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El derecho a vestir mal: ¿cuándo deja de importar cómo vistes?

Hay preguntas que parecen frívolas hasta que uno empieza a tirar del hilo. Y ojo, que no me estoy refiriendo solo de combinar fatal los colores o no saber mezclar estampados

El historiador de la moda John Carl Flügel calificó como “la Gran Renuncia Masculina” al proceso por el que, entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, los hombres abandonaron el color, las sedas, los bordados, las joyas e incluso los tacones para abrazar el traje oscuro. La seriedad que se presuponía a sus trabajos no casaba con la pomposidad que imperaba hasta ese momento.

La exhibición de la belleza dejó de formar parte del ideal masculino dominante poniendo desde entonces todo el foco de la ornamentación y la representación estética en las mujeres. Dos siglos después, aquel reparto de papeles sigue muy vivo. No sin generar cierta polémica cuando lo comento, siempre he defendido que vestir bien siendo hombre es, técnicamente, más complicado.

Cortesía Hogan

A una mujer que le pierden la maleta antes de una boda puede solucionar en cualquier tienda de fast fashion, con un poco de intuición y algo de gracia, un look completo perfectamente digno. Intenta hacer el mismo ejercicio con un hombre que necesita un traje. La americana tiene que asentarse bien en los hombros, la manga caer exactamente donde corresponde, el pantalón probablemente necesitará coger el bajo… Y así con todo. El lenguaje de la moda masculina dispone de menos palabras pero cada detalle adquiere mucho más peso.

Sin embargo, esa dificultad técnica convive con una paradoja. Una vez que un hombre cruza el umbral de lo “correcto”, dejamos de hablar de su ropa mucho antes que la de una mujer. Y de esta manera llenamos horas de televisión y cientos de páginas de revistas hablando de los looks de nuestras actrices, princesas o incluso políticas. Estáis pensando que me estoy tirando piedras contra mi propio tejado, pero no, porque llevo mucho tiempo diciendo que lo que importa de un look no es si me gusta o no, sino si es o no correcto. Y aquí es cuando volvemos a la pregunta inicial. Porque sí, hay gente que puede permitirse doblegar todas las reglas de etiqueta y que al resto del mundo nos parezca bien.

LONDON, ENGLAND - JULY 12: Andrew Garfield, wearing Ralph Lauren, attends the Ralph Lauren Suite during The Championships, Wimbledon at All England Lawn Tennis and Croquet Club on July 12, 2026 in London, England. (Photo by Darren Gerrish/WireImage for Ralph Lauren)
Andrew Garfield, vestido de Ralph Lauren en Wimbledon, el pasado fin de semana

Steve Jobs convirtió un jersey negro en uniforme. Mark Zuckerberg hizo lo mismo con una camiseta gris. Macron viste exactamente igual todos los días. La autoridad de ninguno de ellos no depende de su armario. Ahora hacemos el mismo ejercicio con las mujeres. Angela Merkel tuvo que construir un uniforme a base de americanas de colores para que no se hablara de su pecho.

Sanna Marin empezó a vestir exclusivamente de negro porque el mundo la consideraba excesivamente guapa para ser Primera ministra de Finlandia. Hillary Clinton construyó un armario de trajes blanco roto durante su campaña presidencial, harta de que se hablara más de su ropa que de su programa electoral. Sin embargo, cada una de sus apariciones siguió siendo analizada, comentada y valorada desde el punto de vista estético. Y eso que todas habían abrazado “la renuncia estética” de la que hablaba Flügel.

Keira Knightley, de Ralph Lauren en Wimbledon, el pasado fin de semana

De todas formas, reuniendo todos estos ejemplos he comprendido que la pregunta inicial está mal formulada. O al menos no abarca todo el dilema. No se trata sólo de quién tiene derecho a vestir mal, sino que la verdadera cuestión es cuándo deja de importar cómo vistes. Estoy hablando que la ropa se ha convertido en uno de los privilegios más invisibles del poder.

Cortesía Parfois

Llegar a un punto en el que tu competencia, tu autoridad o tu prestigio hablen tan alto que “cumplir con lo establecido” deja de ser parte de lo que te exige la sociedad. O al menos así lo relataba la académica Alison Lurie en su ensayo “El lenguaje de la moda”. Las personas con un discurso verbal sólido, articulado y elocuente pueden permitirse que su apariencia pase a un segundo plano. Su capacidad de comunicación termina residiendo más en su voz que en su ropa.

Por lo tanto, he llegado a la conclusión, de que la pregunta es quién puede permitirse que ni su ropa, ni su aspecto físico, ni su atractivo condicionen la percepción de su capacidad. Vamos, que vestir mal (y por vestir mal me refiero a no cumplir con lo que se espera en ciertas circunstancias y lugares) no es un derecho, claramente: es lo que te puedes permitir cuando ya no necesitas demostrar nada, y tienes el poder suficiente para que la opinión ajena, sencillamente, no te afecte.

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