asocia a lo bélico, pero es proteger la sociedad y su modo de vida.
También falta transmitir la cultura del esfuerzo. Hoy todo se quiere rápido y con poco esfuerzo, y eso no es real: diseñar satélites, aviones o IA exige preparación continua. Los jóvenes tienen valores positivos -viajar, disfrutar, equilibrar vida y trabajo-, pero hay que combinarlo con compromiso.

En un entorno tan técnico y masculino, ¿cómo consiguió que no le cortaran las alas?
Sigo ganándome la credibilidad día a día. Las barreras inconscientes son las más difíciles: personas que, sin mala intención, te frenan.
He vivido reuniones donde hablas y no te escuchan, y tu misma idea dicha por un hombre es “la mejor”. También pesa la brecha salarial del 20 % en puestos de responsabilidad. Por eso es clave generar referentes y liderazgo inclusivo. Yo levanté la voz por una sensación de injusticia, porque el querer tener una familia no significa renunciar a tu carrera.
¿Cuál es el error más frecuente que siguen cometiendo las empresas cuando intentan incorporar más mujeres a puestos de responsabilidad?
Reconocen la valía, pero no dan la oportunidad. A las mujeres se les exige cumplir el 100 % de los requisitos para ascender; a los hombres, con el 50 %, se les da la oportunidad de demostrar. Cuando una mujer toma conciencia de su valía y no recibe oportunidades, se va. Y las empresas pierden talento. Fidelizar es tan importante como atraer.
“Cuando una mujer toma conciencia de su valía y no recibe oportunidades, se va. Y las empresas pierden talento. Fidelizar es tan importante como atraer”
¿Qué dependencia exterior preocupa más a España en soberanía tecnológica?
La soberanía tecnológica debe ser europea, no nacional. Ningún país europeo puede ser autosuficiente en todas las capacidades estratégicas.
Somos países pequeños compitiendo con EE.UU. y China. Hay que colaborar, especializarse y reforzar la industria común.
¿Qué tecnología militar veremos pronto en la vida cotidiana sin saber su origen?
La frontera entre lo civil y lo militar es cada vez más difusa. La IA, el análisis de datos y los drones nacen ya con uso dual.
Sistemas civiles no críticos están mejorando tanto que empiezan a ser aceptados en defensa.

¿Ha elegido alguna vez un camino menos cómodo por tener mayor impacto?
Sí. Tras 17 años en mi primera empresa decidí cambiar. Me iba con gente conocida y con una buena oferta, pero aun así me fui llorando por vértigo.
Fue una de las decisiones más difíciles, pero también la más acertada. Salir de la zona de confort te abre la mente y te permite crecer.
¿Qué le diría a una niña de 14 años que quiere diseñar la tecnología que protegerá Europa?
Que lo intente. La ilusión merece ser intentada, aunque el esfuerzo no garantice el éxito. Intentarlo siempre garantiza aprendizaje.
Y si no lo consigue, no pasa nada. Y si lo consigue y luego no le gusta, también puede cambiar.
¿Siempre quiso ser ingeniera aeronáutica?
No. No tenía vocación aeronáutica ni referentes. Me gustaban las matemáticas y la física y elegí entre las ingenierías que podía estudiar.
La vocación llegó trabajando: navegación aérea, helicópteros, drones… Hoy soy una apasionada de mi sector.

¿Qué es lo más fascinante de trabajar con drones?
La variedad; desde microdrones que parecen avispas hasta pseudosatélites que vuelan días sin combustible.
Son herramientas clave para obtener información crítica en vigilancia, rescates o control marítimo. Serán complementarios a aviones y helicópteros, no sustitutivos.
¿Qué tipo de liderazgo cree que necesita hoy un sector tan técnico y exigente como el aeroespacial?
Necesitamos líderes, no jefes. Personas capaces de identificar el talento, que deje brillar a su equipo y trate a cada persona como esa persona necesita ser tratada. Yo siempre digo que un buen líder influye, acompaña y genera confianza. Hay una frase que me gusta mucho y que resume muy bien lo que debería ser el liderazgo hoy: “Hay que influir y dejar huella, pero no dejar cicatrices”.

