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Gran Hotel Mas d’en Bruno: cuando el paisaje entra en tu habitación

Una antigua masía del siglo XVIII, arquitectura contemporánea y una habitación que convierte el paisaje del Priorat en parte de la experiencia

Gran Hotel Mas d’en Bruno
Gran Hotel Mas d’en Bruno

Hay hoteles a los que llegas. Y hay otros en los que el propio camino ya forma parte de la experiencia. A medida que empiezas a subir por las carreteras del Priorat, las curvas, los viñedos y el paisaje anuncian que algo está cambiando. Y, de repente, entre una frondosa vegetación mediterránea, aparece a lo lejos una antigua masía de fachada color terracota, acompañada por un gran azul infinito que deja entrever una de las protagonistas del hotel: su piscina. Pero de ella hablaremos más adelante.

Al llegar al Gran Hotel Mas d’en Bruno la experiencia comienza prácticamente sin darte cuenta. Te bajas del coche, aparcan por ti, se encargan del equipaje y, en cuestión de minutos, estás disfrutando de una copa de vino de bienvenida. Así empieza todo, sin prisas y dejando que alguien se ocupe de ti.

La antigua masía se combina con una arquitectura contemporánea que respeta el carácter del lugar. La reforma, a cargo de C97 y ASTET Studio, consigue algo que se percibe desde el primer momento: que lo nuevo no compita con lo antiguo, sino que dialogue con ello. La madera, la piedra, el microcemento y las formas curvas aparecen de manera natural en los distintos espacios, mientras algunos elementos históricos del edificio permanecen visibles y recuerdan constantemente el pasado del enclave.

Las antiguas vigas de madera, las cubiertas tradicionales y los detalles geométricos en algunos de sus techos conviven con una intervención contemporánea en la que las curvas y la iluminación adquieren un papel protagonista. Todo despierta la curiosidad por seguir descubriendo qué hay detrás de cada puerta. Y entonces llegas a la habitación 33.

La habitación de la que no quieres salir

Si tuviera que elegir qué fue lo que más me sorprendió del hotel, hablaría de la habitación. Al cruzar la puerta de la 33 aparece un pequeño salón con biblioteca, zona de bar, sofá, butacas de diseño… y una elegante chimenea. La iluminación indirecta consigue que el espacio resulte más parecido al salón de una casa que al de una estancia de hotel.

Un elemento curvo de madera abraza la cama y organiza el espacio, acompañado por una zona de trabajo, un vestidor diseñado al detalle y unas ventanas en arco que enmarcan los viñedos y las montañas del Priorat. Es precisamente esa relación con el exterior una de las cosas que más me gusta de la habitación. Las ventanas funcionan casi como pequeños cuadros del paisaje, haciendo que el entorno forme parte de la propia arquitectura interior.

El techo abuhardillado, con sus vigas de madera, termina de crear esa sensación de hogar. Maderas oscuras, microcemento y una paleta de tonos tierra construyen un espacio elegante, pero también acogedor.

El baño mantiene la misma atención por los materiales, con un lavabo realizado en piedra natural y una bañera exenta que se convierte en protagonista.

Y por la mañana, otro pequeño detalle: desde la cama, un simple botón abre las cortinas y deja aparecer el paisaje. Es difícil querer levantarse.

Panorámica del hotel desde la piscina.

Diseño, vino y paisaje

Bajar a desayunar es continuar descubriendo el hotel. La propuesta es cuidada y apuesta por productos de calidad, pero aquí la atención vuelve a marcar la diferencia.

Te sientas y alguien pregunta qué quieres. Durante dos mañanas, mi respuesta fue prácticamente la misma: tortilla francesa con pavo, tomate y champiñones, acompañada de café servido en mesa y algún toque dulce. Porque también hay lujo en eso: en que alguien se ocupe de ti.

