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Raygun, la breakdancer de Paris 2024, se abre al mundo para contar su historia

El estreno del documental "Nunca dejaré de bailar" muestra al mundo la realidad sobre Raygun y la presión en el deporte de élite

El debut del breakdance en los Juegos Olímpicos de París 2024 prometía ser una fiesta de la cultura urbana y el deporte. Sin embargo, para Rachael Gunn, conocida mundialmente como ‘Raygun’, se convirtió en el día más importante de su vida y, simultáneamente, en una pesadilla mediática. Tras meses de silencio, un nuevo documental saca a la luz la historia íntima de la atleta australiana: un relato sobre la presión extrema, la salud mental, bulos machistas y la decisión consciente de convertir una derrota segura en un acto de identidad.

De la sorpresa en Oceanía a la realidad olímpica

Para entender la historia de Raygun hay que separarla de la etiqueta de “aficionada” que las redes intentaron colgarle. Profesora universitaria y doctora, Gunn no empezó a practicar break dance hasta la edad adulta y jamás había planeado convertirse en atleta olímpica.

Cuando se abrió la puerta del breaking en París 2024, participó en el torneo clasificatorio de Oceanía. Las expectativas eran tan terrenales que su propio padre acudió a verla con la única misión de consolarla tras la inminente derrota. Pero ocurrió lo inesperado: Raygun ganó. Superó a las mejores b-girls de Australia en una competición justa y legítima. Nadie le regaló la plaza.

El verdadero desafío comenzó al comprobar el abismo competitivo. En París se enfrentaría a la élite mundial, deportistas que llevaban toda su vida preparándose exclusivamente para ese momento. Consciente de que no podía alcanzar el nivel técnico del resto de las atletas, Gunn comenzó a sufrir una intensa ansiedad, recurriendo a una psicóloga deportiva y a medicación antidepresiva. Al pisar la villa olímpica, rodeada de la magnitud del evento, se derrumbó entre lágrimas y sufrió un ataque de pánico.

“Voy a hacer cosas raras”

Con el marcador en contra desde el inicio y sabiendo que no tenía opciones matemáticas de victoria, su objetivo mutó a lo largo de las batallas: aspirar a conseguir al menos un voto de los jueces. Tras perder sus dos primeros enfrentamientos por un contundente 18-0, le esperaba el último y más duro escollo: la entonces campeona del mundo, Nika.

Fue en ese preciso instante cuando cambió el plan de juego. Le dijo a su entrenador: “Si yo no puedo competir haciendo lo mismo que ella, voy a hacer algo que nadie ha visto”. Y añadió: “Voy a hacer cosas raras”.

De ahí surgieron la natación, el aspersor y el icónico canguro; movimientos coreográficos inspirados en la fauna y la cultura cotidiana de Australia. Lejos de ser una burla o una falta de respeto hacia la disciplina, se trataba de un homenaje irónico a su país y una vía de escape creativa ante la imposibilidad de ganar bajo los estándares habituales.

Del chiste fácil al linchamiento digital

El público y los algoritmos convirtieron su actuación en un meme global instantáneo. Sin embargo, la comedia digital cruzó rápidamente la línea hacia el ciberacoso. En internet se propagaron bulos malintencionados que aseguraban que había hecho trampas para conseguir su plaza olímpica, una falsedad absoluta desmentida por su esfuerzo en las eliminatorias previas.

A pesar del desgaste emocional y de la crueldad del escaparate público, el documental refleja la profunda resiliencia de la australiana. En su testimonio, Gunn reconoce que lo pasó realmente mal, pero afirma de forma rotunda que mereció la pena. Su determinación se resume en una frase que desmonta el juicio digital: “Nunca dejaré de bailar”.