Había mujeres capaces de esconder medio kilo de café sin que nadie advirtiera un gesto extraño en su manera de caminar. Otras cosían bolsillos invisibles en las enaguas para distribuir el peso del tabaco alrededor de la cintura. O llevaban las manos vacías para parecer menos sospechosas. Cruzaban la verja con el nerviosismo de saber que un simple registro puede echar por tierra el sustento de toda una semana.
Durante décadas, aquellas mujeres eran la frontera. El próximo 15 de julio desaparece la verja de Gibraltar. Las excavadoras desmontarán las garitas, los techos metálicos y las columnas que durante generaciones separaron dos mundos separados por unos metros. Las autoridades gibraltareñas han dejado claro que no quieren convertir aquel lugar en un “Checkpoint Charlie”, el más famoso de los pasos fronterizos del Muro de Berlín entre 1945 y 1990, del sur de Europa.
Mientras el acero desaparece, merece la pena echar la vista atrás para recordar a las matuteras o recoveras, mujeres del Campo de Gibraltar y la Serranía de Ronda que practicaron el contrabando y el estraperlo después de la Guerra Civil. Arriesgaban sus vidas cruzando a pie desde Gibraltar para vender en España alimentos y productos de primera necesidad y sobrevivir a la posguerra.
Para ellas, la veja era un mercado. Una oportunidad, pero también su condena. Su historia explica qué significó realmente aquella frontera. Durante buena parte del siglo XIX y, sobre todo, durante la posguerra española, el Campo de Gibraltar vivió con muchas penurias y el hambre no entendía de disputas territoriales. Así nació una economía clandestina que acabaría convirtiéndose en una forma de supervivencia para miles de familias.
Las llamaban matuteras porque cruzaban la frontera a primera hora del día. Compraban pequeñas cantidades de café, tabaco o algodón en Gibraltar y las introducían en España ocultándolas entre la ropa para venderlas posteriormente en pequeños comercios o directamente entre vecinos. No eran grandes contrabandistas y tampoco movían fortunas. Practicaban lo que popularmente se conocía como contrabando de hormiga. Muchas mujeres, muchas veces, con pequeñas cantidades.
Su ingenio, un oficio
Las enaguas llevaban compartimentos secretos. Las faldas se reforzaban con dobles costuras. Algunas distribuían los paquetes alrededor del abdomen para simular un embarazo. Otras dejaban deliberadamente parte de la mercancía a la vista para desviar la atención de los agentes mientras el verdadero cargamento permanecía oculto bajo varias capas de ropa.
Las filas de mujeres vestidas de negro caminando hacia la verja eran parte del paisaje cotidiano de La Línea de la Concepción. Eran viudas, esposas de jornaleros, madres de familias numerosas. Mujeres a las que la pobreza empujó hacia una actividad ilegal cuya dimensión moral resulta hoy difícil juzgar desde la comodidad del presente. Era la diferencia entre cenar o no hacerlo.
Las autoridades británicas ya describían el fenómeno en documentos oficiales del siglo XIX. Les sorprendía ver entrar a mujeres aparentemente normales que regresaban horas después con la silueta deformada por las mercancías ocultas bajo la ropa. Con el paso de las décadas cambiaron los productos, pero no la necesidad. El algodón dejó paso al tabaco, al café o a los cigarrillos, mucho más rentables y fáciles de esconder.
No todas conseguían cruzar. Sufrían confiscaciones, multas y registros. Algunas perdían toda la mercancía en cuestión de segundos, lo que suponía un desastre para economías familiares ya extremadamente frágiles. Aun así, al día siguiente volvían a intentarlo.
Con el tiempo, aquella imagen acabó convirtiéndose incluso en parte del folclore del Campo de Gibraltar. Los niños jugaban a “matuteras y carabineros”. Las coplas locales hablaban de aquellas mujeres que cruzaban cada amanecer.
Dos mil empleadas a la calle
El 8 de junio de 1969, Franco decretó el cierre de la verja. Tres años antes, en agosto de 1966, el régimen retiró los permisos de trabajo a alrededor de dos mil españolas empleadas en Gibraltar, la inmensa mayoría dedicadas al servicio doméstico, la limpieza o pequeños comercios. Perdieron su empleo de un día para otro y tuvieron que reinventarse para volver a llevar dinero a casa. Es uno de los episodios menos conocidos del conflicto del Peñón.

Durante trece años la verja dividió familias enteras. Hermanos que hablaban a través de la alambrada. Hijos que sólo podían reencontrarse con sus padres viajando primero hasta Tánger para regresar después a Algeciras. Personas que murieron sin volver a abrazarse. Uno de los testimonios más conmovedores es el de Manuel Márquez. En noviembre de 1977 recibió una llamada de madrugada comunicándole la muerte de su padre. Primero intentó llegar a nado desde Gibraltar hasta La Línea. Después terminó saltando la verja. Fue detenido por la Guardia Civil. Solo la compasión de un suboficial permitió que pudiera asistir finalmente al entierro.
El fin de una forma de vida
La reapertura de la frontera en diciembre de 1982 inauguró otra época. Las matuteras prácticamente habían desaparecido. En su lugar apareció una nueva generación de mujeres que siguieron cruzando cada mañana, aunque ya no ocultaban mercancías bajo la ropa. Llevaban uniformes de limpieza, acreditaciones laborales, mochilas o táperes con la comida del día. Muchas trabajaban como empleadas domésticas, cuidadoras de mayores, dependientas, auxiliares o recepcionistas. Cambiaron los oficios, pero no el ritual cotidiano de atravesar la verja para sostener la economía familiar.
Hoy forman parte de los aproximadamente 15.000 trabajadores transfronterizos que cruzan diariamente entre ambos territorios. Con la desaparición física de la verja concluye una manera de entender la vida en el Campo de Gibraltar que empezó con las mujeres que cruzaban escondiendo café entre las enaguas y llega hasta las trabajadoras que llevan una tarjeta identificativa colgada del cuello.
Entre unas y otras transcurre más de un siglo de una historia casi nunca contada.