En la zona nueva del complejo, donde antiguamente se encontraba el atelier, aparece Tarraco, con una espectacular carpintería a medida y una escalera curva que conduce hasta un espacio casi escondido: una bodega de vinos con gradas de microcemento y barricas, donde también se realizan catas.

La escalera vuelve a introducir uno de los elementos que más se repite en el proyecto: las formas curvas, que aparecen de manera casi orgánica en diferentes espacios del hotel. La bodega reúne una selección de referencias que pone en valor la riqueza vinícola del Priorat y recuerda que aquí el vino no es simplemente un complemento: forma parte de la identidad del lugar. Antes de bajar, una pequeña tienda reúne productos locales y vinos que recuerdan que el territorio no es simplemente un escenario. Es parte de la experiencia.

Y entonces aparece la piscina. Larga e infinita, situada entre la masía y el atelier y pensada tanto para nadar como para quedarse dentro del agua contemplando el paisaje. Entre los olivos, un jacuzzi exterior permite seguir disfrutando de los viñedos desde otro ángulo. Hora del aperitivo: un brioche de gambas, ensalada César y unas patatas bravas en Tarraco.

Vista del hall con elementos originales de la antigua masía.

Cuando llega la noche

Al caer la tarde toca volver a la habitación, arreglarse y salir de nuevo. Y aquí aparece otra vez la misma sensación: no querer salir de ella. Pero merece la pena hacerlo. La iluminación exterior transforma la masía cuando cae la noche. Una luz cálida e indirecta acompaña cada paso y hace que los espacios adquieran una atmósfera completamente diferente.

Antes de entrar en Vinum, nos encontramos con el director del hotel, Jordi Compte, que se acercó personalmente para saludarnos y asegurarnos de que estábamos disfrutando de la estancia. Un gesto sencillo que vuelve a poner de manifiesto esa atención cercana que habíamos sentido desde nuestra llegada.

Un pequeño anfiteatro exterior invita a detenerse unos minutos, copa de vino en mano, antes de entrar en el restaurante.

Una cena para descubrir el territorio

Nos esperaba una cena con maridaje que comenzó con un cóctel para abrir el apetito. Después llegaron diferentes elaboraciones de cocina, acompañadas de una cuidada selección de vinos. Más que destacar un plato concreto, la experiencia gira alrededor de la relación entre gastronomía, producto y territorio. Cada copa acompaña el recorrido de la cocina y convierte la cena en otra forma de descubrir el Priorat.

De la mano de Susana Gámez, sumiller, y del equipo del restaurante, el vino adquiere un papel protagonista y permite acercarse al territorio desde otra perspectiva.

 

Un refugio entre viñedos

Después de la gastronomía, el vino, la piscina y el paisaje, llega otro de los espacios pensados para bajar todavía más el ritmo: el spa. Un espacio privatizable diseñado en torno a elementos históricos, con piscina climatizada, jacuzzi, hammam, sauna y duchas de agua fría y caliente. Incluso aquí el vino vuelve a estar presente, incorporándose a algunos de sus tratamientos.

La experiencia trasciende los muros del hotel. Hay diversas propuestas que van desde rutas en bicicleta eléctrica a sesiones de yoga, catas de aceite de oliva o vinos, un pícnic entre viñedos y la observación de las estrellas con un experto que desgrana los secretos de la Vía Láctea.

Y quizá ahí está la esencia de Mas d’en Bruno. No intenta competir con el paisaje que lo rodea. Lo incorpora. La antigua masía y la arquitectura contemporánea, la madera, el microcemento, la piedra, las curvas, el agua y los viñedos construyen una experiencia en la que interior y exterior parecen estar continuamente conectados.

Pero, para mí, la verdadera sorpresa estuvo en la habitación 33. Porque después de recorrer el hotel, descubrir su gastronomía y dejar pasar las horas frente a los viñedos, sentía que era como volver a casa. Y quizá ese sea uno de los mayores lujos de Mas d’en Bruno.

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