Cada aniversario de la boda de los Reyes Felipe VI y Letizia nos devuelve inevitablemente la escena de la entrada solemne de Carolina de Mónaco en la Catedral de la Almudena, elegantísima, seria, bajo la lluvia… y completamente sola. Faltaba su marido.
Ernesto de Hannover, uno de los aristócratas más famosos y polémicos de Europa, había desaparecido de la ceremonia más importante de la monarquía española contemporánea. Durante horas circularon rumores diplomáticos, problemas de salud y versiones contradictorias. La explicación terminó convirtiéndose en leyenda nacional: Ernesto no había llegado porque estaba recuperándose de la resaca de la noche anterior. En la boda de Estado más elegante del momento se coló esta escena costumbrista de una sola noche que reúne todo lo que fascina al público: monarquía, glamour, exceso, alcohol, protocolo roto e incluso humor.
La noche madrileña
La boda de los entonces príncipes de Asturias se celebró el 22 de mayo de 2004 en una España todavía conmocionada por los atentados del 11-M. Madrid estaba blindada. La retransmisión era mundial. Más de mil invitados pertenecientes a casas reales, gobiernos y aristocracias europeas se concentraban en la capital para asistir a una ceremonia diseñada para transmitir continuidad y solemnidad.
La víspera, el Palacio de El Pardo acogió una gran recepción oficial. Allí estaban los Windsor, los Orange, los Bernadotte, los Grimaldi y prácticamente toda la aristocracia europea. También Ernesto de Hannover y Carolina de Mónaco.

Nada hacía prever el episodio que terminaría eclipsando buena parte del recuerdo social de aquella boda. Las reconstrucciones posteriores realizadas por la prensa social coinciden en una secuencia bastante clara. Tras los actos oficiales, Ernesto decidió continuar la noche en Madrid acompañado de amigos españoles de sus círculos habituales de cacerías, fiestas y alta sociedad.
El nombre que aparece una y otra vez es el de Gabana, la discoteca que durante años simbolizó el Madrid nocturno de empresarios, aristócratas, futbolistas y celebridades. Allí, según las crónicas, la fiesta se prolongó prácticamente hasta el amanecer. Algunos artículos incluso aseguraron que “cerró Gabana”, expresión utilizada para describir a quienes abandonaban el local cuando ya había terminado la noche para todos los demás.
Después regresó al Hotel Ritz, convertido durante aquellos días en auténtico cuartel general de delegaciones reales europeas. Y ahí es donde empiezan las versiones más difusas, exageradas o directamente legendarias. Circularon rumores sobre altercados, discusiones, daños en la habitación, intervención de personal médico e incluso asistencia sanitaria. Nada de eso fue confirmado oficialmente, pero las habladurías acabaron alimentando todavía más el mito.

La mañana del 22 de mayo, bajo una lluvia persistente, comenzaron a llegar los invitados a la Almudena. Y entonces apareció Carolina. La imagen fue potentísima. La princesa descendió del coche sin Ernesto, vestida con un conjunto de alta costura de Chanel gris perla, líneas impecables, sombrero inclinado y guantes claros. Cientos de reporteros intentaban entender qué estaba ocurriendo.
Ernesto pertenecía a una de las casas aristocráticas más antiguas de Europa, era primo lejano de la reina Sofía y llevaba años ocupando titulares internacionales por su comportamiento imprevisible. Las especulaciones comenzaron inmediatamente. ¿Enfermedad? ¿Problema diplomático? ¿Incidente privado?
“Hacer un Hannover”
La explicación real era simple. Seguía en el hotel recuperándose de la noche anterior. Con los años, la anécdota adquirió categoría de folclore social. Algunos periodistas llegaron a bromear con la expresión “hacer un Hannover” para describir a quien se salta una boda por exceso de fiesta la noche anterior. Para los medios la historia era irresistible.
El príncipe era el personaje ideal para protagonizar aquel episodio. Desde finales de los noventa ya arrastraba fama de aristócrata excesivo, imprevisible y conflictivo. Sus enfrentamientos con fotógrafos, episodios de embriaguez y problemas públicos le dieron una reputación que la prensa alemana resumía con un apodo demoledor, “el príncipe peleas”.
La crónica de la boda tiene un último acto. Aunque no acudió a la ceremonia religiosa, apareció más tarde en el banquete celebrado en el Palacio Real. Entró discretamente por una puerta lateral para evitar cámaras y comentarios y se acercó primero a la Reina Sofía para disculparse. Ella respondió que quienes merecían las disculpas eran los novios. Así lo hizo.
Una historia de amor interminable
Resulta imposible separar aquel episodio de la compleja relación entre Carolina y Ernesto, una de las historias sentimentales más extrañas e inacabadas de la aristocracia europea. Se conocían desde jóvenes. Compartieron veranos en la Costa Azul, inviernos en estaciones de esquí austríacas y círculos aristocráticos. Pero el romance no llegó hasta mediados de los noventa, años después de la muerte de Stefano Casiraghi, mientras Ernesto todavía estaba casado con Chantal Hochuli.

Aquella relación provocó tensiones desde el principio. Chantal y Carolina habían sido amigas íntimas. Las fotografías en Bangkok en 1996 terminaron confirmando un romance que ambos intentaron negar durante meses. Se casaron finalmente en 1999 en una ceremonia civil íntima celebrada en Mónaco. Carolina, embarazada ya de Alexandra, apareció vestida también de Chanel, convertida oficialmente en princesa de Hannover y duquesa de Brunswick-Lüneburg. Durante un tiempo parecieron encarnar la gran unión aristocrática europea que Grace Kelly había imaginado para su hija mayor.
Pero el cuento duró poco. Con los años, los altercados de Ernesto se hicieron cada vez más frecuentes: agresiones a fotógrafos, excesos alcohólicos, conflictos judiciales, clínicas de desintoxicación y episodios violentos. Carolina intentó preservar la relación durante mucho tiempo, incluso cuando ya vivían separados.
Nunca llegaron a divorciarse oficialmente. Separados desde hace años, ambos continúan legalmente casados. La prensa monegasca ha especulado durante décadas sobre los motivos: desde razones dinásticas y patrimoniales hasta la importancia simbólica del título de princesa de Hannover. No tuvo un final claro. Desde entonces, Hannover vive a la deriva entre palacios, escándalos y, en los últimos años, ingresos hospitalarios.

