Planes con niños

Laponia, el lugar donde los adultos vuelven a creer en la magia

Laponia tiene algo extraño. Una llega convencida de que viene a buscar a Papá Noel y termina descubriendo que lo que realmente había perdido era la capacidad de asombrarse...

Viajar aquí con niños obliga a cambiar el ritmo. No sirve de nada correr. No hay una lista de monumentos que fotografiar. Aquí todo sucede despacio. Muy despacio. El tiempo que tarda un reno en acercarse. El silencio de un bosque blanco, idéntico a los que durante años solo habíamos visto en los cuentos de Navidad. La paciencia necesaria para esperar una aurora boreal. El leve crujido de un trineo deslizándose sobre la nieve helada.

En Laponia hay escenas que se repiten: mientras los adultos hacemos fotos, los niños corren a hacerse con cualquiera de los trineos de madera que esperan apilados en los parques, a disposición de quien quiera usarlos. Mientras nosotros buscamos la mejor panorámica, ellos descubren que el vaho también puede convertirse en un juego.

Si algo hemos aprendido de este país es que no siempre hace falta inventar entretenimiento. A veces basta con dejar que las cosas ocurran.

Rovaniemi, la ciudad situada sobre el Círculo Polar Ártico, se ha convertido en la puerta de entrada a este universo blanco. Allí se encuentra el famoso Santa Claus Village, donde cruzar la línea imaginaria del Círculo Polar, entrar en la oficina de Papá Noel o enviar una postal con el matasellos oficial de Santa despierta la misma ilusión en un niño de cinco años que en un adulto que juraba haber dejado de creer hace décadas. El recinto permanece abierto todo el año, aunque es en invierno cuando despliega toda su magia… y cuando se disparan los precios.

Muy cerca está SantaPark, una enorme cueva excavada bajo tierra donde trabajan los elfos. O, al menos, eso es lo que uno acaba creyendo. Allí los niños aprenden a decorar galletas de jengibre, atraviesan la escuela de elfos, recorren pasillos iluminados y descubren un universo navideño que consigue algo muy difícil: que incluso los padres se sorprendan.

Pero lo mejor de Laponia ocurre cuando uno sale de esos escenarios. Porque basta alejarse unos kilómetros para encontrarse con el silencio. Un silencio absoluto, ese que en las ciudades ya casi hemos olvidado que existe.

Entonces aparecen los renos. Pero no como personajes de un cuento, sino como animales serenos que llevan siglos formando parte de la vida del pueblo sami y del paisaje ártico. Los niños los observan, los acarician, les dan de comer y, después, se suben al trineo que ellos mismos arrastran entre la nieve. Les basta contemplar su paso pausado para quedarse fascinados, sin preguntar cuánto falta para llegar a la siguiente actividad.

Algo parecido sucede con los huskies. Antes de empezar la excursión se dejan acariciar. Saltan. Parecen incapaces de esperar un segundo más para echarse a correr. De repente, el guía da la salida. Silencio. Solo se escucha el roce de los patines del trineo sobre la nieve.

Es una de esas experiencias que ningún vídeo consigue explicar. Durante unos minutos desaparece todo. Solo existe el bosque, el frío y la respiración acompasada de los perros mientras avanzan entre los abetos cubiertos de nieve. Los parques y granjas de huskies de la zona organizan recorridos adaptados a familias y explican cómo viven y se cuida a estos animales durante todo el año.

Otra parada imprescindible para quienes viajan con niños es el zoológico de Ranua. No hay jirafas ni elefantes. En esta reserva natural los protagonistas son los animales del Ártico.

Osos polares, linces, glotones, búhos nivales, alces o zorros árticos aparecen en recintos enormes que reproducen su entorno natural. No es un zoo para correr de una jaula a otra. Es un paseo por el bosque en el que los animales forman parte del paisaje.

Y quizá esa sea otra de las lecciones del viaje. En Laponia hay que aprender a esperar. Esperar a que salga un alce entre los árboles. Esperar a que un reno decida acercarse. Esperar a que deje de nevar. Esperar a que se despeje el cielo. Y, sobre todo, esperar a que aparezcan las auroras boreales.

Nadie puede prometer que las verás. Y precisamente por eso emocionan tanto. Cuando el cielo empieza a teñirse lentamente de verde, los niños no preguntan por la explicación científica. No les interesa saber que son partículas solares chocando contra la atmósfera terrestre. Simplemente levantan la cabeza. Y sonríen. Los adultos, en cambio, solemos mirar primero la cámara del móvil para cazarlas bien. Quizá por eso ellos disfrutan más.

El verdadero lujo de Laponia no es dormir en una cabaña de madera ni cruzar el Círculo Polar Ártico. Tampoco montar en un trineo o conocer a Papá Noel. El lujo aquí es pasar varios días sin mirar el reloj. Sin discutir por llegar a tiempo. Sin pensar cuál será la siguiente actividad. Solo dejando que el paisaje marque el ritmo.

Al volver a casa les pregunté qué era lo que más les había gustado. Pensé que dirían Papá Noel. O los huskies. O las motos de nieve. Respondieron algo mucho más sencillo: la nieve. Porque para ellos aquel paisaje entero era un enorme lugar donde jugar.

Entendí que, igual que Dinamarca enseña a mirar el mundo desde la altura de un niño, Laponia recuerda que la magia no desaparece cuando crecemos. Solo deja de aparecer cuando dejamos de mirar despacio.

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