La crisis desatada por Donald Trump ante su indubitable e in crescendo interés por controlar Groenlandia podría tener consecuencias de gran magnitud. Por el momento, el dirigente norteamericano parece circunscribirse a poner en conocimiento de todo el mundo –y nunca mejor dicho– sus opciones, así como posibles estrategias a seguir de acuerdo con el camino iniciado hacia la ambicionada isla. En cualquier caso, la retórica que emplea es contundente e implacable. Así las cosas, resultan extremadamente reveladoras sus declaraciones, algunas de las cuales se reducen a señalar que su objetivo será satisfecho de un modo u otro. Su discurso –generalmente acompañado de toda clase de insolencias y bravuconerías– mantiene a la comunidad internacional sobresaltada y, por supuesto, en alerta ante los siguientes pasos que pueda llegar a dar en los próximos días. No obstante, son los dirigentes políticos groenlandeses y daneses (dado que Groenlandia pertenece oficialmente al reino de Dinamarca) quienes tratan de resistir de forma directa los envites lanzados por Trump, asumiendo a su vez la ardua tarea de proteger un territorio con sumo cuidado para no avivar el escenario altamente crítico que se vive en estos días.
Las radicales palabras del máximo dirigente de Estados Unidos están también calando hondo y haciendo mella, muy especialmente, en el conjunto de Europa. Sus líderes se dedican, desde hace semanas, a escrutar cada detalle y a analizar los acontecimientos que se suceden con rapidez. En definitiva, la agitación en el viejo continente es máxima. Precisamente con motivo de la controversia suscitada, Dinamarca, Finlandia, Francia, Alemania, los Países Bajos, Noruega, Suecia y Reino Unido enviaron –el jueves pasado– fuerzas militares para llevar a cabo misiones de reconocimiento en Groenlandia. El mensaje que, según parece, se quería hacer llegar a la Casa Blanca era el siguiente: Dinamarca y sus aliados cuenta con capacidad suficiente para proteger la isla en el caso de que sea necesario. Han querido, por tanto, rebatir el argumento esgrimido por Donald Trump consistente en afirmar que la isla ártica debe quedar bajo control norteamericano por razones de seguridad.
La reacción de Trump a las tropas europeas en Groenlandia
Sea como fuere, tras la llegada de tropas europeas, la reacción estadounidense no se ha hecho esperar. Dos días después, la Casa Blanca anunciaba la imposición de un arancel del 10% aplicable a los productos procedentes de los Estados implicados en el reciente despliegue militar realizado sobre Groenlandia. Esta medida, que será efectiva a partir del 1 de febrero, podría ser retirada en el caso de que se permitiera a Estados Unidos comprar Groenlandia. Esta agresiva estrategia no se queda aquí. Según señala la administración norteamericana, las medidas impositivas podrían aumentar hasta un 25% si no se llegara a alcanzar acuerdo alguno para, como tarde, el 1 de junio.

Sin duda, esta batería de acciones refleja el carácter insaciable de Donald Trump, quien –traspasando los límites que marcan las fronteras a partir de las cuales un Estado no puede intervenir en los asuntos internos de otros– parece dispuesto a pasar por encima de la soberanía estatal ajena. En definitiva, está poniendo todo su empeño en negar la voluntad política del territorio afectado –Groenlandia– y reducirlo a un mero objeto de transacción. Trump parece así situarse por encima de unos principios que su propio país impulsó y que fueron incluidos en los primeros artículos de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Es, de hecho, en su precepto legal segundo donde se recogen el principio de igualdad soberana y el de no intervención. Ambos principios lograron imponerse tras el final de la Segunda Guerra Mundial, si bien es cierto que su origen se remonta a mucho tiempo atrás. Fue en 1648 –al noroeste del entonces Sacro Imperio Romano Germánico– cuando se sentaron las bases del sistema internacional basado en la soberanía de los Estados y en el respeto de su integridad política y territorial. Fue, concretamente, en Westfalia, donde se firmaron dos tratados a partir de los cuales las entidades políticas –imperiales, principescas, eclesiásticas, etc.– dejaron de quedar subordinadas al poder imperial, pasando todas ellas a gozar un estatus igualitario. Así pues, los acuerdos en cuestión –que, por cierto, pusieron fin a algunos de los conflictos bélicos más prolongados de la Europa moderna– marcaron un punto de inflexión en la configuración del orden internacional emergente en la medida en que cuestiones tan esenciales como la igualdad y la no intervención serían –siglos después– incorporados como pilares fundamentales de la Carta de la ONU.
Sea como fuere, más allá de los principios anteriores que marcan claras líneas rojas, la disputa en torno a Groenlandia ha seguido su curso. Tras la hostil respuesta de Estados Unidos, Francia ha sugerido implementar enérgicos instrumentos de defensa comercial. Este mecanismo anti-coerción –conocido en inglés como trade bazooka; un término que ilustra el carácter categórico de las acciones que lleva aparejadas– se ideó originalmente cuando China impuso severas restricciones a Lituania con motivo de su acercamiento a Taiwán. Ahora, Europa, cansada de los “caprichos” y giros abruptos de Donald Trump, parece estar dispuesta a emplear este instrumento disuasorio contra su aliado tradicional. Se trata de un vuelco inesperado del guion que la Comisión Europea deberá valorar cuidadosamente antes de que sea aplicado, siempre que la Casa Blanca persista en la idea de presionar a los Estados europeos para, en última instancia, forzar un acuerdo sobre Groenlandia.

