La conversación con Grok empezó con una petición tan sencilla como ambiciosa: encontrar un lugar donde lo más difícil del viaje no fuera elegir qué visitar, sino decidir qué comer primero. La única condición era clara: nada de pensar en calorías, operación bikini ni remordimientos. Solo buena comida.
La inteligencia artificial no se limitó a responder con el nombre de un país. En pocos segundos transformó la consulta en un recorrido gastronómico de siete días, con cuatro comidas diferentes cada jornada, mercados tradicionales, restaurantes frecuentados por locales, cafeterías, comida callejera e incluso una parada obligatoria en una tienda de conveniencia. Su apuesta fue rotunda: Corea del Sur.
A Corea del Sur no se viene a hacer dieta
Olvídate de esas rutas que empiezan por el monumento más famoso y terminan con un “si da tiempo, cenamos por aquí”. En este viaje ocurre exactamente al revés: primero se decide dónde comer y luego, si sobra un rato, ya habrá tiempo para hacer turismo. Al menos, esa es la filosofía de la inteligencia artificial, que plantea una ruta de siete días por Seúl, Jeonju y Busan con un objetivo bastante claro: volver a casa sabiendo pronunciar más nombres de platos que de templos.
La expedición arranca en Seúl, donde la misión consiste en saltar de mercado en mercado, descubrir pequeños restaurantes de barrio, perder la cuenta de las cafeterías y acabar cada jornada alrededor de una barbacoa coreana. Después llega Jeonju, considerada la cuna de buena parte de la cocina tradicional del país y parada obligatoria para probar el bibimbap en su versión más auténtica. El viaje termina en Busan, donde el pescado y el marisco prácticamente pasan del barco al plato.
Lo más curioso no es el recorrido, sino la manera de organizarlo. Aquí no hay jornadas dedicadas a museos o excursiones, sino a desayunos, comidas, meriendas y cenas. Cuatro citas innegociables cada día. Porque, según la IA, si Corea del Sur pone delante de ti un plato distinto en cada una de ellas, lo irresponsable sería dejar pasar la oportunidad.
La cena más participativa
Cuando tocó elegir cuál sería el gran flechazo gastronómico del viaje, la inteligencia artificial respondió sin pensárselo dos veces: la barbacoa coreana.
Y no solo porque la carne esté espectacular, sino porque cenar allí implica participar activamente en el proceso. Si tu idea de salir a un restaurante consiste en sentarte y esperar a que llegue el plato, conviene ir reajustando expectativas. Aquí la parrilla está en la propia mesa y eres tú quien da vueltas a la carne, controla el punto de cocción y decide la combinación perfecta para cada bocado.
La gracia está precisamente en eso. Un trozo de carne, una hoja de lechuga, un poco de arroz, ajo, kimchi, alguna salsa… y vuelta a empezar. Cada bocado puede ser distinto al anterior, así que es prácticamente imposible aburrirse.
Como si fuera poco, antes incluso de empezar a cocinar la mesa comienza a llenarse de pequeños platos que nadie ha pedido y que, sin embargo, forman parte de la experiencia. Son los famosos banchan: verduras aliñadas, diferentes tipos de kimchi, brotes, tofu y otros acompañamientos que convierten una simple cena en un buffet improvisado. Al final uno pide un plato principal y acaba probando media carta sin haberlo planeado, que probablemente sea una de las mejores noticias que puede recibir cualquier amante de la buena mesa.

Si hay turistas, sigue andando
Después de hablar de barbacoas y mercados, llegó una pregunta casi obligatoria: “Vale, pero ¿qué comen de verdad los coreanos cuando no hay turistas alrededor?”. La respuesta de Grok desmontó uno de los grandes mitos del viaje: no, no desayunan, comen y cenan barbacoa todos los días.
Su recomendación fue casi un ejercicio de valentía para cualquier viajero. Alejarse de las calles más turísticas, buscar pequeños restaurantes llenos de trabajadores y familias y, si el menú solo está en coreano, no salir corriendo. De hecho, cuanto menos entiendas la carta, más posibilidades hay de que hayas encontrado un buen sitio.
Es ahí donde aparecen platos cotidianos como el baekban, una comida que combina arroz, sopa y varios acompañamientos y que cambia según el día, además de guisos tradicionales como el kimchi jjigae o el doenjang jjigae, habituales en la mesa de muchos coreanos.
Hubo otro consejo sobre Corea del Sur que llamó especialmente la atención: entrar en esos restaurantes que parecen obsesionados con una sola receta. En Corea no es raro encontrar locales que llevan décadas preparando únicamente una sopa, unos fideos o un único guiso. La explicación de la IA fue convincente: si alguien lleva treinta años cocinando exactamente el mismo plato, quizá merezca la pena darle un voto de confianza.

