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Así es Begoña Alday, la primera mujer en completar un triatlón en la Antártida

La ex militar vitoriana relata para Artículo14 su desafío extremo: “Cuando pones tanto en un proyecto colocas muy lejos la bandera de rendirte”

Begoña Alday completando los 180 km en bici para el triatlón de la Antártida
Celia López

Si hay algo más complicado que completar un triatlón – 3.800 metros a nado, 180 kilómetros en bici y otros 42 de propina corriendo-, es hacerlo en la Antártida con temperaturas negativas y con rachas de viento que pueden superar los 120 kilómetros por hora. La pregunta pertinente sería, ¿hay alguien capaz de afrontar ese reto?

Pues sí, en 2022 lo consiguió el danés Anders Hofman en 73 horas. Faltaba que una mujer se atreviera a realizar una hazaña semejante. Para eso está Begoña Alday. La vitoriana organizó una expedición de “solo mujeres” con la idea de afrontar un reto “durísimo” al que ha dedicado muchas horas de entrenamiento.

Reivindicación de espacios dedicados a los hombres

No se conformaba solo con conseguir un hito al alcance de muy pocos. Quería reivindicar también “la existencia de espacios para nosotras que siempre han estado dedicados a los hombres”. Se refiere, por ejemplo, a cuestiones semánticas que llevan a denominar la prueba como Ironman. “Nosotras tampoco queríamos que se llamara Ironwoman”, precisa. Así que apostaron por una fórmula intermedia: Ironhuman.

La idea de hacer un triatlón por la Antártida hace tiempo que rondaba por la cabeza de Begoña Alday. Como ella misma suele repetir: “no se trata de vencer al frío, sino de desafiar las barreras que aún dictan lo que creemos posible”. De sus años de oficial del Ejército y de la Marina Mercante ya conocía la zona en profundidad porque su trabajo se lo permitió. De hecho, salía con frecuencia a correr o a montar en bici por las heladas tierras del continente austral. “Estando allí me di cuenta de lo difícil que sería hacer una prueba de estas y miré si había algún triatlón para apuntarme”. Muy pronto le quedó muy claro que, por supuesto, no se organizaban eventos de ese tipo “y ahora entiendo por qué”.

Sí que se disputaban maratones porque se corre en el interior del continente donde hay una meseta más plana y se puede llegar en avión. “En cambio, en un triatlón tienes que empezar sí o sí en el agua y luego subirte en una bicicleta, así que tuvimos que buscar el lugar idóneo para llevar a cabo esta locura”, indica.

Nada iba a frenar a la vitoriana en su empeño. Comenzó a entrenar mientras buscaba sponsors para su aventura “hasta que surgió la idea de hacer un documental profesional que pudiera emitirse en cualquier plataforma de televisión”. Así que montó una productora audiovisual con su socia Camino Fernández “que se ha encargado de grabar mis entrenamientos para contar todo desde que surge la historia”.

La presencia masculina en el proyecto es nula. “En porcentajes muy altos los hombres suelen ser los dueños de las productoras y los trabajos de cámara en ambientes extremos son casi al cien por cien cosa de ellos”, denuncia Alday. Su proyecto era bien distinto. Se trataba de salvar “barreras invisibles”. Y para lograr el objetivo había que formar a mujeres que no tenían la experiencia previa de haber estado en la Antártida “para que pudieran demostrase a sí mismas que eran capaces de hacer cosas que antes creían imposibles”.

A finales de noviembre la expedición compuesta por Celia López y Anais López (operadoras de cámara), Vient Silvia (responsable de sonido), Camino Fernández (productora ejecutiva) y Begoña Alday partió en coche de Vitoria con destino a Madrid cargada de “muchísimo” material para la realización del documental, incluidas unas baterías portátiles suministradas por la empresa Bluetti, uno de sus sponsors.

