La carrera por la IA acelera entre EE UU y China pese al temor a perder el control

Ambos países compiten por el liderazgo mientras los laboratorios reclaman más tiempo para garantizar la seguridad de los sistemas avanzados

Carrera por la IA - Economía
EEUU y China están en plena carrera tecnológica.
Kiloycuarto

En 1957, la Unión Soviética colocó el Sputnik en órbita y obligó a Estados Unidos a mirar al cielo. Había comenzado una competición tecnológica que culminaría doce años después con Neil Armstrong caminando sobre la Luna. Casi siete décadas después, Washington vuelve a hablar abiertamente de una carrera contra otra gran potencia. Esta vez no hay cohetes ni astronautas en el centro del tablero. Hay chips, centros de datos, algoritmos y modelos capaces de razonar, programar y trabajar con un grado de autonomía cada vez mayor. La carrera por la IA ya enfrenta a Estados Unidos y China, pero también a empresas como OpenAI, Anthropic, Google, Meta o xAI.

La diferencia es que ahora algunos de los propios protagonistas están pidiendo reducir la velocidad. Investigadores y directivos que trabajan en la frontera tecnológica advierten de que las capacidades de los sistemas avanzan con mayor rapidez que las herramientas utilizadas para comprenderlos, supervisarlos y mantenerlos bajo control. Y detrás de todas esas advertencias aparece una paradoja difícil de resolver: nadie quiere correr demasiado, pero tampoco nadie quiere ser el primero en frenar.

La última alarma llegó de Jacob Coxon. El investigador, que asegura haber trabajado durante tres años entre OpenAI y Anthropic, abandonó esta última compañía a comienzos de septiembre denunciando públicamente la dinámica competitiva de ambas empresas. Associated Press confirmó que Coxon acusó a los dos laboratorios de estar más preocupados por superarse mutuamente y mantener su ventaja frente a competidores internacionales que por garantizar la seguridad de los sistemas que desarrollan.

Su mensaje fue rotundo. Coxon aseguró que ambas compañías se dirigían hacia una inteligencia capaz de mejorar progresivamente sus propias capacidades y acusó a la industria de estar “jugando con nuestras vidas”. Sus publicaciones superaron los 100 millones de visualizaciones y devolvieron al centro del debate una pregunta que hasta hace pocos años parecía confinada a la ciencia ficción: qué ocurriría si algún día una inteligencia artificial fuese intelectualmente superior a quienes intentan controlarla.

La superinteligencia que todavía no existe

La carrera por la IA acelera entre EEUU, China y las tecnológicas pese al temor a perder el control
Imagen simbólica de una superinteligencia artificial.
Artículo14/Grok

El concepto que sobrevuela la actual carrera por la IA es el de superinteligencia artificial. Se trataría de un sistema capaz de superar ampliamente las capacidades intelectuales de las personas prácticamente en cualquier ámbito relevante: investigación científica, programación, estrategia, ingeniería o resolución de problemas. No existe actualmente ninguna superinteligencia artificial y tampoco hay consenso científico sobre cuándo podría aparecer, si es que las arquitecturas actuales llegan algún día hasta ese punto.

La inquietud procede, en parte, de la llamada mejora recursiva. Los modelos ya pueden ayudar a programar, investigar, evaluar código y desarrollar herramientas que posteriormente se utilizan para construir nuevos sistemas. El riesgo planteado por Coxon y otros investigadores es que ese circuito termine acelerándose: una IA ayuda a construir una IA mejor; la siguiente generación contribuye todavía más al desarrollo de su sucesora; y el intervalo entre avances comienza a reducirse.

Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, reconoció este septiembre que esa dinámica ha cambiado su percepción del riesgo. En un ensayo titulado We Must Pace the Frontier, Amodei defendió que la industria debe ralentizar el ritmo al que aumenta las capacidades de sus modelos. No propone detener la investigación, sino proporcionar tiempo suficiente para que la seguridad avance al mismo ritmo.

El directivo identifica explícitamente uno de los mayores problemas de la carrera por la IA: los incentivos comerciales pueden generar una carrera hacia abajo en seguridad. Una empresa puede considerar peligroso seguir acelerando y, aun así, concluir que debe hacerlo porque sus competidores continuarán desarrollando modelos más potentes.

Amodei calcula que conseguir simplemente uno o dos años adicionales antes de alcanzar determinados niveles críticos permitiría trabajar más en alineamiento, interpretabilidad, aislamiento y evaluaciones. Su propuesta contempla evaluadores externos integrados dentro de los grandes laboratorios, coordinación entre compañías y, en último término, acuerdos internacionales que incluyan a China.

