Moda

Lo mejor (y lo peor) de MBFWMadrid: de la Arcadia de Palomo al hartazgo de Nebrija

Por primera vez, toda la pasarela madrileña salió de IFEMA y se repartió por la ciudad con resultados desiguales. Palomo, CALAFAT y Acromatyx confirmaron algunos de los universos más estimulantes de la moda española, mientras EGO volvió a demostrar que la extrañeza no siempre está donde más presupuesto hay

Una semana después de que terminara Mercedes-Benz Fashion Week Madrid, quizá sea más fácil distinguir lo que permanece de aquello que funcionó durante unos minutos en una pantalla o una pasarela. La edición primavera/verano 2027 se celebró entre el 14 y el 19 de septiembre y presentó una novedad importante: por primera vez, todos los desfiles abandonaron IFEMA para repartirse por distintos espacios de Madrid. El Invernadero del Palacio de Cristal de Arganzuela, Cibeles, la Universidad Nebrija, la Rosaleda del Parque del Oeste, The Palace, Vista Alegre o la Galería de las Colecciones Reales aparecieron en un calendario que aspiraba a convertir la ciudad entera en pasarela.

Sobre el papel, es difícil pensar en una decisión más acertada. Una semana de la moda debería servir también para producir imágenes de la ciudad que la acoge. En la práctica, el experimento funcionó de forma bastante más desigual.

Porque abandonar IFEMA no significa automáticamente escapar de la monotonía. Buena parte del calendario se concentró en el campus de Comunicación y Artes de la Universidad Nebrija: allí desfilaron durante varios días Moisés Nieto, Ernesto Naranjo, Baro Lucas, Acromatyx, Odette Álvarez, Malne, Antonio del Canto, Isabel Sanchís, Maison Mesa, Custo Barcelona, Yolancris y, finalmente, toda la programación de EGO. Después de encontrarse una y otra vez con el mismo escenario —hasta el mismo gran prisma transparente colocado en el centro—, la revolución multisede empezaba a parecer algo menos revolucionaria.

Los mejores momentos fueron, precisamente, aquellos en los que el espacio dejó de ser un fondo y se convirtió en parte del desfile.

Palomo y el deseo de pertenecer

Era difícil que el décimo aniversario de Palomo no fuera uno de los acontecimientos de la semana. Et in Arcadia Ego, presentado al atardecer en la Rosaleda del Parque del Oeste, imaginaba una Arcadia propia en la que el deseo, las identidades y las categorías tradicionales de lo masculino y lo femenino podían transformarse libremente. Pedro Almodóvar estaba entre el público y una batería en directo acompañaba el recorrido de los modelos por el jardín.

La colección comienza casi como una fantasía pastoral, entre azules pálidos, rosas empolvados, blancos y beiges, para avanzar hacia negros, rojos, verdes y dorados cada vez más intensos. Sastrería, transparencias, bermudas, vestidos, joyería monumental y prendas que dejan el cuerpo prácticamente al descubierto circulan de unos modelos a otros sin demasiado interés por determinar a qué armario deberían pertenecer. Los tocados de plumas, en ocasiones al borde de la caricatura, terminan formando parte de una fantasía que nunca parece demasiado preocupada por la mesura.

Pero la principal fortaleza de Palomo está en otra parte. No se limita a diseñar ropa: construye una comunidad aspiracional. Cuando llega el carrusel final, quienes han desfilado parecen menos un reparto de modelos que la banda de rock más deseable del mundo o el grupo de amigos al que uno querría conseguir acceso de alguna manera. La belleza del casting, la música y la propia ropa forman parte de una misma operación de seducción.

Diez años después de comenzar su proyecto, Alejandro Gómez Palomo sigue siendo una de las voces españolas que con mayor naturalidad han conseguido volver prácticamente irrelevante la división entre armarios masculinos y femeninos. Y quizá ahí resida el verdadero carácter radical de Palomo: su moda ya no necesita anunciar que no tiene género porque lleva años comportándose como si aquella frontera nunca hubiera existido.

CALAFAT: rosas, rave y melodrama

Si Palomo llegaba como favorito inevitable, CALAFAT fue una de las grandes confirmaciones de la semana.

Burnt Rose Garden, presentada en The Palace Hotel, partía de un jardín artificial cuya belleza comienza a revelar las marcas del sacrificio, la presión y la transformación. Y aquí sí había espectáculo: rosas esparcidas por el suelo, una estructura casi religiosa a modo de altar o tótem, bailarines, cambios de iluminación y una novia velada convertían el desfile en algo cercano al cuento gótico, la ceremonia y la rave.

