Delia Rodríguez es CEO de Vestalia Abogados, proyecto especializado en Derecho de Familia y Planificación Patrimonial. Desde hace 10 años está al frente de la compañía que fundó junto a su hermana.
Este verano llega cansada, pero profundamente ilusionada, después de uno de los años más intensos de su trayectoria, marcado por el crecimiento de Vestalia y, al mismo tiempo, por el reto personal de compaginar su responsabilidad al frente de la firma con la maternidad de una niña de un año y medio. Por eso, las vacaciones representan para ella una pausa especialmente necesaria: tiempo para estar con su familia, jugar con su hija, pasear junto al mar y olvidarse, aunque sea por momentos, de las responsabilidades profesionales. La fotografía que comparte, tomada en verano cuando era un bebé en brazos de su madre, resume precisamente ese valor de los vínculos familiares y de los recuerdos que permanecen. Este verano busca recuperar esa sensación de tiempo sin reloj, presencia y tranquilidad, para volver en septiembre con más energía, ilusión y ganas de comerse el mundo.
¿Dónde está hecha la foto que nos compartes y qué recuerdo especial te trae?
La fotografía está hecha en casa, un día de verano, y en ella aparezco siendo un bebé en brazos de mi madre. Es una imagen muy sencilla, pero también una de las más especiales que conservo.
Mi madre ha sido siempre una figura esencial en mi vida, una persona que derrocha luz. Es mi mayor referente, junto a mi padre, tanto en lo personal como en los valores con los que he intentado construir mi familia y mi proyecto profesional. Cuando miro esta fotografía no veo solo una imagen de mi infancia; veo el amor, la protección y la tranquilidad con la que tuve la suerte de crecer.
Me recuerda a esos veranos en los que el tiempo parecía pasar mucho más despacio. A los días sin reloj, las siestas largas, los juegos de mesa y a esa sensación de seguridad que solo se tiene cuando eres niño y sabes que alguien incondicional cuida de ti.
Ahora que soy madre, esa fotografía tiene un significado todavía más profundo. Entiendo mejor que nunca todo lo que hay detrás de unos brazos que te sostienen, protegen y acompañan sin pedir absolutamente nada a cambio. Y me emociona pensar que mi hija pueda conservar algún día una imagen parecida y sentir, al verla, el mismo cariño y la misma gratitud que siento yo hoy.
Al final, esa imagen no habla solo de un verano. Habla de los cimientos sobre los que he construido mi vida y también mi proyecto profesional.
¿Cómo llega a estas vacaciones? ¿Cuál ha sido el principal desafío profesional de los últimos meses?
Llego cansada, pero profundamente ilusionada. Ha sido, probablemente, uno de los años más intensos de mi trayectoria profesional.
En Vestalia hemos vivido una transformación muy importante. Hemos evolucionado desde un despacho especializado en Derecho de Familia hacia una firma que ofrece un asesoramiento más completo gracias al cual la protección de las personas convive con la planificación patrimonial y sucesoria. Hoy acompañamos a familias, empresarios y titulares de grandes patrimonios en decisiones que exigen una visión global, estratégica y muy personalizada.
Ese crecimiento ha supuesto un enorme reto para nosotros. No solo por lo que implica desarrollar nuevas áreas de práctica o liderar un equipo en expansión, sino porque hemos querido hacerlo sin renunciar a la esencia que nos ha traído hasta aquí: la cercanía con el cliente, el trabajo artesanal y la visión humanista que nos caracteriza.
Pero, sin duda, el mayor desafío de este último año ha sido otro. Compatibilizar ese crecimiento profesional con mi faceta como madre de una niña de un año y medio.
No voy a idealizar la conciliación porque creo que eso no ayudaría a nadie. Ha habido muchas noches sin dormir, jornadas muy exigentes, viajes, enfermedades infantiles, reuniones importantes y muchos momentos en los que parecía imposible llegar a todo…
Pero si algo he aprendido es que la conciliación no consiste en hacerlo todo perfectamente, sino en aceptar que habrá días en los que el equilibrio será más frágil que otros. También he comprobado que nadie construye un proyecto sólido en solitario, y que contar con un gran equipo y con una red de apoyo familiar ha sido fundamental para llegar hasta aquí.
Como muchas mujeres, me niego a elegir entre desarrollar una carrera profesional apasionante o disfrutar de mi familia. Creo que no deberíamos ver esas dos facetas como mundos incompatibles, sino como dimensiones que se enriquecen mutuamente y que pueden convivir la una junto a la otra sin culpabilidades ni renuncias.