Tras tomar un avión llegaron a Buenos Aires y, sin salir del aeropuerto, se subieron a otra aeronave el 30 de noviembre con destino a Usuhaia o, lo que es lo mismo, a la ciudad más austral del planeta situada a unos 2.400 kilómetros de distancia al sur de la capital argentina. Tras cinco días en la ciudad más poblada de Tierra de Fuego zarparon en barco rumbo a la Antártida con la despensa llena de alimentos, sobre todo frutas verduras o carne. Lo mejor de todo es que no tuvieron que guardarla en congeladores. “Con el frío que hace por allí no hacen falta esas cosas”, añade sonriendo. Una dificultad añadida fue predecir las condiciones meteorológicas, ya que cada año la situación del continente y el deshielo pueden variar de forma drástica.

El primer obstáculo en el camino era conseguir que el velero prestado por un amigo suyo pasara por el cabo de Hornos y atravesara el estrecho de Drake, “donde está el mar más peligroso del mundo y donde ya ha muerto mucha gente”. La verdad es que el barco era pequeño “pero muy robusto para el hielo” y Begoña Alday tenía la experiencia suficiente como para afrontar cualquier problema. Y es que a las difíciles condiciones de la vida a bordo, se unió la imposibilidad de entrenar por falta de espacio, la compleja logística de la alimentación, el oleaje y el desgaste tanto físico como mental.

Concluida la travesía de cuatro días, el 10 de diciembre atracaron en un punto indeterminado del contiene blanco, el único que no tiene ni fronteras ni banderas. El siguiente paso era encontrar el lugar idóneo para llevar a cabo con garantías su particular locura. Las condiciones climatológicas eran inmejorables si se tiene en cuenta la zona del planeta donde habían atracado. Era verano austral, lo que significa que la temperatura del agua estaba a -1 grado centígrado y en tierra oscilaba entre los -10 y los -15. Menos mal que el barco estaba acondicionado para dormir de una forma plácida sin temor a congelarse.

Nadar 3.800m con riesgo de hipotermia

La prueba de natación consistía en nadar 3.800 metros y para eso tenía que ir perfectamente equipada. Una chica de Zarautz le hizo un traje a medida con un material llamado open cell que permite regular la temperatura del cuerpo. “Para metérmelo había que hacer malabares porque tardé casi una hora en ponérmelo”, recuerda Alday. Lo importante era que no tuviera más de cinco milímetros de grosor de cara a cumplir con las reglas internacionales del triatlón.

El mayor riesgo que corría era sufrir una hipotermia, “pero cuando pones tanto en un proyecto colocas muy lejos la bandera de rendirte”. Pese a la temperatura “tremendamente horrible” del agua, la salinidad permite que no se congele hasta los -2 grados centígrados. Lo malo es que durante más de la mitad del recorrido lo tuvo que hacer a ciegas debido a que se creaba una capa de escarcha en las gafas que llevaba por el aire y la humedad, así que, mientras tanto, desde una piragua que le seguía muy de cerca le advertían de si tenía que ir a izquierda o derecha a fin de esquivar trozo de hielo o sin se tiraba alguna foca al agua.

Begoña Alday se preparó a conciencia para afrontar una posible hipotermia en otras pruebas como un Ironman completo en Groenlandia, otro medio en Islandia en condiciones invernales y con entrenamientos específicos en Groenlandia. Lo que no se podía entrenar es cómo hacer frente a las focas leopardo que alcanzan en el caso de las hembras cuatro metros de longitud y tienen un peso superior a la media tonelada.

Pues justo muy cerca de donde encajaron el barco frente a una cornisa de hielo marino se dieron cuenta de que un iceberg bastante próximo resaltaba la figura de una foca leopardo macho, algo menor que la de las hembras. “Tenía que decidir entre asumir su presencia o buscar otro sitio en condiciones, algo que es muy complejo”. Sabía que en tierra era muy complicado que atacara porque se mueve mucho mejor en el agua. “No siempre lo hacen porque a veces solo se reviran y te puedes llevar un buen mordisco”, afirma. Todo salió bien. El animal no se le acercó. “Estuvo por ahí nadando, pero no me hizo nada”. De todos modos, la persona que le acompañaba no le perdió de vista en ningún momento.