Todo era bastante dramático.

La ropa no siempre resultaba tan radical como el dispositivo que la rodeaba. Pero encontraba sus mejores momentos cuando la sastrería urbana se dejaba contaminar por el jardín: rosas que atravesaban chaquetas, estructuras escultóricas que alteraban los hombros, corsés construidos a base de tiras y prendas ceremoniales mezcladas con pañuelos, gafas oscuras y pelo mojado. Sus genealogías internacionales son fáciles de reconocer. Hay códigos que la pasarela madrileña empieza a incorporar ahora con naturalidad y que Londres, París o Nueva York llevan años digiriendo.

Pero no hace falta inventar una silueta nunca vista para conseguir que una colección tenga sentido. un traje rojo de hombros marcados con camisa de faldón largo, una sastrería blanca, un vestido construido con tiras y cordones o una gabardina atravesada por rosas funcionaban porque todos pertenecían a un mismo mundo. CALAFAT recibió además el premio NARS Icon de esta edición.

Acromatyx: una tribu vestida de negro (y no solo)

Otro de los universos que ya parecen plenamente formados es el de Acromatyx. Franx de Cristal y Xavi García revisaron para esta temporada patrones de su propio archivo, alterándolos mediante nuevas proporciones, materiales y colores. La colección arrancaba en un blanco casi clínico para abrirse después al verde ácido, el violeta y el rosa empolvado, antes de regresar al negro y terminar entre plateados, transparencias y plásticos.

Paradójicamente, Acromatyx sigue siendo más poderoso cuando hace honor a su nombre. Los blancos, los negros, las transparencias, el plástico y la sastrería desproporcionada continúan siendo su territorio más convincente, especialmente cuando prendas aparentemente familiares —un traje, una camisa, una gabardina— se deforman mediante capas, proporciones alteradas o materiales sintéticos. Los verdes, violetas y rosas amplían el vocabulario, pero diluyen la nitidez de una identidad que se reconoce mejor en los extremos del blanco y el negro.

Pero pocas firmas españolas entienden igual de bien que un desfile también consiste en reunir una tribu. El casting, los cabellos, los cuerpos y el estilismo forman parte de la propuesta tanto como la propia ropa. Un traje negro puede terminar sobre pantalones transparentes, un vaquero roto convivir con chaleco y corbata o una gabardina convertirse en una lámina de plástico. Todo pertenece al mismo universo urbano, severo y ligeramente alienígena.

La sorpresa estaba en EGO

Quizá por eso una de las colecciones más refrescantes apareció precisamente al final, en la plataforma emergente EGO.

Karla Aguilar ganó el premio Pelonio New Talent con AMORFO, una colección construida alrededor de la disociación y de la sensación de que el cuerpo deja de sentirse propio. La ropa aparece como refugio, armadura, máscara o segunda piel; la diseñadora trabajó incluso con gelatina biodegradable para producir superficies orgánicas.

La juventud de la propuesta se percibe en la cantidad de referencias que conviven en ella, pero también en una voluntad de experimentar que otras colecciones mucho más asentadas parecen haber perdido. Sombreros que ocultan el rostro, ojos vendados, bombachos, sastrería desplazada, corsés rígidos, grandes cuentas y materiales translúcidos deforman el cuerpo o lo convierten en algo difícil de reconocer. En sus mejores momentos, las prendas parecen menos destinadas a vestirlo que a protegerlo, atraparlo o transformarlo.

Después de varias colecciones mucho más domesticadas, resultaba estimulante encontrar a alguien que todavía quisiera hacer cosas raras con un cuerpo.

Isabel Sanchís: el vestido bonito también puede ser extraño

En el extremo aparentemente contrario estuvo Isabel Sanchís, que demostró que la moda de noche tampoco tiene por qué ser sinónimo de conservadurismo.

La colección partía de prendas que históricamente transformaron la forma en que las mujeres podían vestir y expresarse, y recuperaba, entre otros elementos, los pantalones bloomer. La firma incorporó también recursos de impresión 3D.

La propuesta fue ganando fuerza a medida que avanzaba. A la sastrería fluida, los estampados y los tonos suaves del comienzo les sucedieron siluetas cada vez más arquitectónicas, con volúmenes rígidos, drapeados, transparencias y superficies escultóricas. Entre trajes oversize en rosa pálido, satinados aguamarina, blancos rotundos y vestidos de noche de gran volumen aparecieron algunas de las imágenes más elegantes de la edición.