Por eso afronto estas vacaciones como una pausa necesaria. Un tiempo para bajar el ritmo, compartir momentos con mi familia, recargar energía y volver en septiembre con la perspectiva que solo ofrece el auténtico descanso. Porque, al final, las mejores decisiones no siempre se toman trabajando más, sino sabiendo cuándo es el momento de parar.
¿Qué significa para ti desconectar?
Siendo abogada y empresaria, la palabra “desconexión” a veces parece casi una utopía. Es una profesión muy exigente, en la que siempre hay una llamada pendiente, una decisión que tomar o un cliente que necesita de ti imperiosamente. Aprendes a convivir con esa responsabilidad y a aceptar que, en cierto modo, nunca dejas de ser del todo abogada.
Aun así, con los años he entendido que desconectar no significa simplemente apagar el ordenador o dejar de mirar el correo electrónico. La verdadera desconexión ocurre cuando consigues que la mente deje de estar permanentemente en modo trabajo.
Para mí, desconectar es poder dedicar tiempo de calidad a mi familia, jugar con mi hija sin mirar el teléfono, leer un libro, pasear junto al mar o compartir una conversación tranquila con las personas que quiero. Son momentos aparentemente sencillos, pero que tienen un enorme valor porque me permiten recuperar la perspectiva.
También he aprendido que descansar no es un premio que uno se concede cuando termina el trabajo, sino una necesidad. Igual que cuidamos de nuestro cuerpo, también debemos cuidar de nuestra mente, pues solo así podemos volver con la energía, la creatividad y la claridad que exige liderar un proyecto y tomar decisiones importantes para ti, para tu equipo y para los clientes.
En definitiva, de este verano espero conseguir sentirme en paz, aunque solo sea durante pequeños espacios de tiempo. Permitirme “el lujo” de no pensar en todo a la vez, soltar mentalmente las responsabilidades y recordar que, además de abogada y empresaria, también soy madre, esposa, hija, hermana y una persona que necesita parar de vez en cuando para seguir avanzando.
¿Eres de las que consigue olvidarse del trabajo en vacaciones o siempre queda un ojo puesto en el móvil?
Lo intento, pero no siempre es posible.
La abogacía exige un alto grado de compromiso y, en el ámbito del Derecho de Familia, esa realidad es todavía más evidente. Aunque durante el verano la actividad de los tribunales disminuye, la vida de las familias no se detiene.
Las separaciones, los conflictos relacionados con los hijos o las situaciones urgentes no entienden de vacaciones y, cuando tu trabajo consiste en acompañar a las personas en algunos de los momentos más delicados de sus vidas, desconectar por completo resulta una utopía.
Afortunadamente, cuento con un equipo extraordinario. Esa es, probablemente, una de las mayores satisfacciones de estos últimos años. Saber que el despacho sigue funcionando con la misma profesionalidad, y que nuestros clientes continúan perfectamente atendidos, me permite disfrutar de las vacaciones con mucha más tranquilidad de la que tenía cuando empezamos.
Ahora bien, dirigir una firma implica asumir una responsabilidad que nunca desaparece del todo. Hay decisiones estratégicas, asuntos especialmente sensibles o situaciones excepcionales que requieren mi intervención. Forma parte del cargo y lo asumo con absoluta naturalidad sin que me pese.
Por eso intento encontrar un equilibrio. No aspiro a una desconexión absoluta (porque sé que, en mi profesión, es poco realista), sino a estar verdaderamente presente cuando estoy con mi familia. Si tengo que atender una llamada importante, la atiendo. Pero también procuro regalarme momentos en los que el trabajo deja de ocupar el centro y puedo disfrutar de una conversación, de un paseo o de una tarde con mi hija sin pensar constantemente en lo que ocurre al otro lado del teléfono.
Al final, he descubierto que desconectar no consiste solo en apagar el móvil, sino en conseguir que el trabajo deje de ocupar todos los espacios de tu cabeza. Y esa, aunque no siempre se consiga, me parece la mejor forma de volver con la energía y la claridad que exige liderar un proyecto.
¿Cuál es el mayor lujo que te permites durante las vacaciones?
Sin ninguna duda, el tiempo con los míos.
Vivimos en una sociedad en la que siempre parece que nos falta tiempo para todo y, cuando diriges una empresa, esa sensación se multiplica. Durante el resto del año intento estar muy presente tanto en el despacho como en casa, pero inevitablemente hay días en los que las reuniones, los viajes o las responsabilidades hacen que cada minuto esté planificado.