Sólo hacerse con Groenlandia es apto para Trump
Consecuentemente, la isla ártica está resultando ser una pieza clave en el tablero geopolítico actual. Trump ha insistido –en estos días– en que quiere Groenlandia porque, a su modo de ver, sólo se puede defender lo que verdaderamente se posee. Groenlandia y Dinamarca siguen anclados –como es lógico– en la idea de que es vital respetar la integridad territorial de los Estados. Las probabilidades de entendimiento parecen reducidas, aunque ambas partes se han comprometido a continuar negociando fórmulas que puedan contentar a todos. En todo caso, el presidente norteamericano ha reiterado, una y otra vez, que cualquier alternativa que no conlleve la adquisición de la isla resultara totalmente inaceptable. Esta crisis desatada con Groenlandia y Dinamarca podía haberse evitado, considerando que Estados Unidos ya cuenta con bases militares que le permiten actuar de facto sobre el extenso terreno groenlandés. Así, en lugar de haber tensionado la relación al sugerir una apropiación territorial ilícita, podía haber optado por reforzar los lazos existentes.

Asimismo, el hostil comportamiento de Donald Trump hacia Europa desconcierta. El líder norteamericano parece querer marcar distancias con un continente que, desde hace largo tiempo, ha sido su gran aliado. Imponer sanciones comerciales a quienes lo integran resulta un sinsentido que podría acarrear consecuencias inesperadas. Por supuesto, llevar a término su amenaza de hacerse con Groenlandia podría desencadenar una situación altamente conflictiva que socavaría la relación transatlántica a todos los niveles, dañando de forma particular a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Estaría, pues, en juego la cohesión de esta Alianza. De hecho, hay quienes advierten que esta organización parece haber emprendido un progresivo proceso de debilitamiento con implicaciones directas para su futuro. A estas alturas, cualquier movimiento –o silencio– tiene una relevancia capital que sitúa a la OTAN en el centro del debate en torno a su estabilidad y, en última instancia, su capacidad de supervivencia. Habrá que estar muy pendiente de lo que suceda en Davos donde el presidente Trump ya se encuentra.
En todo caso, el “termómetro” de la crispación entre Estados Unidos y sus aliados parece que no deja de subir. Los deseos irrefrenables del mandatario americano están haciendo tambalear el sistema multilateral diseñado con gran esfuerzo a mediados del siglo XX. La ONU está siendo constantemente objeto de sus ataques; y, ahora, a raíz de la disputa con Groenlandia, la OTAN parece también ubicarse en su punto de mira. Estas organizaciones nacieron con objetivos distintos: la primera con la vocación de mantener la paz y la seguridad internacional y la segunda para forjar alianzas militares sólidas. Ambas comparten un elemento en común: el intento de promover decisiones consensuadas y posturas conjuntas ante los desafíos existentes bajo la premisa de que ningún Estado sea superior a otro.

Así pues, parece que este sistema, cuya base conceptual hunde sus raíces en el siglo XVII, está comenzando a desmoronarse. Quizá, con el tiempo, lo único que permanezca en pie –en el sentido más literal– sean las iglesias de la Paz de Jawor y Swidnica, construidas tras la Paz de Westfalia por el emperador católico Fernando III y bajo la presión de Suecia que se había acogido a la religión protestante. A pesar de las duras condiciones impuestas para su edificación, estas construcciones se han erigido como símbolos de reconciliación. Hoy, en medio de los desafíos y tensiones que amenazan el orden internacional, resultan especialmente significativas. Quizá, más que en otros momentos, debamos contemplarlas como un vestigio luminoso de un lejano pasado que supo superar sus diferencias mediante la diplomacia y la igualdad. Estas “dos luces”, testigos silenciosos de una época que transformó Europa y –con el tiempo– el mundo, nos recuerdan cómo las lecciones de paz y cooperación han tenido un tremendo impacto y, pese a todo, podrían llegar a desvanecerse. Ojalá puedan servir de inspiración para preservar la cooperación frente a las sombras de los conflictos que nos rodean.



