Conocemos a Marta Insausti en su Almacén de Viajes, un espacio en la calle madrileña Juan Español donde ha creado una comunidad de viajeros que quieran compartir sus experiencias. “Los viajes te transforman de tal manera que a la vuelta necesitas compartirlo“, nos asegura, mientras nos enseña el espacio de 200 metros cuadrados donde el próximo sábado 9 de mayo reunirá a todos los ‘Mundanos’ que quieran acercarse.
Insausti es una viajera y aventurera, aunque no siempre fue así. Madre de familia y empresaria, Marta vivía en la capital española una vida convencional. Pero, tras una década “tremendamente dura” en la que vivió la quiebra de su negocio, un divorcio y un cáncer.

Tras aquel giro de 180 grados decidió “agarrarme a la moto, lo que siempre había sido mi pasión” y se embarcó en una aventura extraordinaria: la vuelta al mundo en moto y sola. “Todo eso fue todo en una batidora y caí en una depresión profunda”, recuerda Marta.
Con 55 años y un “papel en blanco” por delante, decidió poner rumbo a lo desconocido.
La Fundación Vicente Ferrer como punto de partida
La idea de la vuelta al mundo surgió de una carta de la Fundación Vicente Ferrer, que la invitaba a visitar su proyecto en el sur de la India.
Lo que comenzó como un “viajecito” por Italia, se transformó en la planificación de un viaje global. Marta no le dijo nada a nadie al principio, convencida de que no lo haría.
“Lo hacía más como como un divertimento y una distracción, pero no pensaba que de verdad fuera a hacerlo”, confiesa. Pero lo hizo, y aún recuerda lo impactante que fue ese día, al salir de su barrio en Vallecas.
“Yo iba pensando, Marta, si es verdad lo que has planificado, no vas a volver por aquí en muchísimo tiempo”, se decía a sí misma mientras miraba por el retrovisor su casa, la que dejaba atrás aquel 16 de septiembre.
Comenzó a recorrer kilómetros y llegó un momento que le embargó de emoción, el de cruzar la primera frontera, la de Francia. “Estaba tan emocionada que quería hacerme una foto, pero me temblaban las piernas, hasta el punto que me caí en un prado”, recuerda divertida. Ese pequeño incidente le mostró por primera vez la solidaridad de la gente. “Se paró corriendo un coche, vinieron a ayudarme. Y a partir de ahí fue así todo el viaje, es increíble lo que la gente te ayuda”, nos cuenta.
Un equipaje mínimo y la magia de Irán
El equipaje de Marta era mínimo para poder llevarlo en la moto: tres camisetas, un vaquero, botas, deportivas y chanclas, “eso más la ropa de la moto, una reflex y toda la parte electrónica, para poderme llevar ordenador, gps….”, un desafío constante, pero la improvisación se convirtió en su mejor aliada.

De los 32 países que visitó, no duda cuando le preguntamos cual fue el que más le marcó. “Irán me sorprendió muchísimo, por su arte, es un país super moderno, con muy buenas infraestructuras, donde se come fenomenal y encima es muy barato”, aunque lo mejor de Irán, en su vivencia fue la gente que conoció allí, “los iraníes no es que sean hospitalaria es que me quedo sin adjetivos, es una cosa increíble. Se me echaban encima cuando me veían por la carretera para ofrecerme comida, sólo porque veían una matrícula extranjera. Cuando paraba a echar gasolina se me agolpaba la gente que quería ayudarme, invitarme, agasajarme. Es un país que no olvidaré nunca”, afirma.

Hasta allí viajó su hija para hacer una parte del viaje junto a ella. Juntas descubrieron la cultura y dominio del inglés de las mujeres iraníes. “Se nos acercaban muchísimas mujeres a charlar con nosotras”, recuerda.
Seguridad y solidaridad
En cuanto a la seguridad, Marta admite que pocas veces pasó miedo “casi ninguna”. “Es curioso pero te ven las canas y eso es como un seguro, te sienten como una madre y te respetan“, nos cuenta. Reconoce que el lugar donde se sintió más vulnerable fue en Guayaquil, Ecuador, debido a la tensión social y el narcotráfico.

Sin embargo, su experiencia le enseñó que “tú pides auxilio en la calle, a cualquier persona, sea quien sea, y siempre, siempre, te sacan del apuro”, asegura.
Además de la vivencia personal, el viaje de Marta también tuvo un componente solidario. Recaudó fondos para la Fundación Vicente Ferrer y para CRIS contra el Cáncer, una causa que le tocaba de cerca.
“Me parecían dos causas por las que merecía la pena esforzarse para recaudar dinero“, explica.
Aunque pensó que recaudaría más, logró reunir alrededor de 10.000 euros para la Fundación Vicente Ferrer y unos 8.000 para CRIS. Lo más gratificante, sin embargo, fue saber que su aventura inspiró a muchas personas a hacerse socias de estas organizaciones.
La espinita de Bolivia
“Estaba con el COVID estaba cerrada la frontera de Chile con Bolivia y no pude pasar y aquello yo lo tenía en mente, el Salar de Uyuni, conocer la paz, conocer Bolivia que tiene que ser impresionante y no pude”, lamenta.

A cinco mil kilómetros de acabar su aventura, en Nueva Orleans su moto no pudo más “gripó y no era posible repararla, así que me dejaron una para llegar hasta Nueva York que era donde cogía el avión de vuelta a España”, recuerda.
Aunque lleva de nuevo instalada en Madrid algunos años, la historia de Marta Insausti no se puede dar por finalizada, “me han hablado tan bien de África que algún día tengo que conocerlo”, reconoce, “con la jubilación espero seguir explorando el mundo”.
