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Guillermo aprieta el cerco sobre Andrés: la corona ya no quiere seguir mirando hacia otro lado

El príncipe de Gales presiona para cortar definitivamente los lazos institucionales con su tío, mientras la monarquía británica intenta sobrevivir a uno de sus episodios más incómodos

Kate Middleton y Guillermo, Príncipe de Gales, viajan en un carruaje hasta el Palacio de Buckingham durante una visita de estado de Qatar al Reino Unido, en Londres, Gran Bretaña, el 3 de diciembre de 2024.
EFE/EPA/TOLGA AKMEN

En las familias reales, como en cualquier otra, hay silencios que duran años. Pero llega un momento en que el silencio deja de ser prudencia y empieza a parecer complicidad. Ese punto es, según diversas fuentes cercanas a la corona británica, al que habría llegado el príncipe Guillermo respecto a su tío, el príncipe Andrés.

El heredero al trono quiere actuar. Y quiere hacerlo ahora. Dentro del engranaje siempre lento de Buckingham Palace, donde las decisiones se cocinan a fuego bajo y las crisis se gestionan con una paciencia casi geológica, la postura de Guillermo empieza a marcar un contraste generacional. El hijo mayor del rey Carlos III considera que el escándalo que rodea a su tío no puede seguir siendo tratado como un problema incómodo que se esconde detrás de una cortina protocolaria.

La monarquía británica, que ha sobrevivido a guerras, divorcios, incendios en palacio y entrevistas televisivas que parecían bombas diplomáticas, se enfrenta ahora a algo más delicado: la erosión constante de su credibilidad pública.

Andrés lleva años siendo el recordatorio incómodo de ese desgaste. Desde que su relación con Jeffrey Epstein se convirtió en un escándalo internacional, el duque de York pasó de ser un miembro destacado de la familia real a convertirse en una figura prácticamente apartada de la vida institucional. Perdió patronazgos, dejó de representar oficialmente a la corona y desapareció de la mayoría de actos públicos.

Pero desaparecer no siempre significa resolver el problema. En la práctica, el príncipe Andrés ha seguido formando parte del paisaje familiar de Windsor. No en los balcones, pero sí en los márgenes. No en las fotografías oficiales, pero sí en la conversación pública. Y ese limbo, según diversas informaciones publicadas en medios británicos, es precisamente lo que Guillermo quiere terminar.

Para el príncipe de Gales, la institución necesita una línea clara. Su argumento es sencillo y brutalmente político: la monarquía ya no puede permitirse ambigüedades. En una época en la que cada gesto es analizado al milímetro y cada privilegio se discute en la plaza pública digital, mantener zonas grises equivale a alimentar el desgaste.

Guillermo pertenece a una generación que ha crecido viendo cómo la reputación de la familia real puede evaporarse en cuestión de horas. Lo vio con su madre, Diana. Lo vio con las guerras mediáticas de los años noventa. Y lo vio, más recientemente, con las sacudidas internas provocadas por entrevistas, documentales y memorias familiares convertidas en best sellers. Por eso su estrategia parece distinta. Menos paciencia institucional y más cirugía preventiva.

El problema es que las familias reales, incluso cuando toman decisiones políticas, siguen siendo familias. Y ahí entra en juego el rey Carlos III.

El monarca mantiene, según diversas fuentes, un afecto personal por las hijas de Andrés, las princesas Beatriz y Eugenia, que durante años han intentado mantenerse al margen de los escándalos que rodean a su padre. Dentro de palacio se intenta separar el problema institucional del problema familiar, una tarea tan complicada como intentar dividir una casa por la mitad sin tocar los cimientos.

Guillermo, sin embargo, parece convencido de que la monarquía del futuro tendrá que ser más pequeña, más austera y, sobre todo, más nítida. Menos primos, menos tíos, menos sombras.

La estrategia del heredero pasa por concentrar la representación institucional en un núcleo reducido: el rey, la reina, el propio Guillermo, su esposa Catalina y, con el tiempo, sus hijos. Una monarquía compacta, casi minimalista, diseñada para sobrevivir en un siglo que mira con creciente escepticismo cualquier forma de privilegio heredado. En ese esquema, Andrés simplemente no encaja.

 

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