No todos los vestidos resultaban igual de memorables, pero los mejores conseguían precisamente lo que falta en mucha moda de ceremonia: alterar el cuerpo en vez de limitarse a embellecerlo.

La elegancia también cuenta

Algo semejante, aunque desde un registro mucho más contenido, ocurría con Pedro del Hierro. Su desfile en el Invernadero de Arganzuela encontraba sus mejores momentos en los looks de día —grises, crudos, rayas, amarillos suaves, gabardinas, pantalones cortos y una sastrería relajada enriquecida con fajines, pañuelos y superposiciones—. Después, la colección ampliaba la paleta hacia el coral, el turquesa y el rojo antes de desembocar en una noche de negros, transparencias y destellos metálicos algo más previsible. La elegancia seguía ahí; lo que disminuía era la capacidad de sorpresa.

Baro Lucas ofreció una propuesta más articulada, construida a partir de drapeados, nudos, asimetrías y prendas que alteraban su volumen sin perder una apariencia depurada. La colección avanzaba además con bastante lógica entre verdes y amarillos ácidos, azules, grises, rosas y negros, alternando una sastrería relajada con vestidos de líneas más escultóricas.

Adolfo Domínguez trabajó desde un registro menos espectacular. La firma volvió sobre esa idea de ropa relajada que forma parte de su vocabulario —sastrería desestructurada, pantalones amplios, capas, plisados y tejidos ligeros—, pero introdujo pañuelos integrados, volúmenes desplazados y accesorios de cuero blando que evitaban que el conjunto resultara demasiado correcto. Entre los neutros aparecían además golpes de rojo, amarillo, verde oliva y lila, junto a un estampado pictórico que dejó algunas de las imágenes más reconocibles de la colección. No había aquí un gran gesto destinado a hacerse viral, sino una identidad bastante más difícil de confundir de lo que parecía a primera vista.

Malne y el regreso de un glamour sin complejos

Malne apostó por un tipo de sofisticación mucho menos contenida. La colección arrancaba entre negro y blanco, raya diplomática, encajes, transparencias y lunares, antes de desplazarse hacia animal print, dorados, tweed, sedas empolvadas, flores y plumas. Había algo deliberadamente retro en esa mezcla de sastrería severa, joyería abundante y vestidos de noche, como si la firma reivindicara una idea de glamour que ya no teme resultar excesiva.

Algunos estilismos acumulaban demasiados códigos de lujo al mismo tiempo, mientras que otros —un conjunto de sastrería clara atravesado por un dibujo de encaje negro, el conjunto beige con chaqueta entallada y falda de encaje o varios de los vestidos drapeados del tramo final— encontraban un equilibrio mucho más convincente.

Moisés Nieto resultaba más interesante cuanto menos literalmente andaluza parecía su Andalucía: herraduras, corbatas de bolo, pantalones fuseau, cinturones, nudos y drapeados dejaban aparecer el imaginario sin necesidad de convertir la pasarela en una Feria de Abril. Los mejores looks eran precisamente aquellos en los que esas referencias dejaban de funcionar como citas y empezaban a alterar la silueta.

Maison Mesa demostraba que el color también puede ser una herramienta de construcción. La colección comenzaba en blancos y azules casi empolvados antes de lanzarse al azul eléctrico, el fucsia, el lima, el turquesa o el naranja, combinados con una seguridad poco frecuente. Más interesante que la paleta, sin embargo, era la manera de alterar prendas reconocibles mediante capas, volúmenes, cinturones y pequeños desplazamientos de proporción. A veces un gesto constructivo relativamente sencillo hacía más por un look que toneladas de adorno. Ahí estaba, por ejemplo, la camisa salmón cuyo cuello se prolongaba hasta convertirse en los tirantes del pantalón naranja.

Redondo Brand: cuando más es simplemente más

El premio a Redondo Brand fue quizá el resultado que más dudas dejaba. La Doña, inspirada en María Félix, no carecía de oficio ni de imágenes memorables: había muy buenos vestidos rojos de construcción precisa, corsés, grandes faldas plisadas y algún ejercicio de negro especialmente elegante.