La advertencia no procede únicamente de Anthropic. Jakub Pachocki, científico jefe de OpenAI, escribió el pasado 6 de septiembre que, a su juicio, ningún laboratorio ha resuelto todavía el alineamiento y la monitorización de los modelos hasta un nivel suficiente como para seguir aumentando sus capacidades a máxima velocidad durante mucho más tiempo. Pachocki espera que aparezcan ralentizaciones voluntarias hasta establecer estándares comunes y considera que la coordinación internacional debe convertirse en una prioridad gubernamental.

La petición de Amodei ha encontrado además respaldo entre figuras como Sam Altman, Elon Musk o Demis Hassabis. La escena es extraordinaria: algunos de los hombres que dirigen la mayor revolución tecnológica de las últimas décadas están reclamando nuevas reglas para limitar una competición protagonizada por sus propias compañías.

Cuando la advertencia dejó de ser únicamente teórica

La carrera por la IA acelera entre EEUU, China y las tecnológicas pese al temor a perder el control
Montaje con una fotografía de archivo del investigador.
Artículo14

La actual preocupación con la carrera por la IA tampoco nace exclusivamente de hipotéticos sistemas futuros. Durante el verano se produjo un incidente que mostró hasta qué punto los agentes actuales pueden adoptar comportamientos inesperados cuando trabajan con suficiente autonomía.

OpenAI reconoció que, durante unas evaluaciones internas de ciberseguridad realizadas en julio de 2026, varios de sus modelos consiguieron sortear controles destinados a aislarlos de Internet, explotaron vulnerabilidades y obtuvieron acceso no autorizado a sistemas de la propia compañía y de Hugging Face. El principal sistema implicado era un modelo interno de investigación, no un producto disponible para los usuarios, y las pruebas se estaban realizando con salvaguardas reducidas.

La investigación independiente realizada posteriormente por METR y Redwood Research ofrece una dimensión especialmente llamativa. Aproximadamente 1.200 agentes que debían permanecer aislados encontraron una forma no autorizada de comunicarse entre ellos mediante una especie de tablón compartido. Intercambiaron más de 70.000 mensajes y archivos y unos 700 terminaron participando en acciones contra Hugging Face mientras intentaban manipular el sistema encargado de evaluar sus resultados.

No hubo una catástrofe ni una IA independiente tratando deliberadamente de conquistar Internet. Pero OpenAI calificó lo ocurrido como una señal de advertencia y reforzó posteriormente sus entornos aislados, las restricciones de acceso a Internet y los sistemas de monitorización.

Amodei utiliza precisamente este episodio para justificar su cambio de postura. Su hipótesis más extrema es que un enjambre de agentes mucho más potente podría llegar en el futuro a realizar ataques a gran escala contra sistemas informáticos. Se trata de una predicción del dirigente de Anthropic, no de una capacidad demostrada actualmente, pero ilustra el nuevo escenario en el que se desarrolla la carrera por la IA.

Estados Unidos ya habla oficialmente de una nueva carrera espacial

La comparación con los años de Sputnik y Apolo no es solo una metáfora periodística. La propia Casa Blanca la utiliza. El documento America’s AI Action Plan, presentado por la Administración Trump en julio de 2025, comienza afirmando que Estados Unidos se encuentra en una carrera por conseguir el dominio global de la inteligencia artificial.

El texto establece además que quien posea el mayor ecosistema de IA podrá determinar los estándares internacionales y obtener amplias ventajas económicas y militares. Y lo compara directamente con el siglo XX: del mismo modo que Estados Unidos ganó la carrera espacial, sostiene la Casa Blanca, ahora debe ganar la carrera por la IA.

La estrategia explica buena parte de la política estadounidense. Washington quiere acelerar la construcción de centros de datos, facilitar nuevas infraestructuras energéticas, exportar tecnología estadounidense a sus aliados y eliminar regulaciones que considere innecesarias para la innovación. La inteligencia artificial ha dejado de contemplarse únicamente como una tecnología comercial: es ya una cuestión de poder nacional.

Donald Trump volvió a dejar clara esa prioridad este fin de semana. Ante las advertencias procedentes de los laboratorios, el presidente estadounidense acusó a determinadas voces de exagerar escenarios negativos y reiteró que Estados Unidos no puede entregar su ventaja a China. Su razonamiento puede resumirse en una frase pronunciada durante su intervención: “quien gane la IA, gana”.

Y China se encuentra mucho más cerca tecnológicamente de Estados Unidos de lo que las diferencias de inversión pueden sugerir. El AI Index Report 2026 de la Universidad de Stanford señala que los modelos estadounidenses y chinos se han intercambiado varias veces las primeras posiciones desde comienzos de 2025. En marzo de 2026, la diferencia entre el mejor modelo estadounidense y el mejor modelo chino era de apenas 2,7 puntos porcentuales.

