“Un par de pestañas y una camiseta negra”. Así describía recientemente la líder de la oposición en el Reino Unido, Kemi Badenoch, a Andy Burnham, la gran esperanza del Laborismo para revertir la deriva demoscópica de un partido que hace tan solo dos años había obtenido una arrolladora mayoría absoluta, la segunda más amplia de su historia. La afilada lengua de Badenoch raramente prioriza la autocontención, pero, en esta ocasión, su burlona caracterización contiene un incómodo diagnóstico: más allá de una proyección pública de afabilidad y vocación de cercanía, de un estilo personal opuesto al tieso agarrotamiento de Keir Starmer y de un deseo de descentralizar la acción del Gobierno, 70 millones de británicos apenas conocen a qué aspira quien este lunes será su próximo primer ministro, séptimo en diez años.
Su ascenso ha sido una coronación, un ejercicio de mentalización colectiva mediante la que los laboristas se han autoconvencido de que el durante nueve años alcalde de Mánchester tiene las respuestas que habían esquivado a sus antecesores. Un total de 379 diputados de un grupo parlamentario de 403 avalaron su candidatura en un proceso al que concurrió como único candidato y con el objetivo exclusivo de hacerse con las llaves del Número 10 de Downing Street.
En un congreso extraordinario este viernes, Andy Burnham fue nombrado oficialmente líder del único partido mayoritario del Reino Unido que nunca ha tenido al frente a una mujer. Los conservadores, sus rivales tradicionales, llevan cuatro. Consciente o no de la anomalía, su primer acto oficial como jefe laborista evidenció propósito de enmienda o, al menos, de una cierta corrección. Flanqueado por mujeres, y en un equipo con un importante peso femenino, Burnham fue presentado por la vice líder laborista, Lucy Powell; seguida de la secretaria general del partido, Hollie Ridley; y a continuación, de la actual ministra de Interior, Shabana Mahmood, en calidad de presidenta del comité ejecutivo laborista.
Mahmood, de hecho, podría resultar una de las grandes favorecidas en la nueva era, ya que, según la prensa británica, es la mejor posicionada para reemplazar a Rachel Reeves como todopoderosa ministra de Finanzas (Chancellor of the Exchequer, en inglés). Reeves había sido la primera mujer en los más de 800 años de historia del cargo, pero su gestión ha resultado muy impopular, por medidas como el aumento de las contribuciones de las empresas al equivalente británico a la Seguridad Social. Mahmood saldría beneficiada de la tensión entre las diferentes facciones del Laborismo, ya que el supuestamente favorito para el puesto, el ex líder y actual responsable de Medio Ambiente, Ed Miliband, habría quedado descartado por su perfil más a la izquierda y su agenda verde.
El reparto de géneros en el gabinete que Bunrham anunciará el lunes será analizado con lupa. La influencia de Miliband y el posible retorno a la política doméstica de su hermano, David, con quien Ed se había disputado las primarias del partido en 2010, había generado suspicacias ante la posibilidad de que hubiese más Milibands que mujeres en los principales cargos. Para un partido que sigue sin registrar un nombre femenino a la cabeza, este equilibrio sería complicado de defender, especialmente porque que una de las críticas de referencia durante la gestión de Starmer era que el Número 10 funcionaba como un “club de chicos”.
Por lo de pronto, las dos mujeres más importantes de su equipo de campaña tienen garantizado un rol destacado en el tablero de ajedrez del conocido como ‘rey del Norte’ (King of the North). Louise Haigh, ex ministra de Transporte, era próxima a Burnham ya antes del envite por el liderazgo y se prevé que sea su mano derecha, probablemente como canciller del Ducado de Lancaster (Chancellor of the Duchy of Lancaster, en inglés), una suerte de ministra sin cartera que actúa, en la práctica, como número dos. Por su parte, la diputada Anneliese Midgley, quien aterrizó en Westminster hace tan solo dos años, podrá emplear su experiencia como directora política de Unite, uno de los principales sindicatos británicos, para su esperado papel como los ojos del Gobierno en el grupo parlamentario, la responsable de garantizar la disciplina interna (Chief Whip, en inglés).
En su discurso de este viernes, Burnham reconoció la necesidad de cambio estructural, denunció que, en los últimos 40 años, el sistema no ha funcionado y dijo que esta es la última oportunidad. Pero si algo ha demostrado la puerta giratoria en la que se ha convertido el Número 10 (con siete primeros ministros en una década) es que diagnosticar un problema no significa identificar tratamiento. La verdadera prueba de fuego comienza el lunes, cuando el 59 primer ministro británico tenga que comenzar a despejar incógnitas y concretar medidas para la “nueva manera de hacer política” anticipada.
Públicamente, Burnham ha dado un discurso público y un par de entrevistas (una de ellas al ex futbolista y actual presentador y podcaster Gary Lineker). Su prioridad ha sido prepararse para el poder, elegir equipo, asentar tono y prestar la menor atención posible al revuelo mediático que demanda respuestas sobre su inminente gabinete, qué plan tiene para la economía y qué papel quiere para el Reino Unido en el tablero geopolítico mundial.
Este viernes, Burnham desplegó capacidad oratoria y su evidente habilidad de generar ilusión, pero pronto la política real llamará a su puerta. Entre sus desafíos figuran la solución a la monumental factura del Sistema del Bienestar, equivalente a casi 70.000 millones de libras; el gasto en Defensa, que tendrá que aumentar para llegar al objetivo del 3% del PIB; o el problema estructural de la falta de vivienda. A falta de debate interno, el próximo primer ministro ha demostrado tener una férrea vocación de mejorar el país, pero ahora deberá probar que posee también un plan para hacerlo.