Sabores sin traducción
Después de hablar de barbacoas, mercados y restaurantes de barrio, llegó la pregunta que probablemente se hace cualquiera antes de viajar a Corea del Sur: ¿qué es lo más raro que voy a probar?
En lugar de recomendar directamente los platos más extravagantes, propuso empezar por algo mucho más sencillo: descubrir esos sabores que para un coreano forman parte de su vida cotidiana, pero que para un europeo resultan completamente nuevos.
La lista era de lo más curiosa. Hojas de perilla con un sabor imposible de encasillar entre la menta, la albahaca y el anís; helados y cafés elaborados con sésamo negro; el injeolmi, un pastel de arroz cubierto de harina de soja tostada; postres hechos con artemisa o incluso helados, snacks y panes con sabor a maíz. Productos normales al otro lado del mundo que aquí probablemente pasarían por un experimento culinario.
Solo después llegaban los platos reservados para los más valientes. El sannakji, un pulpo servido recién cortado; el gejang, elaborado con cangrejo crudo marinado, o las famosas pupas de gusano de seda aparecían como el siguiente nivel del desafío gastronómico.
La conclusión de la IA fue bastante sensata: antes de lanzarse a tachar platos extremos de una lista, merece mucho más la pena acostumbrar el paladar a esos pequeños sabores cotidianos que convierten la cocina coreana en algo tan diferente. Al fin y al cabo, no siempre hace falta comer un pulpo que todavía se mueve para descubrir que estás muy lejos de casa.
El festín del supermercado
Hubo una recomendación que descolocó por completo la conversación. Cuando preguntamos si merecía la pena hacer una comida en una tienda de conveniencia, la respuesta fue tan rápida como contundente: sí. Y no como plan de emergencia, sino como una experiencia que merece un hueco en cualquier viaje gastronómico por Corea del Sur.
La explicación tiene sentido. Cadenas como GS25, CU o 7-Eleven poco tienen que ver con la idea que muchos tenemos de una tienda abierta 24 horas. Para millones de coreanos forman parte de la rutina diaria y ofrecen una cantidad sorprendente de comida preparada. Desde un dosirak, la típica fiambrera con arroz y varios acompañamientos, hasta triángulos de kimbap, ramen instantáneo que puedes preparar allí mismo con agua caliente, postres, bebidas y helados que difícilmente encontrarás fuera del país.
Pero la propuesta de la inteligencia artificial iba un paso más allá. Su idea consistía en entrar con un presupuesto cerrado (unos 10 euros bastaban, según sus cálculos) y llenar la cesta exclusivamente con productos desconocidos. Prohibido escoger algo que hubiésemos visto antes. La gracia está precisamente en no saber qué esperar.

Los vegetarianos también tienen opciones
Había una última duda que resolver. ¿Qué pasa si uno de los viajeros es vegetariano? ¿Se pasa una semana viendo cómo su acompañante disfruta de barbacoas mientras él sobrevive a base de arroz blanco?
La inteligencia artificial desmontó rápidamente esa idea. Aunque la cocina coreana suele asociarse a la carne y al pescado, el país cuenta con una larguísima tradición culinaria ligada al budismo que ha dado lugar a una sorprendente variedad de recetas vegetarianas y veganas.
Bibimbap de verduras, tofu preparado de infinidad de maneras, tortitas vegetales, fideos de boniato o la conocida como temple food, una cocina basada en ingredientes de temporada y elaboraciones muy cuidadas, demuestran que renunciar a la carne no significa renunciar al viaje.
Eso sí, la IA lanzó una advertencia importante antes de pedir cualquier plato con demasiada confianza. En Corea del Sur es bastante habitual que recetas aparentemente vegetarianas se preparen con caldo de anchoas, salsa de pescado u otros ingredientes de origen animal. Así que, además del apetito, conviene llevar aprendida una frase más: “¿Esto lleva pescado?“. Puede convertirse en una de las más útiles de todo el viaje.

Viajar con hambre, obligatorio
La inteligencia artificial terminó dando un consejo sorprendentemente sencillo: deja un poco de espacio para la improvisación. No hace falta reservar todas las comidas antes de subir al avión. A veces merece más la pena seguir la cola que se forma delante de un restaurante lleno de vecinos, entrar en ese local cuyo nombre no sabes leer o comprar una bebida al azar simplemente porque el envase te ha llamado la atención. Si sale bien, descubrirás un sabor nuevo. Y si sale mal, al menos tendrás una buena anécdota que contar.
Quizá esa sea la mejor forma de entender un viaje gastronómico: dejar que la curiosidad haga parte del trabajo. Probar un ingrediente que nunca habías visto, pedir algo que no sabes pronunciar o terminar cenando en un 7-Eleven porque una inteligencia artificial insistió en que era buena idea.
Al final, uno siempre vuelve con fotografías de templos, palacios y calles llenas de luces. Pero si el viaje ha salido realmente bien, lo primero que echará de menos no será el paisaje. Será aquella barbacoa que cocinó él mismo, el helado de maíz que juró que nunca compraría… y ese plato cuyo nombre sigue sin saber pronunciar, pero que pediría otra vez sin pensárselo.

