Olga Albert es directora de Operaciones en Telespazio Ibérica, donde es responsable de la ejecución de proyectos, la gestión de equipos y proveedores, las estrategias de producto y los planes de negocio, además de los acuerdos de colaboración con partners y de la estrategia comercial. Su día a día está marcado por la toma de decisiones, el acompañamiento a los equipos y la gestión de proyectos complejos, en un momento de crecimiento de la compañía que combina nuevas oportunidades con un ritmo especialmente intenso.
Este verano lo afronta con ganas de bajar el ritmo y recuperar un tempo más humano después de meses en los que la velocidad de trabajo y la responsabilidad han ocupado buena parte de su energía. Para ella, desconectar no significa vaciar la cabeza, sino recuperar un ritmo diferente: levantarse temprano, caminar hacia una playa todavía vacía, darse un baño y disfrutar de un café sin reuniones ni decisiones urgentes. Aunque reconoce que los primeros días todavía mira el portátil y después el móvil, sus hijas se han convertido en las encargadas de recordarle cuándo es momento de dejar el trabajo a un lado.
¿Dónde está hecha la foto que nos compartes y qué recuerdo especial te trae?
La foto está hecha en Rosas, con mi hija mayor. Ese día hacía un viento terrible, tanto, que casi era imposible mantener el pelo en su sitio. Pero hay sonrisas que sobreviven incluso a la Tramuntana.
Hay quien elige un destino por sus monumentos. Yo lo elijo por cómo me hace sentir.
Mi relación con el mar empezó en la infancia, cuando íbamos de camping a Altafulla. Recuerdo una noche de tormenta en la que algunos valientes decidimos ir a la playa. Descubrí entonces esa mezcla de agua, oscuridad, lluvia… y libertad, que nunca he olvidado.
Hoy ese lugar es la Costa Brava, a la que siempre vuelvo.
¿Cómo llega a estas vacaciones? ¿Cuál ha sido el principal desafío profesional de los últimos meses?
Siempre llego a esta época más cansada de lo que me gusta reconocer. No es físico; es esa sensación de haber vivido durante muchos meses con la cabeza funcionando a una velocidad que termina pareciendo normal.
Durante el año mi trabajo consiste, en buena medida, en tomar decisiones. Acompañar equipos, resolver problemas y conseguir que proyectos complejos salgan adelante. Este año, además, la compañía ha seguido creciendo y eso siempre trae algo maravilloso y algo agotador: muchas oportunidades… y muy poco silencio.
¿Qué significa para ti desconectar?
No intento vaciar la cabeza. Intento devolverle un ritmo más humano. Y, curiosamente, suele funcionar.
¿Eres de las que consigue olvidarse del trabajo en vacaciones o siempre queda un ojo puesto en el móvil?
Los primeros días todavía abro el portátil. Después consigo conformarme con el móvil… más de lo que debería. Cambiar el ritmo cuesta cuando llevas muchos años sintiéndote responsable de tantas cosas.
Mis hijas tienen un talento especial para detectar cuándo estoy contestando un correo que podría esperar. No necesitan decir mucho, les basta una mirada. Antes era yo quien organizaba los planes para que disfrutaran de las vacaciones; ahora son ellas quienes se aseguran de que yo también lo haga. ¿En qué momento cambiamos los papeles?
¿Cuál es el mayor lujo que te permites durante las vacaciones?
Me gusta levantarme antes que nadie, cuando la playa todavía está vacía. Entrar en el agua fría, salir corriendo a buscar la toalla porque el viento nunca perdona y sentarme después, con el pelo todavía mojado, delante de un café. Durante unos minutos nadie espera nada de mí. No hay reuniones, ni correos, ni decisiones urgentes. Solo el mar, el silencio y la sensación de que el día entero todavía me pertenece.
¿Qué libro, serie, pódcast o canción te acompañará este verano?
Tengo más libros de los que me da tiempo a leer y me encanta que sea así. Hace unos años me obligaba a terminarlos todos. Ahora no. Si una historia no consigue atraparme, la dejo sin remordimientos. Todavía recuerdo El psicoanalista, de John Katzenbach. Llegó por recomendación de un amigo y hacía tiempo que un libro no conseguía que me olvidara tanto del reloj. Siempre me queda perderme en una librería y dejar que sea un libro el que me encuentre a mí.
Completa la frase: “Cuando vuelvo de vacaciones siempre regreso con más…”
Cuando llega septiembre siento que empieza una nueva carrera de fondo; cabeza ligera, ideas ordenadas y energía para lidiar con todo lo que venga. El ritmo volverá a acelerarse y los proyectos seguirán siendo exigentes, pero sé algo que hace unos años olvidaba con demasiada facilidad: que merece la pena proteger esos pequeños momentos que nos devuelven el equilibrio.
Por eso, cada verano vuelvo a dejar la maleta en el suelo y corro hacia el mar. Es mi forma de recordarme que, para llegar lejos, también hay que saber parar.

