Una de mis visitas a Bennington fue en noviembre de 2016. La universidad de mi hija celebraba el día de la familia y fui a visitarla. Como a los pocos días era la elección entre Hillary Clinton y Donald Trump decidí quedarme para apoyar a los medios en los que colaboraba que buscaban saber qué estaba pasando en aquel rincón de Vermont.
Bennington está en el sur de Vermont, muy cerca de la frontera con el Estado de Nueva York. Es una ciudad pequeña, rodeada de bosques, rural, fantasmal en invierno y con un paisaje con más presencia que sus habitantes. En otoño, cuando llegué, los árboles habían empezado a perder las hojas de color naranja y el viento atravesaba las ramas desnudas. Era un bosque misterioso.
Pero yo estaba allí para visitar Bennington College. Mi hija había conseguido entrar allí gracias a una beca. Una oportunidad capaz de cambiar el rumbo de una vida. El día que fui al college había una jornada para las familias organizada por la dirección.

Bennington es una institución pequeña, con menos de mil estudiantes, y tiene una relación muy particular con las artes, la literatura y la creatividad. Es también un lugar marcado por su aislamiento. El campus aparece entre los árboles casi como un mundo independiente, separado de la realidad exterior. Al entrar, la sensación es la de atravesar Narnia. Como si el mundo de fuera quedara atrás.
Aquí fue donde Donna Tartt encontró su pasión por la literatura.
La escritora estudió en Bennington y se inspiró en sus años en esta Universidad para redactar The Secret History, la novela publicada en 1992 que convirtió a este lugar en uno de los escenarios más inquietantes de la literatura estadounidense contemporánea. La novela cuenta la historia de un grupo de estudiantes obsesionados con los clásicos y la posibilidad de vivir una vida extraordinaria. Su deseo de sentirse diferentes y de formar parte de algo excepcional acabó conduciéndolos hasta el asesinato. La realidad de Bennington poco tiene que ver con aquella ficción criminal, pero resulta fácil entender por qué Tartt pudo encontrar en este espacio el material para construir su mundo. Durante los años de Tartt estudiaron también en Bennington escritores como Bret Easton Ellis, Jonathan Lethem y Jill Eisenstadt. De este limitado college salieron, además, artistas y creadores que terminarían ocupando lugares importantes en la cultura estadounidense. La concentración de escritores, músicos y artistas que ha pasado por sus aulas resulta sorprendente para una institución de semejante tamaño.

También estaba el privilegio. Bennington ha atraído durante décadas a estudiantes procedentes de familias extraordinariamente acomodadas, herederos, hijos de personajes conocidos y jóvenes que parecían tener ante sí todas las posibilidades. Entre los estudiantes que acompañaron a mi hija estaba incluso la heredera de una conocida marca española de moda. El talento convive con el privilegio, la extravagancia con la disciplina, había estudiantes de muchos puntos del planeta desde Gaza hasta Ucrania, Bosnia, o incluso Uzbekistán.
Noche electoral en Bennington
Y entonces llegaron las elecciones. Yo estaba trabajando para un periódico y me habían pedido que tomara el pulso al país. Faltaban pocos días para que Hillary Clinton y Donald Trump se enfrentarán en las urnas. Clinton podría convertirse en la primera mujer presidenta de Estados Unidos. En buena parte del mundo se daba por hecho que sería ella quien ganaría. Por eso me sorprendieron tanto las respuestas de los lugareños de Bennington que en su gran mayoría apoyaban a Trump. Me llamó la atención encontrar carteles de Trump en un estado que yo había imaginado como uno de los reductos más progresistas del país.
La sorpresa fue aún mayor porque el ambiente en aquellos días era extraño. Bennington, que podía parecer luminoso y casi idílico en verano, se había transformado con los árboles desnudos y el cielo gris. Los bosques adquirían un aspecto oscuro. Por momentos parecía el escenario de The Blair Witch Project.

La noche de las elecciones me encontraba en un hotel rústico. Desde la habitación escuchaba gritos de alegría mientras avanzaba el recuento. Durante aquellos días había llamado bastante la atención con mi cámara y mi acento extranjero y, en aquel momento, preferí pecar de prudente. Moví algunos muebles hasta colocarlos delante de la puerta. Por si acaso. A esas alturas ya no importaba que en Bennington los estudiantes pudieran aparecer vestidos como Scarlett O’Hara en una clase de biología. Tampoco que aquel fuera el lugar donde una generación de escritores había encontrado su voz. Lo que importaba era lo que estaba sucediendo en el exterior.
Estados Unidos estaba eligiendo a Donald Trump.
A la mañana siguiente me desperté con una sensación difícil de explicar. Recuerdo especialmente el gran obelisco de Bennington, el Bennington Battle Monument, que domina el paisaje de la localidad. Es un monumento de piedra de unos 93 metros de altura levantado para conmemorar la batalla de Bennington, librada en 1777 durante la Guerra de Independencia. Su forma vertical tiene algo inevitablemente fálico, un símbolo gigantesco de poder y memoria nacional plantado sobre el ya menos idílico paisaje de Vermont.
Lo miré aquella mañana de otra manera.

Durante años había asociado Estados Unidos con una determinada idea de libertad. La elección de Trump me hizo pensar que aquella idea estaba a punto de desmoronarse. Hillary Clinton acababa de perder la oportunidad de convertirse en la primera mujer presidenta del país y yo tenía la sensación de que algo que creíamos ganado podía empezar a retroceder. Sabía que el Bennington que había descubierto, el que hizo famosa a Tart en los 80 desaparecía. Seguía siendo un reducto progresista en mitad de un pueblo profundamente conservador y durante aquellos días esa contradicción me fascinó. Por un lado, estaba aquella pequeña universidad escondida entre los bosques, obsesionada con el conocimiento. Obsesionada con la idea de crear algo único. Aquí, Shirley Jackson se inspiró en el edificio de música Jennings Hall para escribir la novela de terror The Haunting of the Hill House. Ella, como yo, vio que hay algo muy gótico y aterrador en este lugar. Y allí descubrí al país que acababa de elegir a Trump.
Quizá esa era la verdadera lección de Bennington. Que Estados Unidos nunca ha sido una sola cosa. Que detrás de sus grandes rincones progresistas existe otro país. Que el talento y el privilegio pueden convivir con el miedo y el cambio. Y que incluso en el lugar donde Donna Tartt imaginó a unos jóvenes intentando vivir por encima de las reglas había lugareños desconcertados buscando no escapar del tradicionalismo.
Me fui de Bennington con la sensación de haber conocido dos Estados Unidos en el mismo lugar. Uno estaba dentro del campus, entre los árboles desnudos. En las aulas de chicos sin miedo a vestir como Scarlett O’Hara. Jóvenes conversadores que querían ser escritores, artistas, músicos o cualquier otra cosa que todavía no habían inventado.
El otro estaba fuera. Y acababa de ganar las elecciones.