El problema aparecía cuando la referencia se volvía demasiado literal. Flores monumentales, volantes, estampado de leopardo, tocados, transparencias, plisados y volúmenes competían constantemente por convertirse en el centro del look. Había prendas que funcionaban precisamente cuando la colección contenía ese impulso: el vestido rojo de hombros descubiertos sobre una gran falda plisada, varios de los looks negros o algunos de los blancos finales.

No era una colección pobre; más bien al contrario. Había tanta idea, tanto recurso y tanta voluntad de espectáculo que faltaba alguien dispuesto a quitar cosas. En una edición en la que algunas de las propuestas más interesantes habían encontrado personalidad mediante pequeños desplazamientos de silueta o proporción, Redondo Brand recordaba que, algunas veces, más es simplemente más.

Algo parecido ocurría con Hannibal Laguna, que desplegó un notable trabajo de textura en una paleta casi monocroma de marfiles, champanes y negros. Entramados, bordados, transparencias y plisados daban interés incluso a las siluetas más clásicas, y algunos guiños a los años veinte funcionaban especialmente bien. El problema aparecía cuando esa elaboración dejaba de acompañar al vestido para convertirse en su argumento entero: grandes lazos, aplicaciones, encajes y volúmenes podían hacer que ciertas piezas se sintieran más trabajadas que realmente resueltas.

Y flores hubo para aburrir. Bordadas, impresas, metálicas, convertidas en pendientes, en tocados, en volúmenes o directamente en jardines enteros. No es precisamente una revolución que aparezcan flores en una colección primavera/verano. La cuestión está en conseguir que una rosa vuelva a parecer extraña. CALAFAT lo logró más veces que otros.

La trampa de tener un lenguaje propio

También existe el problema inverso: ser tan reconocible que una nueva colección tenga que luchar contra todo lo que uno ya sabe de la marca.

Ágatha Ruiz de la Prada volvió a hacer exactamente aquello que la ha convertido en una de las diseñadoras españolas más reconocibles: color sin complejos, corazones, geometrías elementales y un sentido del humor que aquí se extendía también al estilismo, desde el pelo verde hasta las plataformas de cuadros. La colección funcionaba mejor cuando esa gramática se llevaba hasta sus últimas consecuencias —los vestidos construidos a partir de volúmenes, flecos y formas casi abstractas— que cuando se limitaba a reproducir sus códigos más familiares. El problema de ser inconfundible durante tanto tiempo es que la sorpresa ya no consiste en reconocer el lenguaje, sino en descubrir qué puede hacerse todavía con él.

Custo Barcelona optó por una versión inesperadamente contenida de sí mismo. Blancos, rosas empolvados, azules pálidos y verdes acuosos sustituyeron buena parte del cromatismo estridente asociado a la firma, en una sucesión de encajes, transparencias, volantes, tejidos calados y pantalones fluidos de aire dosmilero. Había algo atractivo en ese Custo casi lavado por el sol, especialmente en los primeros looks femeninos, aunque a medida que avanzaba el desfile la reiteración de las mismas fórmulas iba diluyendo su efecto. Más que una colección fallida, fue una de esas propuestas agradables que se disuelven con rapidez en la memoria una vez termina el desfile.

¿Y lo peor de la MBFWMadrid?

No hay necesidad de coronar un «peor diseñador». La moda no es una competición deportiva, por mucho que entregue premios al final.

Lo menos estimulante de esta edición estuvo más bien en las oportunidades desaprovechadas: prometer una pasarela repartida por Madrid y terminar regresando una y otra vez al mismo patio de Nebrija; confundir exuberancia con acumulación; presentar prendas técnicamente impecables que, una semana después, cuesta recordar; o seguir reservando a la moda masculina una fracción de la imaginación destinada a las mujeres.

Lo mejor ocurrió cuando sucedió justo lo contrario: cuando Palomo convirtió un jardín en una sociedad alternativa; CALAFAT hizo de unas rosas una ceremonia; Acromatyx reunió a su extraña tribu; Karla Aguilar convirtió el cuerpo en algo incómodo y mutable; o Isabel Sanchís demostró que hasta el gran vestido de noche puede seguir produciendo sorpresa.

La primera MBFWMadrid completamente fuera de IFEMA ha demostrado que una ciudad puede ser una pasarela, pero una localización bonita no construye por sí sola un mundo. Para eso todavía hacen falta ropa, cuerpos, música, espacio y, sobre todo, una idea suficientemente fuerte como para que, una semana después, uno siga acordándose de ella.

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