Tras más noventa minutos en las gélidas aguas de la Antártida, su siguiente reto era completar 180 kilómetros en bicicleta. Para ello utilizó una fat bike con unas ruedas muy anchas y que resultan muy pesadas. “Vas muy despacio y la prueba puede durar varios días”, señala. La media viene a ser de unos 3 km/h, “o sea, que vas más rápido andando”. Luego está el viento “que sopla con mucha fuerza y que a pesar de ir con botas de clavos te resbalas mucho en zonas de hielo y te hace caer muchas veces”, así como las grietas ocultas bajo la superficie helada. Durante las noches apenas corrió con un frontal para iluminarse.

En esa época del año el sol se oculta solo una hora, “así que vas con luz solar todo el rato o, si no, con mucha claridad que te permite ver siempre bien el camino”. Para que no le fallaran las fuerzas, a lo largo de su travesía con su fat bike siempre se alimentó a base de nugels de arroz y pollo, de purés de patata, “o de cualquier cosa que se pueda hacer con agua hirviendo que aporten muchos hidratos de carbono”, de barritas de proteínas o de comida deshidratada.

La ‘pelea’ con los pingüinos

Lo más gracioso de la prueba fue su continua pelea con los pingüinos que querían marcar su territorio. Begoña Alday se movía siempre en círculos con su pesada bicicleta, “nunca en línea recta”, e iba dejando un surco por donde atravesaba. Los pingüinos son animales que viven en colonias, conviven juntos y pasan siempre por los mismos caminos. Lo que ocurrió es que al ver los surcos que dejaba la fat bike de la vitoriana, los animales pensaban que eran suyos. “Total, que se paraban allí, y no les podía apartar del camino”, dice riéndose otra vez. Los problemas iban en aumento porque los okupas tardaban mucho tiempo en desalojar. “Al principio creo que venían un poco por curiosidad, lo que pasa es que luego se juntaban muchos y no había forma de apartarles de allí porque supongo que les resultaban caminos más cómodos y se cansaban menos”, añade.

Concluida la prueba de la bicicleta, y tras más de treinta horas ininterrumpidas de frío y fatiga, solo le quedaba la maratón para finalizar su reto siempre con el temor de que el hielo se pudiera romper en cualquier momento. Se puso ropa térmica proporcionada por la marca Altus con unas manoplas para las manos y a tirar millas. El temor a que sucediera cualquier contingencia estaba siempre latente en la expedición.

En la Antártida no hay alojamientos, solo bases militares que pueden estar a uno o varios días andando “así que si te pasa algo te las tienes que arreglar tu sola”. Begoña Alday, que había sido militar, trató de ponerse en contacto con las dos bases que tiene el Ejército en la zona -Gabriel de Castilla y Juan Carlos I- que están dedicadas a la investigación y no se mostraron nada receptivas a la hora de echarles una mano en caso de necesidad. “Sentimos mucho rechazo y nos dio pena porque su respuesta fue que no estaban allí para retos deportivos”, espeta.

Atleta y responsable del proyecto

Otro de los momentos “jodidos” fueron previos al reto. Debía entrenar fuerte si quería tener éxito en la prueba y, al mismo tiempo, buscar patrocinadores, algo que le llevó mucho tiempo. “Al hecho de tener que realizar un triatlón en condiciones extremas se unió que yo era la jefa de personal con la responsabilidad de tener gente a tu cargo y cuidar de ellas”, subraya. Además, trataba de abaratar los costes de un proyecto “en el que nadie ha cobrado” y que al final ha salido por 200.000 euros “cuando lo previsible es que rondara el millón”. Ese desdoblamiento entre atleta y responsable máxima de la expedición le generó mucho estrés. “Es que para que el proyecto salga adelante tienes que poner muchísimo de ti y estar pendiente de todo”. Visto lo visto, todos sus esfuerzos no resultaron baldíos. “Saber que hemos vuelto todas y que todo ha salido bien es como para celebrarlo”, asegura la vitoriana.

 

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