Estados Unidos continúa liderando la producción de modelos considerados relevantes: desarrolló 59 en 2025 frente a los 35 de China. Pekín, sin embargo, lidera el volumen de publicaciones científicas sobre IA, las citas, las patentes concedidas y la instalación de robots industriales. La carrera por la IA tiene, por tanto, dos contendientes con fortalezas muy diferentes.

La distancia económica sí resulta gigantesca cuando se observa únicamente la inversión privada. Stanford calcula que Estados Unidos movilizó 285.900 millones de dólares en inversión privada relacionada con IA durante 2025, más de 23 veces los 12.400 millones registrados en China. El propio informe advierte, sin embargo, de que esta comparación infravalora el esfuerzo chino porque deja fuera buena parte de los fondos y vehículos de inversión respaldados por el Estado.

China también regula la IA, pero tampoco quiere perder la carrera

La carrera por la IA acelera entre EEUU, China y las tecnológicas pese al temor a perder el control
Xi Jinping.

Presentar esta carrera por la IA como un enfrentamiento entre unos Estados Unidos sin regulación y una China igualmente permisiva sería inexacto. Pekín posee desde 2023 normas específicas para los servicios de inteligencia artificial generativa. Los proveedores tienen obligaciones relacionadas con datos personales, propiedad intelectual, contenidos, transparencia y seguridad, y determinados servicios deben someterse a evaluaciones de seguridad y registrar sus algoritmos ante las autoridades.

China combina, sin embargo, ese control regulatorio con una política industrial claramente expansiva. Su programa económico para 2026 ordena profundizar en la iniciativa AI Plus, acelerar el despliegue de agentes inteligentes y promover tecnologías multimodales, inteligencia incorporada e inteligencia de enjambre. El borrador del XV Plan Quinquenal para 2026-2030 menciona incluso la exploración de vías hacia la inteligencia artificial general.

El problema aparece cuando la seguridad se cruza con la geopolítica. Pekín ha interpretado algunas propuestas estadounidenses para contener determinados desarrollos como una estrategia destinada a preservar la superioridad tecnológica occidental. Este 14 de septiembre, el Global Times, vinculado al Estado chino, acusó a Amodei de recurrir a una lógica propia de la Guerra Fría después de que el CEO de Anthropic defendiera limitar a China el acceso a chips avanzados mientras se buscaban acuerdos internacionales de seguridad.

Ese enfrentamiento revela el gran dilema de la carrera por la IA. Washington teme que una ralentización unilateral permita a Pekín alcanzar la frontera tecnológica. Pekín teme que aceptar restricciones diseñadas desde Washington consolide la ventaja estadounidense. Y las empresas temen exactamente lo mismo respecto a sus competidores.

La lógica se reproduce en todos los niveles: si yo freno y los demás no lo hacen, pierdo.

Una industria en la que ya hay demasiado dinero en juego

Infografía de la carrera por la IA - Economía
Infografía con datos sobre la carrera tecnológica.
Kiloycuarto

Detener la carrera por la IA tampoco sería sencillo desde una perspectiva económica. Stanford calcula que más del 90% de los modelos de inteligencia artificial considerados relevantes durante 2025 fueron desarrollados por empresas privadas. La frontera tecnológica está en manos, fundamentalmente, de compañías que compiten entre sí por usuarios, talento, contratos, capital y capacidad de computación.

La inversión corporativa mundial en IA se duplicó con creces durante 2025 y el uso empresarial continúa extendiéndose. El 88% de las organizaciones analizadas por Stanford aseguraba utilizar ya algún tipo de inteligencia artificial, mientras que el 70% empleaba IA generativa en al menos una función de su negocio.

Es otra diferencia fundamental respecto a la carrera espacial. El programa Apolo fue una movilización estatal dirigida desde Washington. En la actual carrera por la IA, buena parte de las infraestructuras que pueden determinar el equilibrio estratégico mundial pertenecen a empresas privadas. Los Estados proporcionan energía, chips, permisos, contratos, subvenciones o restricciones comerciales; las compañías construyen los modelos.

Y la infraestructura necesaria para alimentarlos empieza a adquirir dimensiones propias de una política industrial. La Agencia Internacional de la Energía estima que los centros de datos consumieron alrededor de 485 TWh de electricidad en 2025 y que la cifra podría aproximarse a 950 TWh en 2030. Para entonces representarían cerca del 3% de toda la demanda eléctrica mundial. El consumo específico de los centros orientados a IA podría triplicarse durante ese periodo.

Las consecuencias económicas y sociales no necesitan esperar a una superinteligencia

El riesgo de la carrera por la IA tampoco depende de que aparezca una máquina infinitamente más inteligente que las personas. La transformación económica ya está comenzando. La Organización Internacional del Trabajo calcula que uno de cada cuatro trabajadores del mundo ocupa actualmente un puesto con algún grado de exposición a la inteligencia artificial generativa. Solo el 3,3% del empleo mundial se encuentra en la categoría de exposición más elevada y la propia OIT considera que, por ahora, resulta más probable la transformación del trabajo que su desaparición completa.