Por eso, desde que soy madre, el mayor lujo que me permito durante las vacaciones es dedicar tiempo de calidad a mi hija. Tiempo de verdad. Sin mirar constantemente el reloj, sin interrupciones y sin esa sensación de que siempre hay un correo por responder o una llamada pendiente. También habrá espacio para Cova, nuestra perra caniche, que es una más de la familia (y altamente demandante).
Me gusta pensar que los recuerdos más importantes de la infancia no se construyen con grandes planes, sino con pequeñas cosas: un paseo, una tarde de juegos, un baño juntas en el mar, un yogur compartido o un cuento antes de dormir. Son momentos aparentemente sencillos, pero que acaban convirtiéndose en los recuerdos que permanecen toda la vida.
Curiosamente, dedicar ese tiempo a lo importante también me ayuda a mí. Mi hija tiene la capacidad de obligarme a bajar el ritmo, a vivir más el presente y a recordar que el éxito profesional pierde parte de su sentido si no eres capaz de disfrutar de las personas por las que, precisamente, trabajas cada día.
Al final he aprendido que el verdadero lujo no consiste en hacer grandes viajes o desconectar en un destino exótico. Todo eso ya lo he hecho en muchas ocasiones y seguía teniendo esa inquietante sensación de “me falta algo”.
Para mí, el mayor privilegio es poder regalar tiempo a quienes más quiero. Porque el tiempo es el único recurso que nunca podremos recuperar y, precisamente por eso, es también el más valioso.
¿Qué libro, serie, pódcast o canción te acompañará este verano?
Si soy sincera, este verano mi banda sonora tendrá poco que ver con las listas de moda de Spotify o los pódcast sobre liderazgo femenino. Tampoco dedicaré tiempo a ver la televisión, pues mi hija no tiene acceso a pantallas (ni lo tendrá hasta que sea más mayor).
El periodo estival estará repleto de canciones infantiles, cuentos antes de dormir, juegos con el ratón Mousy (el amiguito de las clases de inglés) y todas esas melodías que ahora forman parte del universo de mi hija.
Y, lejos de echar de menos otras lecturas o contenidos, lo disfruto muchísimo. Hay una etapa en la vida de los hijos que pasa muy deprisa y quiero vivirla plenamente. Cantar y bailar con ella, inventar historias mágicas o leerle por enésima vez su cuento favorito al final del día son momentos que hoy parecen cotidianos, pero estoy convencida de que algún día serán algunos de nuestros mejores recuerdos.
Como abogada de familia, veo cada día cómo el tiempo compartido entre padres e hijos tiene un valor incalculable. Quizá por eso ahora soy todavía más consciente de que estos veranos no volverán y de que dentro de unos años cambiarán los cuentos por otras conversaciones con amigos y las canciones infantiles por sus propias playlists.
Así que, mientras dure esta etapa, mi mejor libro será el cuento que me pida leer una vez más, mi mejor película será observarla mientras juega y mi canción favorita seguirá siendo una de Pocahontas (que es por lo que le ha dado ahora mismo a su corta edad).
Porque estoy convencida de que esos pequeños momentos son los que terminan construyendo los recuerdos más importantes de una familia.
Completa la frase: “Cuando vuelvo de vacaciones siempre regreso con más…”
Cuando vuelvo de vacaciones siempre regreso con algo más ganas de comerme el mundo.
Durante el año es fácil dejarse arrastrar por la inercia del día a día, por las reuniones, las decisiones urgentes y el ritmo que exige dirigir una empresa.
El verano me ofrece la oportunidad de tomar cierta distancia y observar el proyecto desde otra mirada para dejar paso a nuevas ideas e iniciativas emocionantes qué desarrollar durante el próximo “curso escolar”.
También vuelvo con más energía. Y descansar no significa dejar de ser responsable, sino recargar fuerzas para seguir dando lo mejor de uno mismo pues rara vez las decisiones más acertadas se toman desde el agotamiento extremo.
Y regreso, sobre todo, con ilusión. Me gusta septiembre porque tiene algo de nuevo comienzo. Es el momento de retomar proyectos, impulsar otros nuevos y afrontar los retos con una mirada renovada y más estratégica.
Al final, las vacaciones no solo sirven para desconectar del trabajo, sino para conectar contigo mismo y con tu propósito vital.
Y cuando tienes la suerte de dedicarte a una profesión que te apasiona, regresar con la mente despejada es, probablemente, la mejor forma de seguir creciendo, tanto profesional como personalmente.

