Sonia Cervantes es la directora del área de Recursos Humanos de Airzone, compañía tecnológica e industrial con sede en Málaga. A nivel profesional lleva más de 30 años dedicada a la gestión de personas dentro de las organizaciones y su trayectoria la ha construido a través de aprendizajes, momentos difíciles y mucha escucha, con una visión del liderazgo basada en acompañar, decidir con criterio, estar al servicio y dar ejemplo. Hoy, uno de sus principales retos es acompañar el crecimiento de la compañía sin perder su esencia, trabajando especialmente en bienestar, comunicación interna y conciliación.
Afrontó este verano con ganas de bajar el ritmo y recuperar el tiempo lento con los suyos, después de unos meses intensos en los que ha tenido que tomar decisiones con impacto sobre muchas personas y cuidar la cultura de una organización en crecimiento. Para ella, desconectar significa cambiar el ritmo por dentro: desayunos largos, paseos junto al mar, sobremesas sin reloj y estar verdaderamente presente con su familia. Aunque reconoce que los primeros días todavía siente el impulso de mirar el correo, ha aprendido a limitarlo a una breve ventana y entiende que respetar su propio descanso es también una forma de respetar el de su equipo.
¿Dónde está hecha la foto que nos compartes y qué recuerdo especial te trae?
Esta foto está hecha al atardecer en una playa de Cádiz, en uno de esos ratos que merecen la pena en todas las vacaciones. La luz de Cádiz al caer la tarde no se parece a ninguna otra: lo dora todo y lo pone en calma. Recuerdo el silencio, la arena todavía tibia bajo los pies y la sensación de que no había nada más que hacer que estar ahí, mirando el mar mientras el sol se escondía. Es un recuerdo sin palabras, casi físico, y es justo lo que recuperaría. La capacidad de parar y contemplar sin sentir que pierdo el tiempo, porque es al revés: es el tiempo mejor invertido.
¿Cómo llegaste a estas vacaciones? ¿Cuál ha sido el principal desafío profesional de los últimos meses?
Llegué con ganas y con la mochila llena, en el buen sentido. El mayor reto de estos meses ha sido acompañar el crecimiento de la compañía sin perder su esencia: cuando una empresa crece deprisa, el desafío no es incorporar gente, es cuidar la cultura mientras cambias de tamaño. Hemos trabajado mucho en bienestar y en comunicación interna, además de conciliación. Ha sido un periodo intenso, de decisiones que afectan a muchas personas, y que ha supuesto una gran responsabilidad. Por eso llegué a Cádiz con la satisfacción del trabajo bien hecho y con la cabeza pidiendo, casi a gritos, un poco de silencio para volver a poner el foco donde toca.
¿Qué significó para ti desconectar?
Desconectar no es apagar el móvil, es cambiar el ritmo por dentro. Para mí, significó volver a lo pequeño: un desayuno largo sin mirar el reloj, un paseo por la orilla al atardecer, escuchar de verdad a mis hijos sin tener la cabeza en la siguiente reunión. Es dejar de estar disponible para volver a estar presente, que no es lo mismo. Durante el año, en un puesto de responsabilidad y siendo mujer, cargamos con una hiperresponsabilidad silenciosa, la sensación de que todo se caerá si soltamos un momento. Cádiz me cura de eso. Desconectar allí significa reencontrarme con lo que de verdad importa y que el día a día pospone siempre para mañana.
¿Eres de las que consiguió olvidarse del trabajo en vacaciones o siempre queda un ojo puesto en el móvil?
Sería poco honesta si dijera que desaparezco del todo. Los primeros días siempre queda ese ojo entreabierto, el impulso de mirar el correo “por si acaso”. Pero he aprendido, con los años, a domesticarlo: me pongo horarios, una ventana breve por la mañana y, si todo está en orden, cierro y me voy a la playa con los míos. Lo hago también por coherencia. Si yo escribo mensajes a mi equipo en pleno agosto, les estoy diciendo sin palabras que ellos tampoco deben desconectar de su familia. Respetar su descanso pasa por respetar el mío. Y, sobre todo, porque esas tardes con los míos no se recuperan: el trabajo siempre espera, una tarde de verano en familia no.
¿Cuál es el mayor lujo que durante las vacaciones?
El tiempo lento con los míos. En Cádiz, una mañana sin plan, un baño largo a primera hora, cocinar sin prisa un buen pescaíto y, sobre todo, esas sobremesas eternas que en casa, entre semana, son impensables. Durante el año comemos con el reloj encima; en verano nos levantamos de la mesa cuando ya no queda tema de conversación. Ese es mi verdadero lujo: recuperar los ratos con la familia y los amigos que el día a día me obliga a recortar, disfrutar de mis hijos sin prisas y de las pequeñas cosas que dan sentido a todo lo demás.
¿Qué libro, serie, pódcast o canción te llevaste este verano?
Este verano me llevé El infinito en un junco, de Irene Vallejo para leer despacio, como pide: es un homenaje a los libros y a la memoria que se disfruta mejor sin prisa, y no hay mejor sitio para eso que una toalla en la arena mientras los niños disfrutan. En lo musical, tiro de algo veraniego, animado y, a veces, tranquilo para las tardes. Esas canciones de siempre que nos sabemos todos en casa y que acaban en un cante improvisado. Leer, que durante el año hago siempre a ratos robados antes de dormir, en verano vuelve a ser un placer entero. Busco lecturas y escuchas que ensanchen la mirada, que me ayuden a crecer y a estar actualizada en la vida actual.
Completa la frase: “Cuando vuelvo de vacaciones siempre regreso con más…”
“…perspectiva, con la cabeza más ordenada y con el depósito lleno de horas de familia, de risas y de mar“. La distancia coloca cada cosa en su sitio: lo que en julio parecía urgentísimo, en septiembre se ve pequeño, y lo importante brilla con más claridad. Vuelvo con más energía y más paciencia, pero sobre todo con una certeza renovada: cuidar de las personas, empezando por las que tengo en casa y siguiendo por mi equipo, y cuidarme también a mí, no es un lujo ni una debilidad. Es la base sobre la que se sostiene todo lo demás.