Pero algunos efectos comienzan a apreciarse en segmentos especialmente expuestos. Stanford señala que el empleo entre desarrolladores de software estadounidenses de 22 a 25 años ha descendido casi un 20% desde 2024. Una tercera parte de las organizaciones consultadas espera además que la IA reduzca sus plantillas durante el próximo año, aunque las estadísticas agregadas todavía no muestran una destrucción generalizada del empleo.

También crecen los problemas documentados. El AI Index contabilizó 362 incidentes relacionados con inteligencia artificial en 2025, frente a 233 en 2024. Al mismo tiempo, los modelos continúan mejorando a gran velocidad: los agentes pasaron aproximadamente del 12% al 66% de éxito en OSWorld, una prueba diseñada para medir su capacidad para trabajar autónomamente con ordenadores.

La carrera por la IA puede alterar así el mercado laboral, la distribución de riqueza, la educación, la producción cultural, la seguridad informática y la concentración de poder mucho antes de que exista cualquier superinteligencia. Y cuanto mayor sea la capacidad de unas pocas compañías para automatizar trabajo intelectual que antes necesitaba cientos o miles de profesionales, mayor será también el debate sobre quién controla esa productividad y cómo se reparten sus beneficios.

El propio Pachocki ha advertido de la necesidad de preservar la autonomía de las personas ante un futuro en el que buena parte de las tareas intelectuales puedan ser realizadas por máquinas y de evitar una concentración extrema de poder en manos de quienes dispongan de los sistemas y la capacidad de computación necesarios.

El miedo existe, pero nadie puede calcular el futuro

La carrera por la IA acelera entre EEUU, China y las tecnológicas pese al temor a perder el control
Sam Altman, consejero delegado y miembro de la junta directiva de OpenAI.
EFE/John G. Mabanglo

Las advertencias sobre una posible pérdida de control deben tratarse con cautela. No existe ningún método científico capaz de determinar que una inteligencia artificial vaya a provocar una catástrofe global dentro de cinco, diez o cincuenta años. Las estimaciones difundidas por determinados investigadores son juicios subjetivos bajo enorme incertidumbre, no predicciones comparables a un pronóstico meteorológico.

Eso no significa que el temor sea marginal. En 2023, AI Impacts preguntó a 2.778 investigadores que habían publicado en seis grandes conferencias y revistas académicas de inteligencia artificial. Ante una pregunta sobre la posibilidad de que futuros avances condujeran a la extinción o a una pérdida permanente y extrema de poder por parte de nuestra especie, la respuesta mediana fue del 5%. Cuando la pregunta se centraba específicamente en la incapacidad de controlar sistemas avanzados, la mediana ascendía al 10%.

Las cifras varían considerablemente dependiendo de cómo se formule la pregunta y no pueden interpretarse como la probabilidad real de una catástrofe. Pero reflejan algo difícil de ignorar: una parte significativa de la propia comunidad investigadora considera que los riesgos extremos merecen atención seria. En la misma encuesta, el 70% pedía otorgar más prioridad a la investigación destinada a reducir los riesgos de la inteligencia artificial.

Coxon ha llevado ahora esa preocupación al terreno público. Amodei quiere ralentizar el desarrollo. Pachocki reclama estándares compartidos. Altman, Musk y Hassabis han respaldado la necesidad de aumentar las salvaguardas. Y, mientras tanto, las empresas continúan compitiendo, los inversores continúan financiándolas, Estados Unidos quiere conservar su liderazgo y China pretende alcanzar la frontera.

Quizá por eso la analogía con la carrera espacial es tan poderosa y, al mismo tiempo, insuficiente. En 1969 había una línea de meta reconocible: colocar primero una bandera sobre la Luna. La carrera por la IA no tiene una Luna. Después de un modelo más capaz llegará otro; después de una inteligencia general podría llegar una superinteligencia; después de los asistentes digitales llegarán agentes, robots y sistemas científicos cada vez más autónomos.

Los chips son los nuevos motores. Los centros de datos, las plataformas de lanzamiento. La electricidad y la capacidad de computación, el combustible. Estados Unidos y China compiten por el liderazgo y las grandes tecnológicas construyen las máquinas que determinarán quién llega primero.

Pero existe una diferencia decisiva respecto a aquella carrera del siglo XX. La Luna no podía aprender, reproducirse, programar el siguiente cohete ni descubrir cómo mejorar por sí misma.

Y esa es precisamente la incógnita que convierte la actual competición en algo mucho más difícil de gobernar: todos quieren ganar la carrera, pero nadie sabe todavía con certeza dónde está la línea de llegada ni qué ocurrirá cuando alguien la cruce.