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Las mujeres que escuchan demasiado: el fenómeno que lleva al agotamiento emocional

¿Por qué algunas personas acaban convirtiéndose en las psicólogas?

Hay mujeres que no llegan nunca a estudiar Psicología y, sin embargo, dedican media vida a ejercer de terapeutas oficiosas. Son las amigas que reciben las llamadas de madrugada cuando una relación se rompe. Las hijas a las que la madre confiesa problemas que nunca compartió con nadie de su generación. Las compañeras de oficina que terminan escuchando los divorcios ajenos. Las parejas que cuidan emocionalmente a todo el mundo sin que a nadie parezca importarle quién las cuida a ellas. No es, como suele decir quienes abusan de ellas, que tengan un don. La propia psicología se pregunta por qué determinadas personas, y especialmente muchas mujeres, terminan como terapeutas de guardia de familiares, amigos y compañeros.

La socióloga estadounidense Arlie Russell Hochschild, autora de The Managed Heart, un clásico de las ciencias sociales, acuñó el concepto de trabajo emocional.  Describía así el esfuerzo invisible que realizan profesiones como las azafatas o las enfermeras para regular las emociones propias y ajenas. Con el tiempo, el término ha trascendido el ámbito laboral para explicar ese trabajo emocional gratuito en ámbitos más privados.

Cuanto mejor lo hacer, más invisible

Además de escuchar, exige recordar quién está pasando un mal momento, anticipar conflictos antes de que estallen, mediar entre familiares enfrentados, detectar silencios, interpretar gestos y calmar cuando otros se desbordan. Es una forma de cuidado tan constante que suele pasar inadvertida precisamente porque nunca figura en ninguna lista de tareas. Cuanto mejor lo hace, más invisible resulta.

El tapping y cómo incorporarlo a la psicología
Ser la terapeuta para todos lleva al agotamiento

La psicología de la personalidad ofrece una primera explicación desde los estudios sobre el modelo de los Cinco Grandes rasgos de personalidad. Las personas con puntuaciones elevadas en amabilidad (agreeableness) suelen mostrarse cooperativas, empáticas, conciliadoras y orientadas al bienestar ajeno. Son individuos que generan confianza con rapidez y emiten pocas señales de juicio o rechazo. No es extraño que otros terminen contándoles aquello que nunca habían confesado.

Pero la personalidad explica solo una parte. El psicólogo estadounidense Jeffrey Young, creador de la terapia de esquemas, describió uno de los patrones cognitivos que aparecen con frecuencia en estas personas: el esquema de autosacrificio. Quien lo desarrolla experimenta una necesidad persistente de atender las necesidades ajenas incluso cuando hacerlo implica descuidarse a sí mismo. No busca necesariamente reconocimiento; simplemente siente que decir “no” equivale a fallar moralmente.

“Siempre he sido la fuerte”

Por eso muchas de estas mujeres no viven la ayuda como una elección, sino como una obligación. Con frecuencia, además, el origen se remonta mucho antes de la vida adulta. La literatura sobre la parentificación (inversión de roles), desarrollada entre otros por la psicóloga Lisa M. Hooper, describe a niños que asumen responsabilidades emocionales impropias de su edad. Son confidentes de un progenitor, median en discusiones familiares o asumen que mantener la paz depende de ellos. Esta inversión de roles produce una combinación llamativa de fortalezas y costes. Favorece la empatía, la madurez y la capacidad para comprender a los demás, pero también incrementa la carga emocional, el perfeccionismo, la ansiedad y la dificultad para establecer límites. Por eso muchas mujeres describen la misma sensación desde la adolescencia: “Siempre he sido la fuerte”.

Quienes mejor escuchan suelen ser quienes menos espacio encuentran para hablar

El propio entorno contribuye a consolidar ese papel. En psicología social se conoce como asignación de roles. Una persona realiza repetidamente una función, los demás descubren que funciona y terminan esperándola siempre de ella. La amiga que media en una discusión acaba mediando en todas. La hermana responsable termina organizando todas las crisis familiares. Y la compañera que escucha un problema se convierte, sin darse cuenta, en el buzón emocional permanente de la oficina.

Escuchar sin descanso desgasta

Sin embargo, esa disponibilidad tiene un precio. Se habla de fatiga por compasión, un concepto desarrollado por el psicólogo Charles Figley para describir el desgaste que provoca cuidar emocionalmente de manera continuada. Aunque el término nació para profesionales expuestos al sufrimiento ajeno, numerosos trabajos muestran que la acumulación constante de trabajo emocional favorece el agotamiento, la extenuación psicológica y el burnout. Una revisión publicada en 2018 concluía que la regulación continua de las emociones se asocia de forma consistente con mayores niveles de agotamiento emocional.

Además, cuanto mayor es la fatiga por compasión, más difícil resultaba continuar con ello sin deterioro psicológico. Paradójicamente, quienes mejor escuchan suelen ser quienes menos espacio encuentran para hablar. Según la psicóloga Amanda Rose, compartir los problemas fortalece los vínculos de amistad, especialmente entre mujeres, pero cuando las conversaciones giran una y otra vez sobre las mismas preocupaciones sin avanzar hacia soluciones, aumenta el riesgo de ansiedad y depresión. Escuchar sin descanso desgasta.

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