Perfil

De paciente a filántropa: la historia de Lola Manterola, fundadora de CRIS contra el Cáncer

Cuando a los 37 años le diagnosticaron un mieloma múltiple avanzado, aceptó un tratamiento experimental. Fue el origen de un modelo de investigación oncológica independiente y rigurosamente financiado que impulsa cientos de ensayos clínicos y acerca la innovación científica al paciente

Lola Manterola, fundadora de CRIS Contra el Cáncer

Para que la ciencia avance hacen falta investigadores brillantes, tecnología puntera y recursos. Pero también pacientes dispuestos a cruzar la frontera de lo desconocido. Lola Manterola fue una de ellas cuando, con 37 años y un mieloma múltiple avanzado, aceptó entrar en un tratamiento experimental. No era un gesto heroico, sino necesidad. Y, sin saberlo entonces, el origen de una estructura que hoy financia cientos de ensayos clínicos en varios países.

“Si hubiera enfermado un año antes, no habría llegado al tratamiento que me salvó”, ha repetido muchas veces. Su vida, hasta ese diagnóstico, era la de una profesional exitosa. Licenciada en Derecho, analista financiera en Londres, Alemania y España y madre de dos hijos pequeños. El primer síntoma fue un cansancio inexplicable. Después, la palabra que lo cambia todo: mieloma múltiple. Tras un trasplante de médula que no logró erradicar la enfermedad, fue su marido, el inversor Diego Megía, que buscó alternativas hasta dar con un ensayo clínico en España que acabó dándole una segunda oportunidad.

Mariano Barbacid y Lola Manterola, impulsores de una campaña de recaudación de fondos para financiar el Proyecto de Cáncer de Páncreas
CRIS Contra el Cáncer

A partir de esa experiencia fundó en 2010 la Fundación CRIS contra el Cáncer (Cancer Research & Innovation in Science), una organización independiente, financiada exclusivamente con fondos privados, que ha invertido ya más de 64 millones de euros en investigación oncológica. “Luchar contra el cáncer es supervivencia, no filantropía”, sostiene Manterola.

La herencia familiar

Cuando habla, mezcla convicción moral y precisión técnica. Y no es casual. Lola creció en una familia de intelectuales. Su madre, María Dolores Jara, fue profesora de Historia y Constitución que llegó a dar clase al Rey Felipe VI; su padre, Javier Manterola, es uno de los ingenieros de caminos más prestigiosos de España y académico de Bellas Artes de San Fernando. En casa se hablaba de igualdad, mérito o compromiso.

Esa educación dejó como huella el deber de involucrarse, en lugar de limitarse a la queja. Quizá por eso CRIS nació con una estructura más cercana a un modelo anglosajón que al voluntarismo clásico español. Un comité científico internacional, auditorías rigurosas, selección competitiva de proyectos y una obsesión por trasladar la investigación al paciente lo antes posible.

Manterola ideó la fundación como una herramienta eficaz. Hoy cuenta con más de 74.000 socios regulares y financia unidades propias en hospitales públicos como el 12 de Octubre, La Paz o el Clínico San Carlos, además de colaborar con centros en Reino Unido, Francia y otros países. Solo en 2023 registró ingresos de 15,4 millones de euros, el 100% de origen privado: 68,6% de cuotas de socios, 11,4% de empresas, 12,5% de eventos.

En 15 años ha apoyado cerca de 500 ensayos clínicos, más de 150 líneas de investigación, ha contribuido a licenciar 15 patentes y ha beneficiado directamente a más de 8.000 pacientes. Las cifras impresionan, pero lo relevante es el enfoque: investigación con vocación de hospital. Eso se traduce en medicina personalizada, inmunoterapia, terapias celulares como CAR-T o la tecnología STAb, detección precoz mediante biopsia líquida, lucha contra resistencias tumorales.

“Cada euro invertido en ciencia no es un gasto, es salud”

Manterola insiste en que el cáncer no es solo un problema sanitario, es una cuestión estructural de inversión. “Uno de cada dos hombres y una de cada tres mujeres nacidos después de 1960 sufrirá cáncer a lo largo de su vida”. No es alarmismo, sino estadística. Y, según ella, también es una llamada a la acción colectiva.

CRIS se financia sin subvenciones públicas. Defiende la colaboración pública y privada y no oculta su frustración cuando decisiones políticas frenan la aceptación de donaciones o la aprobación de terapias celulares avanzadas. Ha reclamado ante el Ministerio de Sanidad y la Agencia Española del Medicamento una mayor agilidad en la aprobación de tratamientos innovadores. Porque en oncología, retrasar es perder.

Lola Manterola, en El Hormiguero

En 2024 fue incluida entre los españoles más influyentes y ha figurado en la lista Forbes. Pero su discurso no se centra en reconocimientos. En jornadas como la celebrada por el Día Mundial contra el Cáncer de Mama lo resume con una frase sencilla: “Cada euro invertido en ciencia no es un gasto, es salud”.

Su modelo combina grandes galas capaces de recaudar tres millones de euros en una sola noche en Londres, París y Madrid con el tejido invisible de la sociedad civil. Padres que organizan una fiesta solidaria y reúnen 150.000 euros, taxistas que venden pulseras, socios que aportan diez euros al mes. “No podemos darle fondos a un investigador este año y quitárselos al siguiente. La ciencia necesita continuidad”.

Cómo le gustaría contar el cáncer a sus nietos

En lo personal, su biografía está lejos de la grandilocuencia. Habla de lo cotidiano. De la dificultad de contar la enfermedad a sus hijos pequeños, de intentar aparentar normalidad mientras recibía corticoides que alteraban su ánimo o de la peluca que se desprendía cuando su hijo le tiraba del pelo. “A las mujeres nos cuesta más delegar incluso en la enfermedad”, reconoce. Aprendió que el paciente es la prioridad y que hace falta alguien fuerte al lado que pregunte al oncólogo, que exija y que no se conforme.

Su sueño es llegar a ser abuela y contarles a sus nietos que el cáncer fue una enfermedad que mataba a mucha gente, pero que la ciencia consiguió convertir en algo controlable, quizá en una pastilla. En Lola Manterola conviven esos dos tiempos. El de la superviviente que sabe que estuvo al borde y el de la estratega que piensa en un futuro no muy lejano. No habla de milagros, sino de inversión, talento, voluntad política y una sociedad activa. Su vida demuestra que aceptar un tratamiento experimental puede ser un acto necesario. Fundar una organización para que otros también tengan esa opción es otra cosa. Es convertir la experiencia en una forma organizada de esperanza.

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